Facundo Nejamkis es politólogo por la Universidad de Buenos Aires, con una maestría en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de San Andrés. Es director de Opina Argentina, consultora especializada en estudios de opinión pública, docente e investigador del CONICET, y vicerrector de la Universidad Nacional Guillermo Brown. Antes de dedicarse al análisis y la consultoría, ocupó cargos en la Jefatura de Gabinete de la presidencia durante el gobierno de Cristina Kirchner y fue jefe de gabinete de la presidencia del Mercosur bajo la conducción de Chacho Álvarez.
Lo que hace interesante a Nejamkis, y lo que motivó esta conversación, es precisamente esa trayectoria doble: conoce el poder desde adentro y elige comentarlo desde afuera. Su análisis sobre la Argentina de Milei, el estado del peronismo y el rol de la opinión pública tiene el peso de quien ha visto funcionar la cocina y decidió, conscientemente, no volver a entrar.
Por Lucas Malaspina
El juego todavía está abierto
¿Cómo ves lo que viene pasando en el último año, estas transformaciones que vienen afectando a la sociedad y a la política argentina?
Veo una sociedad que está en un proceso de cambio y de transformación muy complejo, pero no veo —a diferencia, quizás, de quienes son fanáticos garantizados por una u otra mirada— un juego ya definido. Veo una situación todavía muy abierta, donde las cartas no están echadas. Por supuesto, hoy el escenario político está ocupado por el presidente centralmente. La figura de Milei se ha convertido, sin duda, en el centro de gravedad del sistema político argentino. Todos se posicionan a favor o en contra de él, y esto es el factor ordenador de la política argentina hoy. Pero no sé si esto vino para quedarse, si va a ser diez años así, a lo Menem, a lo Kirchner. No sé si Milei abrió un nuevo ciclo de hegemonía política o si es una transición entre un régimen que duró veinte años —que nació después de la crisis de 2001, 2002, 2003— y en realidad vamos hacia otra cosa y hacia otro orden. Todavía Milei no fue lo suficientemente exitoso como para decir que inauguró un nuevo ciclo de hegemonía política, donde no solo es el ordenador de la política, sino que además genera una transformación estructural en las relaciones entre economía, política, sociedad y cultura. Creo que eso está por definirse, está en discusión, está abierto al debate.
Si vos te acercás y mirás el oficialismo, ves un proyecto que aparece muy sólido en términos discursivos, narrativos, en redes sociales, muy articulado, con mucha fuerza en los medios de comunicación. Y ves la oposición y decís: no tiene liderazgo, no tiene proyecto político. Lo que tiene algo de peso está como afincado en el pasado, nostálgico. Pero esto recién empieza, todavía falta mucho agua que corra bajo el puente.
Hace un tiempo dijiste algo muy llamativo: «cuando la sociedad argentina te pica el boleto, la oposición se arma en cinco minutos».
Yo creo que eso es así. Hoy ves una oposición totalmente fragmentada, desarticulada, sin una imagen nacional clara, sin un liderazgo claro. Es posible que veamos que al Gobierno le vaya bien en las elecciones del año que viene. Ahora, también es cierto que si la sociedad siente, de acá al 2027, que la agenda de cambios que el Presidente prometió no es lo suficientemente profunda, no es lo suficientemente exitosa, no le cambia la vida, no le mejora sus condiciones materiales de existencia —ya sea por accionar del Estado o del mercado—, mi sensación es que la sociedad te arma una oposición. Nosotros los politólogos tenemos esa máxima: las elecciones las ganan y las pierden los oficialismos. Un oficialismo puede ganar, pero también, si hace las cosas mal, puede perder. Y después, cuando pierde, pierde contra cualquiera.
