Fernando Rosso: «La rebeldía contra la casta tiene más que ver con la izquierda»

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Fernando Rosso es periodista, militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y uno de los fundadores de La Izquierda Diario, el medio digital que en 2014 transformó la manera en que la prensa de izquierda llegaba a audiencias masivas en Argentina. Es autor de La hegemonía imposible (2022), un recorrido por los últimos veinte años de la política argentina desde el 2001 hasta el gobierno de Alberto Fernández, y conduce el ciclo radial El Círculo Rojo.

Lo entrevisté porque me parecía que su trayectoria cruzaba dos preguntas que me resultan ineludibles: cómo se construye comunicación política desde la izquierda, y cómo se lee el fenómeno Milei desde un marco teórico que no se limite a la descalificación. La conversación fue larga, con mucho Gramsci, algo de Lenin y bastante realidad argentina.

Por Lucas Malaspina


Del blog al Leninismo 2.0

¿Cómo llegaste a donde estás ahora?

Básicamente, si vamos al motor, es por una intención de intervención política, siempre está eso en el fondo. El vuelco al periodismo fue en cierta medida impulsado por la militancia. Yo escribía en un blog. En algún momento, como cuando dijo Feinmann —el finado, José Pablo Feinmann—, «cualquier boludo tiene un blog»; yo era uno de los que lo tenía. Fui desarrollando un poco la escritura y después pasé a la prensa partidaria más tradicional.

Myriam Bregman, principal referente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y del Frente de Izquierda

Me acuerdo que había una trotskósfera de ustedes.

Había, exactamente. Yo tenía un blog que se llamaba El violento oficio de la crítica. Otro compañero tenía Los galos de Astérix. Tratábamos de intervenir en ese momento de auge de los blogs —que eran el streaming de la época—. Había una blogósfera peronista muy activa: Deshonestidad intelectual era uno, el de Abel, el de Martín Rodríguez —que después saltó mucho más alto con Tinta Limón—. Era un momento de mucha politización y de discusiones más interesantes que las que circulaban por los medios tradicionales.

Y después, en 2014, fundamos La Izquierda Diario y eso nos dio mucha más amplitud. Antes, un periódico de 24 páginas: una editorial, los conflictos, a lo sumo una película comentada en la última página. Con La Izquierda Diario se dio un salto: tiene secciones que van desde las tradicionales —política, mundo sindical, internacional— hasta cultura, universidad, ideología, debates cotidianos.

Uno de los hitos fueron esas entrevistas a Julio Blanck, a Carlos Pagni, a Horacio Verbitsky. Una vez vino un militante brasileño del ala izquierda del PT y me dijo: «Quiero hablar con vos porque me dijeron que sos el tipo de izquierda que habla con la gente de derecha.»

Julio Blanck, histórico periodista de Clarín, en la famosa entrevista con Fernando Rosso

Esa fue la marca que te dejó la entrevista a Julio Blanck. ¿Cómo fue?

Julio Blanck era editor de Clarín y yo había equilibrado con José Natanson y con Verbitsky, pero las que más ruido hicieron fueron esas. Lo que yo ya había visto en Blanck fue en el documental La crisis causó dos nuevas muertes, donde él había intentado explicar lo inexplicable: la jornada del 26 de junio de 2002, cuando la policía mató a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Entonces, esta persona tenía ganas de explicar. Fue mucho más fuerte que Julio Blanck dijera «en Clarín hicimos periodismo de guerra» —que es en realidad una definición de Martín Sivak, que estudió y escribió dos libros sobre Clarín— a que lo dijera yo. Vino un medio que recién nacía, de la izquierda, un tipo que se puso a discutir, y el hombre lo aceptó.

¿Cómo llegaste al PTS?

En los años 90, después del Santiagueñazo —que ahora nuestra memoria nos lleva siempre a los mismos lugares; entonces fue Santiago del Estero en el 93, hoy fue Misiones—. Yo soy del Gran Buenos Aires, de Berazategui. Un grupo de universitarios del PTS fue a la conquista del desierto conurbano, y yo caí. Tenía una ideología antisistema, muy influenciada por el rock, guévarista de alguna manera. Una vez fui a una fiesta en la Facultad de Psicología, la de la calle Independencia, y había una bandera enorme que decía: «No queremos ser una estrella más de la bandera yanqui.» Dije: bueno, yo me quedo acá.

