Rosendo Grobocopatel: «Santiago Caputo, te quiero ver poniendo algo en riesgo»

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En esta conversación, Rosendo Grobocopatel reflexiona sobre el ciclo político argentino, el surgimiento de Javier Milei, la figura de Mauricio Macri, Marcos Peña y Jaime Durán Barba, y habla también de su presente como creador de contenidos y emprendedor. Nos cuenta sobre sus libros, sus youtubers y sus newsletters de cabecera.

Rosendo Grobocopatel hizo primero su camino en la militancia del PRO. Es de Carlos Casares y estudió en la escuela secundaria ORT Montañeses. Se graduó en Ciencia Política en la Universidad Torcuato Di Tella. Fue secretario privado de Marcos Peña, jefe de Gabinete de Mauricio Macri de 2015 a 2019. En 2019 estuvo a cargo de la parte digital de la campaña de Juntos por el Cambio. Entre 2020 y 2023 fue responsable de la Comunicación del PRO.


¿Qué pasó con tu militancia en el PRO?

Vengo de muchos años de militancia, son como diez, once años, y el año pasado di un saltito afuera de la militancia partidaria. Sentí que había cumplido un ciclo. No tenía tanta energía y pensaba que se puede aportar desde otro lugar, que es lo que sigo pensando ahora. Lo biográfico es raro, es como una viñeta, no es todo lo que uno es.

María Eugenia Vidal y Rosendo Grobocopatel

Es difícil consumir toda la producción audiovisual que generás, porque hay un montón. El día tiene 24 horas y no alcanza. Pero me parece que podemos empezar con algo que quizás a los dos nos interesa. Yo te propongo arrancar por acá: ¿en qué está el país hoy para vos, Rosendo?

Es verdad que tengo mucha producción. Yo en tu lugar lo vería igual: son como 115 entrevistas en el canal de YouTube, muchísimas horas en dos años y pico. Pero no me toca tanto estar de este lado. Es algo que hice poco, conscientemente.

¿En qué está el país hoy? Justo lo charlé con Tomás Borovinsky —que vos conocés muy bien, y te manda un abrazo—. Creo que la Argentina, desde el retorno democrático, tiene dos grandes cortes: 1983–2001, y 2001 hasta ahora. Y estamos en el fin de ese segundo ciclo.

Ese ciclo tuvo dos intérpretes principales: el kirchnerismo y el PRO (o más ampliamente el pan–kirchnerismo y Cambiemos). Y se cierra con la aparición de Milei, que viene a patear el tablero y decir: “este sistema ya no anda más, hay que arrancar de nuevo”.

La crisis interna del PRO y de Juntos por el Cambio se entiende a partir de ese cimbronazo: la sensación de que íbamos a gobernar de nuevo y no lo fuimos. En el kirchnerismo también hay una crisis: sobre quién lo representa, quién es el hijo político de Cristina, si Máximo o Axel. Y más ampliamente, porque al kirchnerismo se suma el panperonismo, que también tiene otros jugadores que quieren participar.

Y al mismo tiempo aparece Milei con “las fuerzas del cielo”, no solo como fenómeno electoral sino como fenómeno militante. Mucho tuiterismo, mucho tuitero encumbrado como nuevo actor social. Distinto de las militancias que hicimos vos o yo de más pibes: es otra cosa, un fenómeno nuevo.

Como politólogo me genera curiosidad. Como militante de un proceso frustrado, lo miro con más distancia. Soy optimista, no me rindo, pero siento que se cerró una etapa.

Cuando hablás de un proceso frustrado, me interesa plantearlo así: no tanto como algo fallido sino como algo que tuvo su ciclo. Y me parece que la conversación ya no es solo sobre política en abstracto, sino sobre relaciones: las que se rompen, las que se crean, los balances que hacemos. Ahora, si lo llevamos al terreno electoral, ¿te arrepentís de haber votado a Milei?