La sociedad busca sus reemplazos, busca sus líderes alternativos. No importa si esos líderes no están preparados, no están formados, no tienen la fuerza política suficiente. Lo ha hecho muchas veces y yo creo que no tendría ningún empacho en hacerlo con Milei, si sienten que no satisface las promesas. Me da la sensación que Milei, con poco, puede tener un muy buen panorama electoral el año que viene. Pero eso hay que esperar que llegue el proceso electoral para verlo en vivo.
También planteaste que sí, le puede ir muy bien en 2025, pero eso no significa que deje de ser minoría.
Es que si hacés las cuentas, aún haciendo una elección de puta madre —supongamos que el Gobierno saca entre 40 y 45 puntos en una legislativa, que es un montón—, así todo no le alcanza para construir una mayoría propia en ninguna de las cámaras. Entonces, es un gobierno que está obligado necesariamente, hasta el final de su mandato, a negociar con otros espacios políticos para construir mayoría y sancionar leyes.
Hasta ahora le fue bien en tres cosas. Es el gobierno más débil en términos legislativos de la historia —solo comparable con Irigoyen en algún momento—, tiene un puñadito de senadores y un puñadito de diputados. Y sin embargo, logró la sanción de la Ley Bases, que es una ley de cambios muy profundos y estructurales. No eran los 700 artículos que quería, pero sacó una ley de 300, con un RIGI incluido. Y todavía logró mantener en pie el DNU 70, que también generó cambios muy profundos y fue muy controversial, con media rechazo de una cámara, pero mientras no lo rechacen las dos, queda ahí.
Los otros dos elementos que le han sido favorables al gobierno son, primero, el ordenamiento de la calle, con un costo represivo bastante bajo. Lo que Macri no pudo resolver en cuatro años de gestión, Milei lo resolvió en seis meses. Y el otro punto es el reseteo de las expectativas: la idea de que, a pesar de que las cosas no están bien, el gobierno va en el camino correcto. Hay una parte importante de la población que vos le preguntás en las encuestas cómo la está pasando y te dice «como el culo», pero te dice que cree que va a estar bien, que el gobierno va en el camino correcto. Esos son los tres grandes activos de Milei hasta ahora.

El fin de los cortes y la crisis de los movimientos sociales
¿Creés que el ordenamiento de la calle está más vinculado a las campañas de desprestigio de las organizaciones sociales que a la represión? ¿O a qué le atribuís este éxito?
Probablemente haya una combinación. Me parece que hay tres elementos en cuanto a los cortes de calles. Uno es el desgaste de la legitimidad de los movimientos sociales en una práctica que es muy incómoda para el resto de la población que se mueve por la ciudad. Yo tengo la oficina en frente al obelisco y la verdad me tuve que comprar en un momento una motito para ir a trabajar, porque no podía llegar. Aún teniendo una mirada contemplativa y no siendo afecto a la represión por la represión misma, llega un momento que decís: me rompe las pelotas, quiero poder ir a laburar tranquilo. No te pueden cortar en forma constante la principal arteria, que es la 9 de Julio.
Entonces, hay una caída de la legitimidad de esa metodología, combinada con dos elementos: un gobierno que está dispuesto a evitar eso, aún utilizando la amenaza de la fuerza. No es lo mismo ir a cortar cuando sabés que te van a cagar a palos, que cuando sabés que no te van a hacer nada. Y después, también hubo mecanismos de utilización de información sobre planes sociales que el Gobierno blanqueó en público y eso generó un efecto de desmovilización sobre los grupos que manejan a esos sujetos sociales que eran los portadores de la movilización callejera. El Gobierno amenazó muchas veces con judicializar a esos espacios y creo que eso debe haber tenido un efecto disuasivo.
Independientemente de que te guste el Gobierno o no, es discutible que una persona para recibir un plan social tenga que recurrir a una organización que no es el Estado. ¿Por qué el Estado hoy, con la tecnología que hay y la identificación de las personas, no puede decir directamente si a alguien le corresponde o no un plan social? ¿Por qué tiene que intervenir una asociación en el medio?
