Horacio Tarcus es director del CeDInCI (Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas) y probablemente el historiador argentino más riguroso en el estudio de las izquierdas del país. Autor de obras como el Diccionario biográfico de la izquierda argentina y Marx en la Argentina, Tarcus lleva décadas rastreando cómo circularon las ideas —en papeles, folletos, periódicos, revistas y libros— desde fines del siglo XIX hasta hoy.

La conversación que sigue nació de una inquietud central: ¿cómo se comunican las ideas políticas? ¿Qué pasa cuando los medios cambian más rápido que las organizaciones que intentan usarlos? Tarcus llega a ese debate desde una perspectiva inusual: la historia larga, la que va del telégrafo a Instagram pasando por la imprenta obrera, la fotografía y la radio.
También hablamos de un texto suyo que me resultó malísimo la primera vez que lo leí —y fundamental cuando lo releyé años después— sobre la dinámica de la secta política. Un análisis que, como se verá, trasciende largamente a la izquierda.
Por Lucas Malaspina
La izquierda y sus medios: del papel a las redes
Sos un hijo de la grafosfera, como decía Régis Debray. ¿Qué te produce esta transición tan acelerada de soportes, siendo que tenés ese amor por el papel?
Bueno, mirá, yo no soy tecnófobo, al revés, creo que nos tenemos que apropiar de las nuevas tecnologías. Compré mi primera computadora en el 89, era una Mac. Venían amigos a ver la casa, todavía la conservo. Teníamos que mandar a imprimir a otro lado. Después me pude comprar una impresora, era carísimo. Pero me enganché enseguida. Después el correo electrónico me pareció extraordinario. Un medio extraordinario: yo soy un trasnochado, me acuesto muy tarde, y el teléfono me ataba a responder llamados en horario diurno, pero el correo me permitió responder un mensaje a las 2, 3, 4 de la mañana y programarlo para que salga a las ocho. La gente pensaba: este es un hombre que se levanta a las siete y se prepara un mate. No, no. Así que me gustó la transición hacia las bibliotecas digitales, los catálogos en línea. Me fascina la facilidad de socialización que ofrece la digitalización y cómo ha transformado nuestro modo de buscar bibliografía, de trabajar con periódicos.
Respecto de las redes, ahí estoy más a la retaguardia. No son mi medio. Me tuve que abrir un Instagram simplemente para estar informado. Me decían: «¿Viste el debate? ¿Viste lo que le respondió fulano?» y me tenían que copiar en el WhatsApp. Aparecía como un abuelito al que le tenían que explicar. Entonces dije: no, me abro un Instagram. Pero la verdad es que las redes no me entusiasman. Se instalaron y no hay vuelta atrás, pero no son lo mío.
Estudiás la producción intelectual de las izquierdas a lo largo de la historia. Antes de esta explosión de las redes digitales, ¿hubo ritmos de aceleración en la generación de ideas y de cultura política? ¿El capitalismo, al brindar mejores medios de comunicación, aceleró también esos ritmos?
Mirá, hasta prácticamente fines del siglo XIX la comunicación interoceánica dependía del tiempo de un viaje en barco. Las noticias sobre el estallido de la Comuna de París, en 1871, llegaban aquí con los 30 o 40 días que tardaba en llegar el barco. Así con todos y cada uno de los acontecimientos, con las guerras, con los conflictos, con la publicación de las obras.
Yo creo que hubo un cambio muy importante con la invención del telégrafo. Ese fue un primer eslabón en la globalización comunicacional, porque ahí ya hay una contemporaneidad de las noticias con la inmediatez que tenemos y que exigimos ahora. Y después la invención del daguerrotipo y la fotografía también significaron, en la segunda mitad del siglo XIX, una transformación en el modo de comunicar. Porque antes los libros de viajeros dependían de dibujos, de ilustraciones. Los diarios del siglo XIX y de principios del XX son puro texto. Recién en la década del 20, y sobre todo en la del 30 del siglo pasado, hay un uso más extendido de la fotografía en la prensa gráfica.
¿Y el daguerrotipo qué es exactamente?

Es el método de la primera fotografía. El nombre tiene que ver con Daguerre, un francés que fue su inventor. Era un sistema donde la luz impactaba sobre una placa previamente tratada mediante determinados procesos técnicos, requería un tiempo largo de exposición y determinadas condiciones de iluminación. Era un proceso caro; no cualquiera se hacía un daguerrotipo. Uno de los primeros daguerrotipos que llegaron al Río de la Plata lo trajo un discípulo de Fourier que se llamaba Eugène Tandonnet, que viajó con Sarmiento en su primer viaje a Europa. Un tipo que estaba a la vanguardia en todo sentido.