No. Déjame decir algo antes: no creo que el macrismo o el kirchnerismo sean fenómenos terminados. Cristina y Mauricio siguen siendo, junto a Milei, los tres grandes políticos de nuestra época. Tienen un nivel de representación mucho más grande de lo que se supone.

Yo no me arrepiento de haber votado a Milei. No soy mileísta, no estoy en “las fuerzas del cielo”. Estoy en ese lugar incómodo de los socioliberales: en el medio de dos populismos. Nunca fui kirchnerista ni me sentí cercano, y muchas de las cosas que me molestan del kirchnerismo me molestan también de Milei.

Esa cosa agonal, conflictiva, de una sociedad hiper movilizada hacia el enfrentamiento, no funciona. Es buena para el kirchnerismo o para Milei, pero no para la Argentina.

Después, al votar, uno opta entre lo que hay. Entre Massa y Milei, volvería a votar a Milei todas las veces. No me arrepiento en absoluto.

¿Y podría pasar algo en este gobierno que te haga cambiar de opinión?

No.

¿Ni siquiera un eventual salto autoritario de Milei por encima de las instituciones?

No lo veo como posibilidad real. Ese fantasma de que “se termina la democracia” me parece infundado. Lo vi en Twitter, pero no lo creo. La democracia sigue funcionando, con sus cosas buenas y malas.

Milei gobierna en minoría, es la segunda opción de mucha gente. Aunque tenga apoyo, no tiene margen para una deriva al estilo Fujimori o Maduro.

No creo que me arrepienta, porque para mí el kirchnerismo ya no tenía nada para ofrecer. Se agotó. A partir de un momento solo ofrecía un presente constante, un recauchutaje de una emoción gastada. Massa representaba eso.

No me imagino cómo hubiera sido un gobierno de Massa, pero sí creo que sería peor que uno de Milei.

¿Qué pensás, por ejemplo, de esta idea de Milei de fusionar o converger con el PRO? Aunque vos hoy no estés militando en el PRO, me interesa cómo lo ves.

No lo veo como posibilidad. Macri desplazó a Patricia (Bullrich) y puso a Martín Yeza como una primera señal de renovación. Y el PRO, la semana pasada, fue claro en un comunicado: “No vamos a hacer una fusión de partidos”.

Filosóficamente son muy distintos. Más allá de coincidir en una cuestión de liberalismo económico —que tampoco es exactamente lo mismo que el libertarismo—, el PRO siempre creyó en la gestión. El gobierno de Macri fue tecnocrático en algún punto, y valoraba mucho la capacidad de gestión. Milei, en cambio, cree que la gestión no debe existir, que el Estado es malo por definición.

Ahí hay una diferencia filosófica fundamental. Se insiste mucho en emparentarlos, pero yo no lo veo así.

Lo que sí veo es que ambas fuerzas coinciden en señalar que el problema de la Argentina es el déficit fiscal y la cultura corporativa. Argentina es un país muy corporativo: sindicatos, empresarios, periodismo, poder judicial, todos con dinámicas de cooptación. Y eso no le hizo bien al país. En esa agenda hay compatibilidad. Pero en el horizonte de mediano o largo plazo no lo veo compatible.

Santiago Caputo y Javier Milei

Además, la estrategia política de Santiago Caputo, de Milei, de La Libertad Avanza, es agonal. Necesita el conflicto para acumular. Es como el kirchnerismo en 2008 o 2009, después de la crisis con el campo: “Mientras más agonal soy, más acumulo”. Mientras eso le funcione, van a seguir acelerando en esa dirección. Y no los veo como gente loca: son metódicos e inteligentes.

Lo que decís me hace pensar en la tesis de Marcos Peña: que hay un cierto trauma en todas las personas que quieren dedicarse a esto.

Sí, definitivamente. Y no solo en política. En el sistema de recompensa del logro hay algo no resuelto. Es lo que plantea Marcos y también Gabor Maté (psiquiatra y escritor húngaro-canadiense, autor de “The Myth of Normal: Trauma, Illness, and Healing in a Toxic Culture”, Penguin Random House, 2022). Hay mucha gente escribiendo sobre esto.