Y después me parece que hay una sociedad también desmovilizada, más allá del rol específico de las organizaciones sociales. Una sociedad que apuesta por una cultura quizás un poco más individualista, con una mirada más crítica sobre el Estado y la intervención estatal en la economía. Un modelo que fomenta más la salida individual que la salida colectiva. Eso explica también que el clima de época sea más desmovilizante que movilizante, a pesar de que hubo una movilización muy importante por la educación universitaria. Pero fue como una cosa espasmódica: apareció, algo que nunca se vio, y se esfumó tan rápido como nunca se vio.
¿Qué pensás que falló en las organizaciones sociales a la hora de pararse frente a estas acusaciones?
Yo creo que no es lo mismo cuando vos establecés la representación de un grupo en términos de una legitimidad de tipo electoral, que la representación en función de los recursos que le proveés a ese grupo. En muchos casos, el crecimiento casi anabólico de muchas de estas organizaciones sociales tiene que ver con el manejo de recursos y cómo los distribuyen. Los partidos políticos también distribuyen incentivos selectivos materiales, pero no solo eso: su origen es la representación de intereses. Acá, te diría que casi es al revés: es una representatividad que solo se da en función de la distribución de esos recursos. Y está en duda qué representatividad tienen estos espacios si desaparecen esos recursos. Muchas veces se ha demostrado que, cuando recurren a los procesos electorales, carecen de toda representatividad.
Creo que eso está para mirar con atención. ¿Hay una identificación real o en realidad lo que hay es una subordinación en función de un recurso que esa instancia me facilita, pero que si no me lo facilita, mi lealtad está totalmente quebrada?
El tránsito que mejor te explica la crisis argentina de los últimos años, que deriva en Milei como presidente, es el paso del año 2001-2002, que era «piquete, cacerola, la lucha es una sola»: la articulación entre la cacerola —los sectores de clase media, los ahorristas que puteaban contra los bancos— y los piqueteros, que eran los pobres que no tenían para comer. Esa articulación derivó en una coalición político-electoral que fue el Gobierno de Kirchner. El kirchnerismo terminó expresando esa articulación.
Eso, con el tiempo, se terminó revirtiendo. Para los otrora caceroleros que quizás habían gozado de cierto bienestar económico durante los buenos años del kirchnerismo, los piqueteros ya no eran esa gente pobre que la estaba pasando mal, sino que eran los que se estaban llevando planes sociales por no hacer nada. Como si la dificultad para insertarse en la vida económica y acceder a un empleo con algún nivel de calificación fuese una responsabilidad de cada persona que recibe un plan, y no el producto de una economía que no logra crear empleos de calidad suficiente para toda su población. Ahí hay un quiebre en los lazos de solidaridad que en parte explica el cuestionamiento al rol del Estado.
Por eso el emergente de ese enojo en 2003-2004 fue el kirchnerismo: una fuerza política que plantea el rol del Estado como reparador de una sociedad herida. Y en 2023, el emergente de esa crisis es Javier Milei, que plantea al Estado como culpable de todos los males. Cada uno está expresando, de alguna manera, el clima y la crisis de una época distinta.
El peronismo sin liderazgo ni actualización doctrinaria
¿Cómo ves el peronismo de acá en adelante? ¿Por dónde creés que debe ir?
El peronismo es un sistema de poder que se articula alrededor de un liderazgo que garantiza dos cosas: éxito electoral y éxito en el Gobierno. Eso fue Perón, eso fue Menem, esos fueron los Kirchner. Se produjo un hecho anómalo en 2015: después de la derrota electoral de 2017, donde Cristina pierde la elección en la provincia de Buenos Aires con Esteban Bullrich —que era básicamente un producto de Durán Barba, poco taquillero en ese momento—, el Gobierno de Macri empezó a irle mal. Entonces, la sociedad cambió la pregunta: en lugar de pensar cómo terminar con el kirchnerismo, empezó a pensar qué hacer con Macri. Y construyó una alternativa para ganarle: Cristina con un poquito de Alberto Fernández, con un poco de peronismo del otro lado.

