Facundo Cruz es politólogo, docente en la Universidad Torcuato Di Tella y en la UBA, e investigador especializado en sistemas electorales y comportamiento político. Es autor de Socios, pero no tanto (Eudeba), un análisis sobre partidos y coaliciones electorales entre 2003 y 2015, y coautor de Después del terremoto, sobre el sistema político argentino a veinte años de la crisis de 2001. También dirige el newsletter La Gente Vota, publicado en Cenital, y coordina Pulsar UBA, un proyecto de monitoreo de medios, redes y opinión pública. Cofundó el CICaD (Centro de Investigación para la Calidad de la Democracia), un centro de estudios sobre participación ciudadana en procesos electorales.

Conversamos sobre la inminente implementación de la boleta única de papel a nivel nacional y el proceso de reconfiguración del sistema de coaliciones en Argentina. Facundo lleva años siguiendo de cerca ambos fenómenos, y tiene la rara habilidad de hacer que la ingeniería electoral resulte apasionante.
Por Lucas Malaspina
La boleta única: el cambio que nadie discutió del todo bien
¿Vamos a tener más trabajo con la nueva boleta única de papel?
Vamos a tener trabajo distinto, me parece. En el mundo de la consultoría, te adaptás al esquema institucional que tenés: la cantidad de cargos por los que se compite, el tiempo de mandato, cómo se eligen en los distritos, el diseño del instrumento. Vos tenés que organizar campañas y posicionar dirigentes de acuerdo a los objetivos que tienen, dentro de un esquema institucional. El esquema institucional argentino a nivel nacional ahora va a tener uno de sus más grandes cambios. Yo creo que la implementación de la boleta única papel va a ser revolucionaria para Argentina, porque viene acostumbrada hace décadas a votar en boleta partidaria. Es uno de los pocos países en el mundo —son catorce o dieciséis, siempre me falla la cuenta— que tienen boletas partidarias. Argentina y Uruguay son de los pocos. Que seamos minoría no significa que el sistema de boleta partidaria funcione mal. En Argentina yo creo que funcionaba bien.
La discusión de la boleta única se dio desde ciertas aristas que no necesariamente respondieron los interrogantes de por qué se estaba cambiando. Los argumentos que se daban no eran los más sólidos para dar esa discusión. Y sobre todo: cambiar la boleta única papel no te lleva a la discusión de fondo, que es lo fácil que es crear partidos políticos en Argentina. Si vas a cambiar el instrumento de votación, tenés que tener antes una discusión sobre la ley orgánica de partidos políticos y la ley de financiamiento.
La mayoría de la gente no sabe cuántos cargos se renuevan ni cuándo toca. Sabe cómo es la elección porque se encuentra con una boleta. Lo que va a cambiar es lo que la gente va a estar viendo cuando llegue a votar. Y eso va a requerir tiempo y paciencia para que la ciudadanía se acomode al nuevo instrumento, por eso digo que es revolucionario: va a cambiar toda la lógica de la forma de votar, pero también la política se va a tener que acomodar, porque van a cambiar los armados, las negociaciones, las coaliciones. Y eso puede generar mucho más trabajo, porque va a modificar la forma en que vamos a pensar campañas nacionales presidenciales.
¿Pueden haber más partidos presentándose y eso no sería contradictorio con la idea de menor gasto en política?
Ahí es donde empieza a hacer crack un poco estos argumentos. A mí me tocó estar en las discusiones en Cámara de Diputados en 2022. Ahí nos encontramos con Tomás Aguerre y con Malena Mañasco, con quienes armamos el CICaD. Veíamos que había algunas discusiones sobre la boleta única que no se estaban dando en el sentido que creíamos que debían darse. La mayoría de los think tanks y fundaciones estaban promoviendo la inclusión de la boleta única, y nosotros —éramos tres solos— decíamos que podía tener estos problemas. Entonces salimos de la comisión y dijimos: ¿Por qué no armamos algún centro de estudios que empiece a dar estas discusiones desde este lado?

Lo que veíamos era que Argentina lleva diez, quince años con una dinámica coalicional. Tenés cerca de 700 partidos de distrito y entre 50 y 60 partidos nacionales. Es una enormidad, pero no es que cuando vas al cuarto oscuro ves 700 boletas, porque los partidos arman alianzas y coaliciones. Las alianzas comprimen la oferta.
Hasta la reforma, la responsabilidad de imprimir las boletas era de los partidos, con el dinero que les da el Estado. Ahora va a ser el Estado el entero responsable de la impresión y la distribución. Pero en un mismo pedazo de papel va a entrar todo aquel que quiera presentarse a competir. Hoy la Cámara Nacional Electoral tiene registrados 77 partidos de distrito en la provincia de Buenos Aires y 49 en la Ciudad. Asumiendo que todos van a querer presentarse con lista de diputados nacionales, vas a tener que tener una boleta donde entren 77 columnas, porque el modelo que se tomó es el de Mendoza: las columnas son los partidos o coaliciones, y las filas son los cargos que se renuevan.