El libro de Marcos, «El arte de subir (y bajar) de la montaña» (Editorial Siglo XXI, 2024), es buenísimo. Lo recomiendo especialmente a quienes les interese la política, la vida pública o el liderazgo.

Yo ya lo leí. Y espero que Marcos venga acá a conversar.

Sería lindo.

Mauricio Macri viene de ser desplantado por Milei en Tucumán durante el Pacto de Mayo que se firmó el 9 de Julio, al menos según algunos medios.

No sé qué pasó. La gente no me cree, pero estoy mucho menos metido en el minuto a minuto que antes. Nunca fui de los hiper politizados que siguen la coma, la rosca diaria, quién estuvo dónde. Nunca me interesó.

Lo que sí me parece de Macri es que es un señor. Eso a mí me gustó. Es un chabón que va (a la firma del Pacto de Mayo) porque entiende el rol del expresidente y va a ir y no va a decir nada. Eso me parece bien. Los ex presidentes son ex presidentes de la República, la gente los votó. Yo ahí me pongo medio pichettista (por las expresiones que vertió el senador Miguel Ángel Pichetto). Es una cosa de: “No, viejo, los países serios no encanan -apresan- a sus ex presidentes”. En los países serios, el presidente tiene un rol de representación social que juega a favor del acuerdo. Alfonsín lo hizo con Menem. Creo que lo hizo bastante claramente con Menem, en otro momento, en otro contexto, pero para mí hay que poner en valor la figura del ex presidente, como personas que pueden ayudar al acuerdo, a la estabilidad del sistema democrático. Entonces, a mí me gustaría mucho más ver a Milei, Cristina y Macri conversando. Al fin del día creo que Argentina, para salir del lío en donde estamos, va a necesitar de ese tipo de conversaciones.

A mí me gustaría ver a Milei, Cristina y Macri conversando. Sería muy bueno para la Argentina. Resolvería muchas cosas.

Desde que dejaste de militar, empezaste varios proyectos. Esto es Tabú, que es un medio y comunidad digital; Constelaciones, que se dirige a empresas; y Umami, un canal de cocina en YouTube.

Sí, a esos tres proyectos les pongo mucho entusiasmo. Cambié de rubro. Vengo de una familia más vinculada al mundo empresarial que a la política.

Soy la primera persona en 350 años de historia familiar, del lado paterno, que trabajó en el Estado. La política fue algo nuevo para mi rama familiar. Del lado materno sí hubo algunos antecedentes: el marido de mi tía fue intendente de mi pueblo por el Frente de Todos, y el primo de mi madre fue intendente justicialista en Pinamar.

Mi núcleo familiar no estaba en política partidaria, sino en la vida comunitaria. Mi padre estuvo en la cooperadora de mi escuela, en la Comisión de Arbolado de Carlos Casares. En mi casa no se hablaba demasiado de política partidaria. Había algo sobrevolando, pero no una oferta clara ni una identidad fuerte. Sí recuerdo poca simpatía hacia el radicalismo, quizás por viejas tensiones con el campo en los 80.

Me crié en un hogar donde se hablaba de trabajo, no de política. Eso me marcó mucho.

Entonces toda tu vida quisiste alejarte de ese mandato familiar. Pero a los 30 años te pusiste a emprender, ¿no?

Sí. Soy un emprendedor típico. Me duele el Estado, me duelen los impuestos, el quilombo. Soy el lugar común del emprendedor argentino.

Te planteo algo más de época. Hace un tiempo hablábamos sobre las elecciones en España con un consultor, y él definía la salida de Pablo Iglesias del gobierno como una “defección”: dejar el Estado para pasar a un medio. Y pensaba: también Marcos Peña construyó un partido y después se fue. Hay un patrón ahí. Vos, ¿cómo lo ves?