En la Argentina, en la década de 1890, aparecen avisos en los diarios —sobre todo en la prensa de izquierda— que anuncian la venta de fotografías de Marx, de Wilhelm Liebknecht, de August Bebel, o de los anarquistas que también cultivaban ese culto de los barbados.
Proudhon, Kropotkin…
Exacto. ¿Y para qué servía eso? Para instalar los locales obreros, los locales gremiales, los locales políticos y de los grupos de afinidad anarquistas. Si uno ve las fotografías que quedaron —en la revista Caras y Caretas, en el Archivo General de la Nación, en viejas revistas— aparece el local gremial o el local político encabezado por una gran fotografía llegada de Europa, aquí reproducida. Eso de algún modo fijaba las ideas, constituía identidad. Se pasa de un plano más abstracto de lo que era el socialismo, el anarquismo, el marxismo, a fijarlo con imágenes y con símbolos: la bandera roja, más adelante la hoz y el martillo, en la década del 60 la famosa A anarquista envuelta en un círculo, el Partido Socialista con la P y la S entrelazadas como símbolo de la fraternidad. Todas esas imágenes contribuyeron a la constitución de identidades colectivas.

Yo creo que la transmisión a través del medio gráfico es fundamental, pero se ve acelerada primero por la irrupción del telégrafo. Después hay sucesivas transformaciones tecnológicas a las que la izquierda quizás no se pudo poner al frente. Con la radio, con la televisión, tal vez sí con el cine más tardíamente —hay un cine contestatario, un cine alternativo en Argentina, en América Latina y a nivel global—. Pero eran medios inalcanzables para las organizaciones de izquierda. Las condiciones para comprar una vieja imprenta estaban a mano para un gremio o para el partido socialista. Y se trabajaba a contrarreloj, porque había que empatarle al orden burgués. Había que sacar un diario, introducir una gráfica, tener tipos grandes para empatar al diario burgués. Incluso hubo intentos de reemplazar el consumo obrero de grandes diarios, con discusión interna sobre poner o no avisos de bebidas alcohólicas, o información sobre el carnaval.
¿Por qué estaban en contra del carnaval?
Les parecía una pérdida de tiempo, algo burlesco, que no era digno de una ciudadanía seria. Parte de las dificultades de la expansión del socialismo y del anarquismo más allá de Buenos Aires, de Rosario y de algunas capitales tiene que ver con esa visión un poco restrictiva de que la política no puede ser todo en la vida de los hombres y de las mujeres. En políticas sexuales los anarquistas se demostraron más abiertos que los socialistas, pero tampoco tanto. Los socialistas eran inflexibles respecto al consumo de alcohol; los anarquistas fueron más tolerantes. Y todos estaban en contra de las carreras de caballos.
Sería como los casinos online de aquella época.
Exacto. Ellos querían competir con el diario burgués, pero el lector —incluso el lector obrero— quería saber los resultados del turf, y no se publicaban porque se estaba en contra. Ese modo de vida tal como lo imaginaban —el modo de vida obrero, anarquista, socialista, revolucionario— chocaba con ciertos hábitos ya adquiridos y ciertos consumos culturales que ofrecían los medios burgueses.
La secta política: una dinámica de división al infinito
Me interesa algo sobre lo que escribiste hace años: tu texto sobre la secta política. Hoy hay gente que habla de que se pueden empezar a generar sectas dentro del peronismo, que también está en un enorme retroceso. ¿Qué significa para vos este fenómeno?
Mirá, mi búsqueda para identificar ciertas raíces de la crisis de la izquierda me llevó a muchas lecturas. Una de ellas fue ir a la sociología clásica, y la descripción que hacían los sociólogos clásicos sobre las sectas históricas se parecía mucho —y creo que se sigue pareciendo mucho— a cómo funcionan las organizaciones políticas de izquierda. Y coincido con vos: no solamente de izquierda.
Yo creo que hay una diferenciación cualitativa, no cuantitativa, entre la secta, el partido y el movimiento político. No creo que la secta necesariamente crezca y se transforme en partido. Creo que la secta tiene características definitorias que tienen que ver, en primer lugar, con una estructura defensiva respecto de un mundo que no se entiende y que es hostil. Y eso es lo que atrae de la secta: es un espacio protector, que de algún modo nos aísla de la lucha cotidiana propia de las sociedades abiertas y competitivas. La secta, por más que se enuncia revolucionaria, tiene un carácter conservador.