Uno no sabe, porque si me hubiese tocado otro grupo de izquierda me hubiese quedado en otro. Después fui tomando más dimensión política, programática, teórica. Pero lo primero fue una adhesión sentimental a una juventud combativa, poco verticalista. No era stalinista, justamente. Entré a la universidad, hubo luchas importantes —la del 95 contra la ley de educación superior, la del 99—. Y después nos agarró el hito de nuestra generación: el 2001.

Antes de continuar: mencionaste el Qué hacer de Lenin. ¿Cómo relacionás esa tradición con lo que fue el pasaje del periódico impreso a La Izquierda Diario?

Cuando lanzamos La Izquierda Diario dijimos, para ponerle un título, «Leninismo 2.0». ¿Qué hizo Lenin cuando quería intervenir en la política rusa? Fundó un periódico. Primero fue Iskra, porque estaban todos exiliados y lo introducían clandestinamente. Era el medio más avanzado de esa época; trataba de crear lo que hoy se llamaría una contraopinión pública y de poner en la agenda lo que no se discutía en los medios tradicionales.

Cuando nosotros sacamos La Izquierda Diario yo ya dije: esto es lo que se viene, dejemos el periódico impreso. Algunas compañeras decían: «¿Esto sirve para alguna fábrica?» Y algunos grupos de izquierda nos dijeron que estábamos rompiendo con el leninismo porque ya no sacábamos el periódico que lo veía poca gente. Era un fetichismo raro: ¿vos querés que llegue un papel a diez personas o que lleguen ideas a los miles que se puedan llegar?

El espíritu en Lenin es ese: llegar lo más lejos, no conformarse con el nicho. Mucho de lo que surgió post-2001 alimentó la lógica contraria: me quedo contento, le hablo a los propios. Yo creo que eso no es tan exitoso, porque la izquierda no es mayoritaria ni en Argentina ni en el mundo. Pero hay un lugar mucho más potente del cual hablar.


El último libro de Fernando Rosso

La hegemonía imposible y el fenómeno Milei

Tu libro de 2022 planteaba la idea del empate hegemónico. Muchos te preguntaron si Milei no la refutó. ¿Cómo lo ves?

La idea de La hegemonía imposible es que los dos grandes proyectos que buscaban ser hegemónicos en Argentina —un neoliberalismo bastante duro, cuya expresión más acabada fue el último Macri, y un estatismo cada vez más light, que se expresó en el último gobierno del Frente de Todos— tenían la capacidad para vetar el proyecto del otro, pero no la fuerza para imponer el propio. La idea viene de Juan Carlos Portantiero, que vio para el periodo 55-73 lo que él llamó «empate hegemónico».

Ahora, la gente votó un proyecto neoliberal radical y Milei está imponiendo lo que quiere —dicen. Pero a los seis meses deberíamos preguntarnos: ¿está imponiendo lo que quiere? Ya tiene un montón de cambios de gabinete. La ley bases era como esperar a Godot; ni siquiera tenía dictamen. Eso no quiere decir que no esté aplicando un ajuste, que lo está aplicando con la licuadora, es evidente. Pero me parece que está cayendo en el país que tiene esas contradicciones estructurales. Ahora cambió el gabinete y puso al hombre más político que tenía, el más de «la casta de las castas», que es Guillermo Francos.

Por otro lado, está el libro de Pablo StefanoniLa rebeldía se volvió de derecha, que es mucho más interesante que las lecturas que se hacen del título —de hecho, el título está planteado como pregunta. Yo creo que la diferencia con el 2001 es la falta de acción colectiva. En el 2001 la sociedad estalló hacia afuera. Hoy, si hubo un éxito político —sobre todo del peronismo— es haber contenido esas expresiones de movilización. Con Macri: «Vamos despacio porque si no somos destituyentes.» Con Alberto Fernández: «Nuestro gobierno, pero tenemos internas.» Hace casi diez años que en Argentina no hay acción colectiva real.