Sí, pero creo que son generaciones distintas. Lo que le pasó a la generación de Albert Rivera, Pablo Iglesias, Marcos Peña, Sebastián Sichel, es propio de los 70–80.

La nuestra es distinta. Yo soy de la generación de los politólogos. Siempre lo digo en chiste, atacándome a mí y a mis colegas: creímos que la política era el mejor lugar para cambiar la realidad, que siendo politólogos íbamos a generar políticas públicas basadas en evidencia. Esa fue nuestra narrativa.

Y eso fue respuesta al clima kirchnerista post 2001. El macrismo en ese contexto decía: “hay que traer gente de afuera de la política para transformar”.

Hoy siento que se cayó un velo. Ya no creemos que la única forma de transformar la realidad sea acceder al gobierno. Se construye influencia desde otros lugares. Esta conversación, por ejemplo, es influencia. Emprender también lo es. La libertad económica abre posibilidades.

Cuando te escucho, me hace pensar en algo que atraviesa generaciones. Yo —que estoy en el medio entre la generación de Mario Santucho o Pablo Touzon y la tuya— recordaba lo que decía John Holloway en Cambiar el mundo sin tomar el poder (Herramienta, 2002). Él lo planteaba desde las asambleas populares. Pero escuchándote pienso: hoy lo nuevo sería cambiar el mundo a través de los emprendimientos. Ees una realidad que no se puede hacer política si no se tiene independencia económica y que en definitiva, aunque uno no sea un partido, está haciendo política.

En algún punto, todos, todas las personas, para mí, son partidos políticos en última instancia, porque cada uno es como Penélope: teje y desteje. Uno hace ciertas cosas para que el mundo funcione tal cual es, para que la rueda gire y después hay ciertas cosas que hacés para que giren las cosas como vos querés.

Pensemoslo un segundo. La política representativa a través de partidos tenía sentido en otra época: pocos canales de TV, pocos diarios, una conversación centralizada y unidireccional. Hoy ya no. Hoy el contenido que yo produzco llega a dos millones y medio de personas por mes, entre TikTok, Instagram, LinkedIn, YouTube, Twitter, mis dos canales de YouTube. Y yo soy un canal chico. Ese alcance es el que tuvo (el ex presidente argentino Arturo) Illia en toda su vida política.

Si pensás en Rebord, Rosemblat, BreakPoint (Mariano Pérez), Agustín Romo, el Gordo Dan… La influencia que tienen es brutal. Hoy un streamer puede hacer caer a un ministro con un tuit. Yo veía al Gordo Dan festejando cómo se iba Fernando Vilella, secretario de agroindustria de Milei, un tipo de primera, y él decía: “lo rajé yo en Twitter”. Eso es un signo de época.

El poder político como único camino de construcción de influencia está roto. Yo me siento más libre y con más capacidad de influir que un diputado nacional.

Entonces, yo te digo, yo me siento en muchas cosas mucho más libre y con más capacidad de influir que la que tiene un diputado de la nación. Y eso hace 20 años hubiese sido loco. Entonces, en la búsqueda de transformar la realidad, que mi búsqueda al fin del día, yo no creo en el camino burocrático. Yo no hago política para tener un cargo. Siempre me pareció una pelotudez.  Para mí cambiar la realidad se puede hacer desde muchos lugares: un empresario, un sindicalista, un creador de contenido, un militante. Todas esas herramientas son caminos válidos.

Yo probé la política partidaria durante diez años, milité en Córdoba y Entre Ríos, y me dio muchas alegrías. Respeto profundamente a los militantes de cualquier fuerza, porque tienen vocación real.

Pero en 2021 empecé a sentir que no me gustaba lo que hacíamos en Juntos por el Cambio. En 2023 eso se radicalizó: ya no creía en lo que representábamos. Y me fui.

Me escribió gente del radicalismo y del kirchnerismo diciéndome: “me pasó lo mismo que a vos”. Eso confirma que no es solo individual, es generacional.