Nosotros hacemos el chiste de que vamos a dejar la lista sábana y vamos a tener una boleta frazada. No es de mi autoría, es de Malena Mañasco y un colega con el que trabaja. Potencialmente tenés un tamaño de boleta bastante grande.
Obviamente no todos van a presentarse; va a haber alianzas. Pero como todos van a tener garantizado su lugar, yo creo que va a haber una tentación para que los partidos chicos que antes se sumaban a alianzas digan: me la juego e ir solo. Y la otra cuestión es: ¿cómo definís dónde va cada columna? Se resuelve por sorteo. Entonces, imaginá que sos el Partido Autonomista Bonaerense que se creó el año pasado, te toca primero, hacés un poco de campaña, y por estar primero sumás algunos votos. Con algo de fragmentación, podés ganar un diputado. Esa tentación va a existir.
Encima, la Cámara Nacional Electoral tiene el diseño base de la boleta única, pero cada junta electoral provincial tiene la potestad de modificar y adaptar. Podés llegar a tener 24 boletas únicas distintas con pequeños ajustes. Eso va a complejizar todo mucho. Y acá va a ser clave una campaña de concientización y capacitación ciudadana, no solo para los votantes, sino también para autoridades de mesa y fiscales. El escrutinio provisorio va a ser todo un tema.
¿De dónde surgió la idea y cuál es la concepción detrás de esta implementación?
La boleta única es un sistema que se empezó a implementar en Occidente hace décadas. Los países, cuando hacen reformas, no tratan de inventar la pólvora, siempre hay un equipo encargado de hacer el benchmarking. En Argentina la discusión viene de hace algunos años, con dos argumentos que son los más fuertes para convencer a los actores políticos, que al final son los que tienen que ponerse de acuerdo sobre cómo los van a votar a ellos mismos.
Hace unos años empezó a plantearse que había mucho robo de boletas y que la boleta partidaria generaba un costo alto para el Estado. Y ninguno de los dos argumentos es tan sólido como parece.

El tema del robo de boletas fue algo que usó mucho La Libertad Avanza en la general del año pasado.
Fue un argumento muy fuerte. Hubo también un cuestionamiento al escrutinio provisorio, porque se plantearon dudas sobre los telegramas con cero votos. Nosotros desde el CICaD hicimos un estudio: lo que encontramos fue que tanto Sergio Massa como Patricia Bullrich como Javier Milei habían tenido la misma cantidad proporcional de telegramas con cero votos. Si eso le ocurre a todas las fuerzas políticas en muchas elecciones, no es que el sistema sea poco transparente o que alguien te esté robando votos. Es algo que suele ocurrir recurrentemente porque el provisorio es informativo, y la incidencia de esos votos que no se contabilizaron es estadísticamente insignificante.
Hubo toda una movida para cuestionar el proceso electoral del año pasado. La Cámara Nacional Electoral estaba preocupada porque en un momento el cuestionamiento fue que la Cámara estaba robándose la elección y había que ir a rodear el edificio. Todo tenía mucho olor a lo que había pasado en Brasil y en Estados Unidos. Finalmente, cuando llegó el resultado del balotaje a las 6:10, Guillermo Francos dijo: «La elección fue limpia.» Y chau al temor.
Lo que pasa es que se instala esa narrativa de que hay robo de boletas todo el tiempo. Puede ocurrir en algunos lugares, pero no tenés ningún estudio conclusivo que muestre que incide. El problema con el estudio del fraude es que, si vos querés estudiar el robo de boletas, tenés que acceder al elemento sobre el que hubo un fraude, y si alguien está haciendo fraude, lo que hace es destruirlo. No tenés manera de acceder a la información. Y la otra opción es entrevistar a quien lo hizo, pero nadie te va a dar un testimonio para un trabajo académico.
Un ejemplo claro: Javier Milei ganó el año pasado en Santa Cruz y en La Pampa sin tener partido de distrito, sin una estructura militante que le fuera a cuidar el voto. Si nadie le estaba cuidando las boletas, si nadie cuida, cuando vas a hacer el escrutinio provisorio, los fiscales saben bien cómo actuar si alguien quiere cometer alguna maldad. Pero no pasó. Y eso dice algo sobre que el impacto del robo de boletas sobre la distribución final del voto es marginal.