Lo que yo veo es menos una explosión y más una implosión, una acumulación de desesperanzas que no se pueden desahogar. Ante partidos que se disputan entre un neoliberalismo inclusivo y un neoliberalismo excluyente —pero neoliberalismo al fin—, con todos los cambios en la estructura social del trabajo y la ideología del neoliberalismo instalada no solo arriba sino también en el mundo popular, todo eso fue lo que Milei logró capitalizar. Pero lo veo más como expresión de una crisis orgánica —tomando a Gramsci— que como una resolución de esa crisis.

Y si uno mira las encuestas: vas a las cosas concretas y te dicen que están en contra de prácticamente todas las medidas de Milei —privatizaciones, arancelamiento de la educación pública, salud pública, flexibilización laboral. La mayoría de los estudios cualitativos te dicen: estoy en contra. Entonces, pondría el eje en esas grandes diferencias entre el 2001 y hoy.

Citás bastante a Juan Dal Maso en el libro, que tiene un texto sobre Trotsky y Gramsci. ¿Cuál es tu rescate particular de Gramsci?

Los usos de Gramsci, como diría Portantiero, son de todo tipo y color, hasta de la derecha. Me sorprende cómo lo toma la derecha —»batalla cultural»— y cómo comentan eso sin ninguna crítica. Yo nunca leí «batalla cultural» en Gramsci. No hay ningún lado donde diga: voy a dar una batalla cultural. Esa es una lectura sobre lecturas sobre lecturas. Gramsci era ante todo un militante político de la Tercera Internacional, un militante comunista que pensaba en términos de revolución.

Lo distintivo para mí es que Gramsci escribe en un momento de recomposición del capitalismo, después del auge impulsado por la Revolución Rusa, la Revolución Alemana, hasta la Revolución China. El capitalismo y el Estado se transforman para contener futuras ofensivas revolucionarias. El Estado amplía la sociedad civil para que no haya una irrupción revolucionaria de masas, para decirlo clásicamente.

Gramsci dice: en Oriente, el Estado lo era todo y la sociedad civil, nada. En Occidente, la sociedad civil es mucho más densa, se llena de trincheras. Esta misma tensión está en los teóricos que toma Milei —Hayek, Von Mises, la escuela austríaca— que piensan el mismo problema desde la vereda de enfrente: cómo se politizó la economía por culpa de la intervención del Estado y cómo hay que construir un Estado fuerte para expulsar a las masas de la vida pública. Nosotros lo tomamos, con la lectura que defiende Juan Dal Maso, sin sacar nunca la idea de revolución. Las otras interpretaciones, desde Togliatti hasta Laclau, fueron como «diplomatizando» a Gramsci: del Gramsci que decía que la revolución era más difícil, al Gramsci que dice que la revolución es casi imposible y solo hay que ocupar puestos en el Estado.

¿Cómo ve la izquierda la posibilidad de disputar electoralmente en un escenario no revolucionario?

Es muy difícil que en un momento no revolucionario, de no acción ofensiva de las masas, la izquierda tenga mayoría. Eso lo lograron formaciones como Syriza o Podemos, pero aliándose a sectores más reformistas. Hay una relación casi orgánica entre movilización extraparlamentaria y expresión parlamentaria.

Lo que veo en el escenario argentino es que muchos en el sistema político tradicional, y también en el mediático, empiezan a decir: «Capaz que algo de razón tiene Milei.» Y ahí hay una trampa: renovar el peronismo dialogando con el universo de ideas libertario, aceptar que «había que ajustar», proponer alguna reforma laboral sin decir claramente de dónde salen los recursos. «Reforma laboral» en Argentina es sinónimo de perder derechos; si querés decir cambios para ganar derechos, llamalo de otra manera.