Mencionaste recién a Macri, y me interesa tu visión personal sobre varios temas relacionados.

El otro día Pedro Rosemblat, en una conversación, decía que estudió Jauretche, la Izquierda Nacional, el revisionismo, y ahora esas herramientas no le sirven para entender nada de lo que pasa.

A mí me pasa lo contrario: cuando salté a la comunicación política, fue casi sin transición. De ser militante trotskista, mi primer trabajo en el rubro fue para el PRO, para Cristian Ritondo, cuando estaba en el gobierno de María Eugenia Vidal y luego con Carolina Stanley. Y ahí me recomendaron leer a Mario Riorda y a Jaime Durán Barba. Yo dije: “esto hay que apropiárselo, porque ellos entienden cosas que desde el progresismo no estábamos viendo”. Ahora, vos en cambio venís de ese mundo. Para vos no es un descubrimiento, es la base. 

A ver si entendí, porque dijiste muchas cosas que podríamos charlar más, pero yo no yo soy profesional de la comunicación, yo soy del oficio de la comunicación, son dos variables distintas. Y después, a mí una cosa de los consultores que en general me molesta es la venta de fruta.

¿Te parece que Jaime Durán Barba vende fruta?

No, Jaime no. Jaime es un animal, es verdaderamente muy interesante. Jaime como personaje. Vos leés los libros de Jaime, escribió hace 10 años cosas de las cuales vivimos todos hoy. El tipo hace tres años dice que va a ganar Milei. Para mí es un bruto personaje, aparte es un personaje hermoso. Digo el rubro en general. 

Yo soy politólogo de carrera, entonces mi mirada es politológica de la realidad. Esa es mi base. Uno siempre vuelve a los fundamentos para mí, sobre todo si te gustó lo que estudiaste o tu carrera. Yo no tengo una mirada de la comunicación, a mí no me interesa el producto por sí. Laburo ahora con marcas, laburo vendiendo productos, pero no es que mi mirada es de producto, no quiero empaquetar y vender un jabón. Le doy otra vuelta a lo que me entusiasma en la comunicación. A mí me entusiasma la comunicación, el vínculo de la gente, cómo la gente conversa, eso me vuelve loco. No importa que sea, ahí sí, puede ser que la gente esté conversando de shampoo y me divierte porque entender cómo piensa la gente es hermoso. 

¿Qué representa Mauricio Macri para vos?

Como fenómeno comunicacional y de representación, Macri representa una aspiración de lo que Argentina podría ser.

Para mucha gente es el hijo de inmigrante tano que llegó sin un peso y se convirtió en referente empresarial, deportivo y político. Fue presidente de Boca, sacó campeón al club de todo. Después agarró una ciudad chocada como Buenos Aires y la dio vuelta. Esos son hechos, más allá de que a algunos no les guste.

Mucha gente dice: Esa es la Argentina que podemos ser. Y yo creo que hay representaciones. Entonces, escuché a Shila Vilker. Shila tiene una encuesta muy interesante hecha sobre qué es la Argentina y qué son los argentinos, preguntado a la sociedad en general y preguntado por nicho, por voto. Entonces, ¿cómo ve a la Argentina y a los argentinos? Ahí yo veo que el kirchnerismo en general, la representación nacional-popular, es una representación más identitariamente orgullosa, inequívocamente más chauvinista, pero también mucho más orgullosa. Se valora mucho más lo que es Argentina. Eso es algo para mí muy potente que tiene el peronismo como representación. Y este intento de posicionar lo que es argentino como lo que es peronista.

Y el PRO representaba o Macri representaba lo que nos faltaba. En el PRO siempre estuvo esa idea: “nos merecemos algo mejor”. Había una frustración escondida: “no nos merecemos esto, podemos estar mejor”. Macri encarnó esa representación aspiracional.

Si mirás los datos, la representación fuerte de Macri y del PRO estaba en mujeres mayores de 40. Ese perfil de votante de clase media que decía: “quiero algo mejor para mis hijos, no quiero que se vayan del país”. Esa fue la conexión más nítida.