En esa aceleración de la vuelta del peronismo al poder, el peronismo evitó —hizo como una gambeta— el proceso de renovación que vivió en otros momentos cuando llegó un liderazgo a su final. Cuando Perón murió, hubo el final caótico con Isabel, después la renovación en los 80 y la llegada al poder con un líder como Menem, que tenía un proyecto político, ganó con casi el 50% de los votos y gobernó diez años. En 2003 pasó algo parecido: apareció otro peronista que desplazó a Menem, el peronismo compitió internamente, y esa transición duró hasta 2005, cuando Kirchner dijo «el jefe soy yo» y llevó al peronismo hacia un proyecto político exitoso en términos electorales, que se mantuvo tres períodos en el poder.
Nada de eso pasó con el regreso de 2019. Volvimos con los mismos. Repasar el esquema ministerial de Alberto Fernández: todos habían sido ministros o funcionarios muy relevantes del gobierno de Cristina. Un elenco que estaba hace veinte años en la política. Y así, el último proceso no solo llevó a la derrota electoral, sino que además perdió uno de los atributos principales que sostenía al peronismo: pueden decir cualquier cosa de nosotros, pero sabemos cómo se gestiona el poder. Alberto Fernández no construyó liderazgo, no sabía cómo se gestiona. Todo el tiempo estuvo amenazado por la figura de la vicepresidenta, que todo el tiempo ponía en evidencia que la legitimidad electoral la tenía ella y no él.
Fue una muy buena campaña y fue mal gobierno. Eso es lo que pasa.
Así es, muy competitiva en términos electorales para un final de gobierno muy caótico. Creo que el peronismo hoy está en esa disyuntiva. No tiene un liderazgo competitivo en términos electorales: ninguna de las figuras que hay hoy puede garantizarle ganar una elección presidencial a sus bases. Y no ha desarrollado ningún proceso de actualización de sus principales ideas en relación a su último paso por el poder. Cuando escuchás a Cristina, en general lo que hay es una nostalgia de su etapa de gobierno: durante mi gobierno hacíamos esto, la distribución del ingreso era esto. Sin negar esa cifra, simplemente lo que digo es que nadie puede traducir hoy cómo eso se implementaría en términos de políticas públicas y económicas, con una soja como esta, con el nivel de endeudamiento que tiene la Argentina, con el nivel de inflación que tenemos.
El peronismo tiene que entrar en ese proceso de discusión. No es fácil porque es una fuerza fragmentada, con distintas vertientes, y no sé cuáles son los incentivos que hoy tienen para funcionar de manera articulada y armar una propuesta política única. Sobre todo si a Milei no le va mal, porque si no la posibilidad de volver al poder va a ser vista como algo lejano y probablemente veamos a cada uno atendiendo más su juego que un juego colectivo.
Kirchner, Milei y el problema de la legitimidad de origen
Me gustaría preguntarte qué pensás que representó a nivel de opinión pública la figura de Néstor Kirchner, porque creo que hoy no se habla mucho de eso.
Lo primero, para hacer link entre una cosa y la otra: lo principal para mí en el análisis político es mirar los números y lo que yo llamo desapasionarse un poco. Entender que no hay buenos y malos. La mayoría de los análisis están sesgados por la creencia de que yo soy bueno y el otro es malo. Me tocó ir a un streaming, Neura se llama, y la gente está muy enojada. Me tocó intercambiar ideas con Óscar Paset —un arquero— y él estaba muy enojado, y yo le digo: mirá, no hay que creer que el otro es malo. El otro tiene una mirada distinta. Vos podés estar a favor, el otro puede estar en contra, pero eso no quiere decir que es un hijo de puta el otro.