Respecto al argumento del costo: Diana Quiodo, que fue directora nacional electoral antes de Marcos Schiavi, presentó en la comisión el cálculo del costo de la boleta única en Santa Fe para la elección de 2019 comparado con la boleta partidaria. El costo por elector para la boleta única de Santa Fe fue más alto que el de la boleta partidaria. Además, la boleta única tiene medidas de seguridad: impresión a doble cara, mayor grosor, mecanismos de seguridad. Solo cinco imprentas en el país pueden hacer esa impresión, una de ellas es la Casa de Moneda.
Coaliciones en transición: del bicoalicionismo al juego de tres bandas
¿Qué ves en esta reconfiguración del sistema coalicional que parece estar en desarrollo todavía sin cierre de capítulo?
Argentina siempre se dijo que era bipartidaria, peronistas y radicales. Vinieron los 90, el FREPASO, la ilusión de la Alianza, y en 2001 voló todo por los aires. Se fueron rompiendo las estructuras partidarias tradicionales, el radicalismo, el peronismo tuvo tres versiones, después volvió a ser uno, ahora no sabemos cuántos son. Ese rompimiento empezó a encontrar dinámicas coalicionales como la forma de acordar para ganar y para gobernar.
Argentina entró en una dinámica coalicional hace ya un par de décadas. Lo que ocurrió es que esa dinámica pasó a ser bicoalicional en el proceso 2013-2015. Empiezan a aparecer dos grandes espacios. En 2019 se consolidó eso con un bicoalicionismo entre el Frente de Todos de un lado y Juntos por el Cambio del otro.
¿Qué tenés ahora? Volviste a tener un juego de tres. No solo del lado del electorado —que hoy tiene un juego a tres bandas con el carril de Juntos por el Cambio, el carril nuevo de La Libertad Avanza y el carril del peronismo— sino también del lado de la dirigencia política, aunque del lado de la élite, por el momento sentimos que tenemos 700 partidos.
Lo que tendía hacia dos, ahora lo tenés más cerca de tres. Y diariamente sentimos que esos tres grandes espacios se están haciendo crack por adentro. Tenés dos maneras de verlo: esperás a ver qué hace la dirigencia política y qué oferta lleva, o esperás saber cómo se comporta el electorado.
En términos de la dirigencia política, yo creo que ese juego a tres va a empezar a romperse un poquito, pero depende de cada distrito. En la Ciudad de Buenos Aires podés tener entre un juego de dos o un juego de cinco. En la Provincia de Buenos Aires igual. Por ahí vas a La Pampa y tenés un juego de dos. Vas a Córdoba y tenés un juego de cinco. El año que viene es una elección legislativa, así que vas a tener 24 juegos distintos provinciales. Lo vas a saber efectivamente recién en 2027.
¿No creés que pueda ir a cinco opciones competitivas?
Yo creo que si vamos a cinco, vamos a estar en un momento muy 2001-2003, y eso va a ser por razones bastante más preocupantes que cuántos partidos efectivos tenemos. Porque si el electorado está estable, nadie va a sacar los pies del plato y va a tratar de quedarse más o menos donde está y negociar desde adentro. Pero si el electorado está volátil, es porque está viendo que nadie le ofrece soluciones, que hay una situación económica no muy estable, y eso puede hacer que la dirigencia tome decisiones que vayan por el camino de los desacuerdos. Si llegamos a un juego de cinco bandas, con La Libertad Avanza, el PRO aparte, lo que quede de la UCR y la Coalición Cívica, un espacio de centro, y dos o tres peronismos distintos, estaríamos muy cerca de lo que es Perú hoy como sistema político, o de nuestro 2001.
El sistema institucional argentino te lleva hoy a que trates de buscar esos acuerdos. La dirigencia política ya se acostumbró a que tiene que formar coaliciones para competir y para gobernar. No hay otra manera. Lo estamos viendo con La Libertad Avanza: es un espacio que no quiso comulgar con las prácticas políticas, pero para tomar cualquier decisión en el Congreso tuvo que construir coaliciones, al menos efímeras, al menos alianzas legislativas transitorias. Si no, no hubiera sostenido el veto al proyecto de financiamiento universitario, ni el veto a la reforma previsional.

Datos electorales, cartografía y lo que los políticos no quieren escuchar
¿Qué aporta el análisis histórico-electoral en la práctica de la consultoría política?
Cuesta mucho, a veces, que quienes van a ser candidatos tomen como algo válido una propuesta de análisis distinta a lo que están acostumbrados. Está instalado que con una medición de imagen, algún focus group y un poco de redes sociales, más o menos podés pelear. El tema es que detrás de todo eso tenés gente a la que tenés que convencer de que te vote.
Vos podés agarrar una serie de tiempo histórica de cuarenta años y darte cuenta de que el 90% de esa localidad votó siempre al que dijo que era peronista o al que era radical. Y le vas a decir al candidato: las chances que tenés son bajísimas. Eso es lo que te aporta el análisis histórico-electoral, y cuesta convencer, porque el dirigente político también tiene esa energía, ese impulso para caer como topadora y llevarse todo puesto. Eso es valioso en sí mismo. Pero hay contextos donde eso funciona y contextos donde no.