Marcos Peña y Mauricio Macri

¿Y qué pensás de Marcos Peña?

No soy objetivo. Es mi amigo y mi mentor. Para mí es la persona más inteligente que conozco y una de las mejores personas, un tipazo, sólo de pensarlo me emociona.

Fue fundador del PRO, dos veces legislador, legislador más joven hasta Ofelia (Fernández), jefe de gabinete. Impulsó agendas difíciles de encasillar: Parques Nacionales, Movilidad Sustentable, bicisendas, Metrobús.

Yo trabajé con él diez años, cuatro de ellos todos los días, de la mañana a la noche. Era increíble verlo sostener conversaciones, con un nivel de plasticidad impresionante.

Creo que fue castigado más de lo que merecía. Tal vez a él no le importe, pero siento la responsabilidad de aportar luz sobre él. Como líder político, era apasionante.

Coincido en que Marcos Peña me parece un personaje fascinante. 

Me interesa algo que vos dijiste en otra conversación: que en la comunicación política hay mucho “chanta”, que la mayoría incluso lo son, y que vos no te ves como parte de eso.

Yo te lo pregunto porque lo vivo muy desde otro lado: vengo de estar en espacios muy duros, incluso sectarios, y hoy disfruto de ponerme en el lugar del otro, de trabajar para alguien más, de vivir otras vidas que no pude vivir.

Yo lo veo así: los políticos son como adictos que quieren comprar una falopa que el dealer —el marketinero— les vende. Y ahí hay muy poca construcción real de representación.

No digo que todos sean chantas, porque hay profesionales que trabajan bien. Pero a mí el formato consultor no militante siempre me generó conflicto. Me costaría mucho laburar de esa manera, porque me cuesta desvincular la comunicación política de la militancia.

Y me molesta el rol del marketinero público, del estratega que habla sin fundamento, escribe libros que venden humo. Ahí hay mucho chanta.

Yo aprendo más de los pibes del Antigourmet, que empezaron con una guía de restaurantes no gourmet, armaron comunidad, después un restaurante, y construyeron representación. Para mí, hay más para aprender de eso que de una campaña vacía a concejal de Lomas.

Sí, te entiendo. O sea, voy a responder un poco sobre eso porque me parece que está bueno. Encuentro como algo muy divertido en la comunicación política, que es como ponerse en el lugar del otro y trabajar para otra persona, tratando de hacer exactamente lo mejor que se pueda, pero para otro. ¿Por qué? Porque también estuve mucho tiempo en una secta, en un grupo muy duro. Y entonces, es como que es mi manera de vivir las otras vidas que no pude vivir.

A mí me pasó de tener un profesor, una persona especialista en comunicación -vos la conocés-, y que me decía: “Esta campaña, esto quiere decir esto”. Yo le decía: “Yo laburo ahí, no, no quiere decir esto”. Por eso me cuesta el rol del analista, a pesar de que me la paso hablando al pedo, tengo miles de horas de esas que viste. Pero es raro el rol de analista. Eso es lo que a mí me genera una dosis de incomodidad. 

Nassim Taleb, en «Skin in the Game. Hidden assymetries in daily life» (Random House, 2018), plantea que la legitimidad surge cuando ponés tu piel en juego. Antes los reyes iban al frente de la batalla. Hoy la responsabilidad está demasiado intermediada. Por eso yo desconfío del estratega oculto. Santiago Caputo: te quiero ver poniendo algo en riesgo. Si solo merodeás por atrás, hay algo injusto, asimétrico.

Me interesa porque hay una discusión abierta sobre los dispositivos de campaña de Juntos por el Cambio en 2023. Al respecto me pareció interesante una charla entre Ioni Abelson y Derek Hampton sobre las campañas de Bullrich y Larreta

No vi la charla. Lo mío era un rol muy raro. Yo estaba a cargo de la comunicación partidaria del PRO. No integré el dispositivo de campaña de Larreta ni el de Bullrich.