Cuando vos empezás a analizar la política dándote cuenta de que no hay buenos y malos, te cambia la mirada porque es mucho más amplia. Para mí ni Macri ni Cristina son buenos ni malos: son políticos peleando por el poder, y cada uno tiene sus atributos y sus déficits. Entonces, cuando vos vas a ver el partido sin esa pasión, en ese sentido, Kirchner fue un fenómeno muy interesante en la opinión pública. Es un tipo que llegó con una legitimidad de origen muy baja: 20% de los votos y veinte puntos de imagen positiva.
Mucho más baja que la de Milei.
Sí, mucho más baja. Milei rápidamente pasó de los 30 puntos iniciales de las PASO a los 55 puntos que obtuvo en segunda vuelta, y eso es más o menos lo que mantiene como imagen positiva. Eso le da un piso muy alto para la discusión política: hay una mitad de la población que acompaña su agenda de cambios y transformaciones. Kirchner tuvo que construir su legitimidad de gestión en base a su gestión, porque de origen era 20%, 25%, nada más. Y ahí hay que reconocer que quizás es uno de los presidentes que se fue con los niveles de imagen más altos: pasó de 20-25% a 70% al momento de irse. Eso tiene un mérito. Y supo administrar ese capital, porque se retiró con esos niveles y puso a su esposa como candidata, creando la posibilidad de extender el ciclo político más allá de las restricciones constitucionales.

El tránsito de la política a la consultoría
¿Cómo fue tu tránsito? Estabas en la política y pasaste a la consultoría.
Mi primera experiencia en la política fue la militancia estudiantil en el secundario, en el Colegio Nacional Esteban Echeverría, en Ramos Mejía. Ahí fui presidente del Centro de Estudiantes, una linda experiencia política en los 90, en el año 91, 92. Después entré a la universidad, primero a Abogacía —no me gustó— y me cambié a Ciencia Política. Estudié Ciencia Política; en realidad quería estudiar abogacía porque en esa época decían: para ser político hay que ser abogado, todos los presidentes son abogados.
En los 90 me metí a militar en lo que era el Frente Grande, el FREPASO, en la universidad. Me gustaba mucho Chacho Álvarez, su mirada crítica sobre el menemismo. Estamos hablando entre el año 93 y el 98, 99. Había toda una serie de iniciativas novedosas para una sociedad que estaba un poco decepcionada de la política. La Alianza se armó por demanda social: los radicales y el FREPASO iban por la calle y la gente decía «júntense para sacar a Menem».
Después de que Chacho Álvarez se fue de la vicepresidencia, me acerqué a trabajar con él, di clase con él en la universidad, y cuando estuvo en la presidencia del Mercosur en Uruguay, trabajé con él entre 2005 y 2010, yendo y viniendo de Montevideo, como jefe de gabinete de la presidencia del Mercosur. Una linda experiencia: vi el proceso de mayor efervescencia política de ese proceso de integración, en el momento en que estaban Tabaré Vázquez, Chávez, Lula, Kirchner. Parecía que la integración era una fuerza arrolladora. Después me di cuenta que la política a veces hace mucho ruido y en la práctica las cosas no avanzan tanto.
Después, tengo un amigo que trabajaba con Néstor Kirchner y me quedé sin trabajo cuando Kirchner va a la Secretaría General de la UNASUR. Me dice: vos que tenés experiencia, vení a trabajar con nosotros. Me sumé a ese trabajo. Luego falleció Kirchner, a este amigo mío lo nombraron jefe de gabinete de la presidencia con Cristina Kirchner y me invitó a trabajar ahí. Trabajé en el Gobierno hasta el año 2013, en diversas áreas: comunicación estratégica, diversas temáticas. Y uno de los temas que yo seguía en las campañas electorales era el análisis de encuestas, por mi formación. Los números eran apasionantes.
Un año antes de salir del Gobierno, yo sentí una incomodidad con la política. Personal, no se la asigno a nadie ni a nada en particular. Entonces, retomé terapia.