Me parece que la izquierda puede ofrecer algo distinto, pensando en cómo la sociedad procesa políticamente lo que votó. Hay mucha esperanza de la gente en su propia esperanza, la de no volver a ser defraudada. El acto de Milei en Córdoba tenía seis mil personas en una plaza fuerte de los libertarios. Sigue siendo una minoría que se muestra como apoyo de lo que Nacho Ramírez y María Esperanza Casullo —en su libro Polarizados— llaman «partidismo negativo»: más por rechazo a todo lo anterior que por apoyo genuino al proyecto de Milei.

El libro «Polarizados» editado por Capital Intelectual con Luis Alberto Quevedo e Ignacio Ramírez como coordinadores

Emoción, percepción y política

Está muy presente en el debate político la idea de que la emocionalidad manda. ¿Cómo lo ves desde tu marco teórico?

Nacho Ramírez dice habitualmente: «La única verdad es la percepción.» Es como su frase de cabecera. Yo creo que la percepción puede ser la única verdad en un momento. Ese porcentaje de personas —que oscila entre el 45 y el 55 por ciento— que sigue apoyando a Milei tiene la percepción de que capaz la pega. Pero esa no es la única verdad. La única verdad es cuando vas al chino o al supermercado y lo podés negar una vez, dos veces, tres veces, hasta que se te acaba la plata.

Ya se empieza a ver en algunos estudios a los «desencantados». Y la mayor demostración de que el propio Gobierno está viendo el cambio en las percepciones es que va pateando las cosas para adelante. ¿Por qué no deja que aumenten las prepagas hasta donde el mercado diga? ¿Por qué no nos dan el latigazo de sacar todos los subsidios de golpe, si es lo que vale en el mercado, si ya lo dijo Hayek? Porque están encontrando un límite. Ellos mismos lo demuestran en su práctica.

Y en cuanto a la brecha entre el lenguaje de la izquierda y los públicos más amplios, ¿cómo se trabaja eso?

Hay una frase de Lenin para cuando la situación se volvía aguda: «La realidad explica nuestro dogma.» Cuanto más reaccionaria la situación, mayor es la distancia entre nuestro programa y el sentido común. De ahí los rodeos: desde el punto de vista del lenguaje, desde el punto de vista de los medios.

Yo hago un programa radial en una radio comercial. Empezamos diciéndole a la radio: queremos hacer algo parecido al programa de Bercovitch, pero con una voz un poquito más de izquierda. Y después fuimos metiendo y metiendo. Es un rodeo para llegar a un público que hoy tenemos, en cierta medida. Cuando empecé a escribir para una revista que no era La Izquierda Diario, el editor me dijo: «Me gusta que haya críticas por izquierda al gobierno, pero no me gusta que la nota empiece con la guerra de Kosovo y termine con el Congreso Delegado de Base del Movimiento Obrero Argentino.»

Tiene que haber cierta flexibilidad entre el planteo que uno hace y la percepción de las personas. Sabiendo también que muchas veces es al revés: en el voto a Milei de los que lo votaron contra la casta, hay también un sentimiento igualitarista que puede tener más que ver con nuestro universo de ideas que con el de Milei. El tipo que lo vota dice: quiero votar a este contra un privilegiado que me está jodiendo. Nosotros, como luchadores contra todo tipo de privilegios, podríamos dialogar mucho mejor con eso —porque en última instancia, lo que Milei quiere es jerarquizar mucho más esos privilegios.

Y en un momento de sobreinformación y de opinión pública muy fragmentada, la hegemonía es un problema abierto. Javier Balsa, que sacó el libro ¿Por qué ganó Milei?, dice que es muy difícil pensar la hegemonía hoy porque la opinión pública está demasiado fragmentada. Pero cuando hay un quilombo, la marcha del millón por la universidad impone el tema. El 24 de marzo, Santiago Caputo mandó a todos los trolls a hablar del video del «Tata» Jofré sobre los desaparecidos, y la marcha fue enorme y el video no lo recuerda nadie. Cuando la realidad se acerca a la doctrina, se te facilitan las cosas.


Para seguir a Fernando, podés escucharlo en El Círculo Rojo y leer su newsletter Del otro lado, que «sale cuando hay algo para decir». También está La hegemonía imposible (2022) y el libro anterior, ¿Existe la clase obrera?, coescrito con Paula Abal Medina y Ana Natalucci.


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