En ese momento estaban peleados. Yo dije públicamente que iba a votar a Larreta, pero mi rol era gestionar los activos digitales de Juntos por el Cambio. Era un rol articulador, institucional.

¿Y cómo viste esas campañas? La de Patricia Bullrich con recursos más limitados, la de Larreta con mucho más despliegue, pero ambas con resultados pobres.

Para mí, una vergüenza. Si el objetivo era ganar, fracasaron las dos. Patricia sacó menos votos en la general que la suma de las PASO. Horacio tampoco construyó nada.

Juntos por el Cambio debería estar gobernando hoy, y no lo está. Eso habla de lo mala que fue la campaña. Y no veo una diferencia sustancial entre las dos: ambas fueron muy malas.

Yo estuve adentro y me hago cargo de mi parte. Me hubiese encantado poder contribuir mejor. Pero creo que no todo pasa por la comunicación. Si tu gobierno tiene una corrida cambiaria, la comunicación no puede taparlo. La única verdad es la realidad.

Milei tuvo mucha menos plata que Patricia, que Horacio, que Massa. Y aún así lo hizo. Massa tenía el Estado detrás, con todo el “plan platita”. Esa fue la gran asimetría. Pero Milei mostró que con mucho menos se puede armar un dispositivo comunicacional fuerte.

Hoy estamos en un momento muy igualitario de la historia: cualquiera puede abrir un canal de YouTube o un TikTok y tener influencia.

Eso es positivo y problemático a la vez. Positivo porque democratiza; problemático porque puede llevar a sistemas volátiles como el de Perú, donde nada se sostiene.

Pero a mí me gusta. Siento que se caen las grandes estructuras, los aparatos, y aparece algo más abierto. No es el fin de la historia, pero sí una nueva época.

Ya recomendaste «Skin in the Game» de Taleb. ¿Qué otras lecturas o contenidos te parecen importantes para entender esta época?

Voy a entrar en cliché porque soy muy amigo de Tomás Borovinsky, pero la editorial Interferencia sacó cosas muy interesantes. El compendio de ideas libertarias de Luis Diego Fernández, por ejemplo, es fundamental para entender a Milei, la lógica libertaria, anarco–capitalista. Es como un resumen de grandes autores libertarios.

Otro libro clave es «La rebelión del público» de Martin Gurri. Lo entrevisté en mi canal y es un crack. Explica la época mejor que nadie.

También recomiendo «El fin del poder» de Moisés Naím (Debate, 2013) y «The Game» de Alessandro Baricco (Anagrama, 2019).

Vos consumís mucho audiovisual. Te escuché decir que YouTube te vuelve loco, que sos adicto.

Sí. Consumo mucho YouTube porque nuestra época es audiovisual. Me gusta Johnny Harris, que hace videos explicativos con un formato similar al de Vox (el medio, no el partido). Vox me resulta un poco más progresista de lo que me gusta, pero está en el barrio.

En Argentina hay creadores muy buenos. Nico Guthmann, por ejemplo, me parece muy interesante. Estuve en su canal. También me gustan las conversaciones de Schargrodsky, Rosemblat. El Método de Rebord me gustaba mucho: lo consumía en ese formato, aunque ahora no lo veo tanto en Blender, me sigue pareciendo un personaje fascinante.

Me gusta también Mauro Albarracín, Leza, un YouTuber argentino que hace geografía. Es un mundo inmenso.

Y de afuera, Casey Neistat en YouTube es interesantísimo. Hay mucho para aprender de cómo construyen contenido.

¿Y newsletters o medios escritos? 

Leo varios de Axios. Semafor me parece buenísimo: un newsletter que todos los días trae noticias del mundo, con una mirada global. Axios también es muy bueno. Y Quartz.

Creo que en Argentina pecamos de insulares, de pensar que lo nuestro es lo más importante. Y está bueno mirar para afuera para entender qué pasa en el mundo.


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