Yo tuve dos experiencias concretas. Una fue una serie de reuniones para ver si podía trabajar en una campaña en Uruguay. Nos pedían asesoramiento para renovar la cantidad de diputados y senadores que tenían. En algunos lugares, nos dijeron, queremos ir solos. Lo que hicimos fue tomar las últimas tres elecciones, agarrar los votos totales y calcular cómo les había ido en los lugares donde habían tenido alianza y a la elección siguiente habían ido solos. En todos los lugares donde habían ido solos, habían perdido votos. Cada vez que se cortaban solos, sobre todo en los departamentos grandes, caían bastante. La sugerencia fue: no se corten solos, armen un acuerdo. Al final dijeron que iban a trabajar con otra gente y en muchos lugares decidieron ir solos. La historia reciente —eran las últimas tres elecciones— te mostraba que lo mejor era hacer eso. Bueno.
La otra experiencia fue cuando hice un curso de posgrado en Big Data e Inteligencia Territorial en FLACSO, que dirige Marcelo Escolar. Me enamoré de la cartografía electoral, que básicamente es hacer mapas, tomar datos electorales y pintar con colores municipios, provincias, países. Un mapa te describe: en este municipio te va bien, en este municipio te va mal. Pero también tenés estudios estadísticos que te permiten explicar el comportamiento general de un grupo de municipios.
Cuando se dio la elección de las PASO de 2021, a mí se me ocurrió aplicar ese análisis estadístico explicativo para ver por qué Cristina había sacado su carta, esa primera carta que muchos consideraron la primera puñalada a la presidencia de Alberto Fernández. Apliqué ese análisis y lo que estaba viendo era que en el corazón del cristinismo electoral —el conurbano de la provincia de Buenos Aires— el Frente de Todos había sacado menos votos que lo que había sacado Unidad Ciudadana en 2017. En esos lugares, todo estaba pintado de rojo. ¿Y dónde había crecido? En la Cuarta Sección Electoral, en el norte de la Segunda, en la Sexta, en la Quinta: en todos los lugares donde Cristina no había llegado a tener un armado propio en 2017, porque ahí habían competido Massa y Randazzo. En esos municipios, Cristina había salido cuarta incluso. Pero en 2021 había crecido un montón porque se había juntado todo el peronismo dentro del Frente de Todos.
La carta venía explicada porque estadísticamente y geográficamente podías ver cómo en el corazón del cristinismo se había caído respecto de Unidad Ciudadana en 2017, que había sido una patriada de Cristina por impulso propio, compitiendo contra Cambiemos en un momento en que estaba muy sólido, antes de la discusión de la reforma previsional. Ella no necesitaba ese análisis, tenía el pálpito y sabía que era un desastre. Yo busqué una explicación un poco más profunda y la encontré haciendo ese tipo de análisis. Lo publicamos en Cenital. Encontré ahí una explicación matemática para una decisión que había tomado una política.
Para ir cerrando, ¿qué dos o tres libros recomendarías ahora?
Voy a recomendar dos, y los dos los tengo que empezar. El primero es El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, me lo regalaron para mi cumpleaños y lo voy a arrancar esta semana. Es Galeano siendo Galeano, parece muy lindo.
El otro es el libro de Juan Elman sobre Chile. Juan estuvo tanto tiempo entendiendo el fenómeno de allá, cruzamos muchos mensajes cuando estaba ahí, se puso muy contento con su primer libro, y yo tengo que hacerle honor y leerlo de una vez. Porque Juan siempre tuvo una mirada distinta y complementaria a cómo todos estábamos viendo lo que pasaba con el estallido. Creo que aporta muchísimo para entender qué puede pasar cuando un país llega a ese punto límite. Lo explicó estando allá y conectado con la gente, que es su forma de escribir.
Sí, el libro de Juan se revaloriza para el año que viene, con elecciones en Chile. Cuando lo leés, ves que esto no fue una revuelta de izquierda sino otra cosa.
Y ahora ves las encuestas y las dos personas que mejor miden son Evelyn Matthei y la Democracia Cristiana, uno de los partidos más castigados del estallido social, y Michelle Bachelet, del Partido Socialista. El giro fue hacia lo antisistema, con Boric y Kast en el balotaje presidencial. Y después de esa experiencia, el electorado está diciendo: bueno, veamos qué pasa con la política tradicional, porque lo nuevo parece que no sirvió mucho. Tenés un giro hacia lo tradicional.
Facundo Cruz publica el newsletter La Gente Vota en Cenital y coordina el proyecto CICaD. También puede seguirse su trabajo a través de Pulsar UBA.