¿Por el ritmo, tal vez?
Puede ser por el ritmo, por las presiones, por la forma en que se pelea por el poder. Era un gobierno muy crispado. Yo no tengo ese carácter. Tengo redes porque no me gusta estar afuera —sentiría que es como no tener televisión hoy—, pero no me siento parte de esa dinámica agresiva que hoy domina la política. Por eso siento que soy una persona que puede ir a hacer análisis político en La Nación+, en TN, pero si me invitan en C5N, también lo puedo hacer. Puedo hablar con Pablo Duggan en Radio 10. Trato de dejar de lado mis pasiones y hacer un análisis político lo más sincero posible. Y creo que mi plus, mi diferencial, es justamente haber tenido esa experiencia y conocer un poquito cómo funciona de los dos lados del mostrador.
Me gusta más este lado. Entiendo que el otro es para ser y este es para comentar, no es lo mismo. Es como si me preguntás: ¿qué preferís ser, Víctor Hugo Morales o Maradona en el gol a los ingleses? El jugador de fútbol vive una adrenalina que nadie de los que comentan de afuera puede tener, pero tiene una vida útil más corta. Entonces, siento que la política es muy desgastante, muy virulenta, muy violenta, y no se condice con mi estilo. Si vos me decís «acá puteate conmigo», yo no voy a lucir. No soy un gallo de riña. Si vos me decís «hablemos una hora, reflexionemos», creo que sale el mejor Facundo.
Libros y colegas recomendados
¿Qué libros sentís que te acompañaron y despertaron en vos la pasión por el análisis y la evaluación de estrategias?
No sabría decirte con precisión. Me gusta la literatura. Me pareció muy interesante Serotonina, de Houellebecq. También de Houellebecq, Sumisión, que plantea la posibilidad de un presidente musulmán en Francia: es muy interesante porque retrata la crisis que vive Europa.

De los más actuales me parece que es muy bueno El mago del Kremlin, de Giuliano da Empoli. Es muy bueno porque muestra justamente el rol que tiene un analista político en el asesoramiento y la comunicación política asesorando al Gobierno. Y después hay libros muy buenos de Mario Riorda, que es un especialista en Comunicación Política al que sigo mucho. De Durán Barba también: El arte de ganar está muy bueno. Pero en general, más que la literatura, me ha marcado la experiencia.
Si tuvieras que recomendar a un profesional con el que has trabajado, alguien en quien ponés tu confianza, ¿quién sería?
Mario Riorda, de los argentinos, me parece de lo mejorcito, de lo más sofisticado, de lo más preparado. Y después hay toda una generación de colegas que se dedican a las encuestas y los estudios de opinión pública que son muy respetables. Federico Aurelio ha hecho un gran trabajo en la sucesión de su padre. Eduardo Fidanza, siempre es un placer leerlo. Shila Vilker, de Trespuntozero, es una gran colega. Lucas Romero, Gustavo Córdoba, de Zubán Córdoba y Asociados. Pablo Knopoff, de Isonomía: siempre que charlás con él te dice algo distinto, algo diferente.
Creo que hay una buena generación de colegas, aunque el mercado es complejo porque está muy fragmentado. Cada uno quiere armar su empresa. Lees el programa de Pagni y todos los lunes cita una encuestadora distinta. Lees a Paladini en Clarín y todos los días hace una nota con una encuestadora y vos decís: ¿y esta quién es? Eso está bueno por un lado porque habla de un mercado muy dinámico, pero también hace difícil la inversión en investigación. Sería bueno a veces tratar de construir empresas más fuertes y más sólidas, que puedan profundizar mejor en la detección de errores y la incorporación de nuevas tecnologías. Eso da para otra hora de charla sobre el impacto que tienen los cambios tecnológicos y la reacción de la gente con el celular para medir la opinión pública.