Muchos que critican mi perspectiva me dicen: «Vos definís a las organizaciones políticas como sectas porque son pequeñas y están enfrentadas entre sí, pero desatendés que hay diferencias políticas reales.» Yo lo pienso al revés: no creo que haya pequeños grupos porque hay opiniones distintas, sino que hay opiniones distintas porque hay sectas. Si formo parte de una pequeña organización que necesita autojustificar su existencia frente a otras en disputa, necesito producir una diferenciación, necesito imperiosamente sacar un periódico, un mensaje que diga que la postura de la secta de enfrente es incorrecta y la nuestra es correcta.
Yo creo que la secta funciona en contraposición con la iglesia. El mundo comunista funcionó como una gran iglesia que en determinado momento implosionó, y el mundo trotskista funcionó como las sectas del protestantismo: heterodoxias que denunciaban la pérdida de la pureza, que es lo que Lutero denuncia en el papado, y es lo que los trotskistas denuncian respecto del estalinismo. Aquí se perdió la pureza, se perdió la ortodoxia. Entonces se constituye una heterodoxia, una escisión, se crea una pequeña organización. Pero esa pequeña organización tiene a su vez un afán de ortodoxia que es reproducido por los que se escinden de ella, y los que se vuelven a escindir de la siguiente. La división lleva a mayor división. Es muy difícil salirse de eso.
Las ideas complejas necesitan mediadores
Lazarsfeld empezó estudiando la radio con una inquietud cuantitativa y terminó teniendo un debate con Adorno y Horkheimer sobre los medios masivos. ¿Cómo ves vos esa tensión entre el pensamiento crítico de la izquierda y la necesidad de medir, de evaluar el impacto?
Yo creo que el pesimismo de Adorno y de los frankfurtianos respecto de los medios masivos de comunicación se puede leer sintomáticamente como una suerte de resistencia frente a innovaciones que le generaban un desafío al mundo de la izquierda muy difícil de superar. Porque como te decía, la izquierda es —y aquí estoy glosando a Régis Debray— una hija de la imprenta, y su ecosistema es un bibliosistema, donde funcionan armonizadas la impresión gráfica, la difusión a través del libro, del periódico, del folleto, a través de la escuela, a través de la figura del maestro. El tipógrafo, el impresor, el editor, el traductor, el maestro, el intelectual como figura englobante: ese es el hábitat natural de la izquierda.
Yo creo que en los 60 comienza un ciclo histórico en el que todavía estamos viviendo, donde la imagen no desplaza al texto, pero hay una hegemonía de la imagen sobre el texto. Antes se decía «ilustrar un texto»; ahora los textos van corriendo detrás de las imágenes, tratando de acompañarlas de modo rezagado.
Sí me parece importante evaluar el impacto de lo que hacemos. Inevitablemente la izquierda siempre va a formar parte del mundo de la docencia, de la impresión, de la edición, de las ideas complejas, los párrafos largos. Pero al mismo tiempo, para construir consensos y para construir hegemonía, hacen falta mediaciones. Esas ideas complejas necesitan de medios y de mediadores, de sujetos que hagan de mediadores y de medios que quizás quienes producimos ideas y textos largos ni se nos ocurren cómo hacer, o no sabríamos hacerlo, o lo haríamos mal.

Hay quien puede escribir un libro extraordinario y ser un mal docente, hay quien puede ser un buen docente en clase y ser un pésimo comunicador en la radio. Yo hablo con frases largas y complejas; soy todo lo contrario de lo que pide el algoritmo, Milei te mete una frase impactante cada 5 segundos. Yo meto una, con suerte, cada día.
El libro sobre Piglia
Cerremos con tu libro más reciente, el de Siglo XXI. Contanos.
Conversaciones con Ricardo Piglia. Mirá, nació de unas conversaciones al principio informales que yo tenía con Ricardo Piglia acerca de su propia trayectoria intelectual y política: su juventud anarquista, su paso por el trotskismo, su incursión en el maoísmo, las revistas que editaba. En determinado momento de las conversaciones a él se le ocurre que las podíamos publicar, darle formato de un artículo largo o hacer un pequeño libro. Entonces invité a Ana Longoni a que se sumara a los diálogos, y hicimos tres horas intensas de conversación con las revistas a la vista.
Me parece que es un complemento muy lindo de los diarios. Dice cosas que en los diarios no están. Cuenta cosas de modo distinto, porque los diarios tienen un carácter más literario y esto tiene el carácter de una entrevista. Figuras que en los diarios aparecen con nombres inventados por Ricardo, aquí están con nombre y apellido, contadas de un modo más descarnado, con mucho humor. Disfruté mucho haciendo las entrevistas. Tenía mis dudas: ¿tendrá interés esto en la Argentina de Milei? ¿Alguien va a leer? Siglo XXI hizo tres mil ejemplares, se está vendiendo muy bien. Estoy muy contento de haber salido y de mantener de algún modo la presencia de la obra de Ricardo en un contexto como este.
