Trump, Kamala y todo lo que no cierra

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Por Lucas Malaspina

La semana pasada estuve en el stream de «Humo», hablando de las elecciones en EE.UU. Fue una de esas charlas donde uno empieza por un lado y termina en otro. Me quedé pensando en varias cosas durante los días siguientes y decidí ordenarlas acá, porque me parece que hay temas que el análisis de coyuntura trata rápido y merecen un poco más de espacio.

No voy a hacer un resumen de lo que pasó. Voy a ir directo a lo que me parece interesante y, sobre todo, a lo que creo que todavía no está bien dicho.


La campaña ya no es una sola

Algo que me fue cambiando con los años trabajando en comunicación política —desde Sustantiva llevamos cinco años en esto— es que dejé de pensar en lo digital como un mundo separado. Hoy todo es 360: el entorno físico, el digital y el presencial se funden. No podés tener una gran estrategia de redes si la persona que está del otro lado es un queso en cámara. Y al revés: si tenés algo real para ofrecer, lo digital lo amplifica. Si no tenés nada, lo expone.

En eso fue clarísima esta campaña. Trump tenía algo para ofrecer —guste o no— y Kamala llegó tarde, con un refresh de energía que se fue diluyendo. Me hizo acordar a lo que pasó con Xóchitl Gálvez en México: arrancó colorida, generó disrupción, le fue bien en el debate, y después la sustancia no alcanzó.

La campaña fue, sin dudas, la campaña de TikTok. Trump —que quiso cerrarlo— tuvo que abrir su cuenta. Kamala tuvo una performance sólida ahí, con inversión en influencers y creadores de contenido apuntando a públicos distintos. Trump también lo hizo, con algo más orgánico encima. El concepto que me quedo es este: ya no hay una campaña, hay múltiples campañas corriendo en paralelo. No podés hacer un gobierno —ni una campaña— solamente sobre la base de lo que el otro no es.

Javier Milei también lo entendió bien acá: concentró los think tanks, los Dannan y los Gordo Dan, acumuló público, y después pateó a casi todos los influencers que le habían traído ese público. Pero la estrategia de las múltiples campañas la ejecutó bien.

El post-woke y la pregunta que nadie quiere responder

Kamala intentó hacer algo interesante: disputar la palabra «libertad». Salir de lo meramente woke —que se había agotado— y construir algo nuevo. El término viene de wake, despertar: estar alerta para indignarse con cualquier injusticia, respetar las minorías, no tolerar la discriminación. Tuvo su momento. La ola verde en Argentina es un eco de eso. El tema de Vinicius y el racismo en Brasil también. Pero hoy parece que con eso solo no alcanza.

Entonces Kamala intentó algo post-woke: mantener algunas banderas pero con un lenguaje más amplio. El problema es que quedó atrapada entre dos aguas. Por un lado, no pudo ser más que «libertad para abortar». Por el otro, su personalidad no se pudo despegar de Biden: no logró ser algo nuevo aunque su propio lema lo pidiera.

Eso me deja una pregunta abierta, sin respuesta fácil: ¿qué se hace con la palabra libertad? En un mundo hiper-individualista, ¿se asume que le pertenece sólo a la derecha? ¿Es disputable? ¿Hay que encontrar otra? No lo sé. Pero me parece una de las preguntas más importantes que tiene la centroizquierda hoy, y en Argentina todavía no la estamos haciendo en serio.

Israel-Palestina, Bernie y el ala que asfixiaron

Hay algo que complicó mucho a Kamala y que no se habla tanto: tuvo que pronunciarse sobre Israel-Palestina y eligió una postura ambigua. Para alguien que quería construir algo post-woke, eso fue letal. El ala más joven del partido demócrata —ligada a Bernie Sanders, con convencionales palestinos adentro— pedía frenar a Netanyahu. Y Kamala los asfixió por cálculo estratégico.

Resultado: cerró la complejidad interna, pero desde afuera se vio todo. Se quedó sin ese sector joven y sin el centro que quería algo más clásico, más ligado al hombre blanco de clase trabajadora que se identificaba con Biden. Dos frentes perdidos al mismo tiempo.

Y Bernie, que era lo más fresco que tenían, ya quedó afuera. No hay campaña que salve un mal gobierno, y no hay estrategia de comunicación que tape la falta de sustancia. Cuando la gente te pica el boleto, te lo pica.

Trump, Milei y los paralelismos que no cierran

Desde acá es tentador hacer el paralelo: Trump gana, los libertarios festejan, todo encaja. Pero no encaja.

Primero, porque Trump no es libertario. Es nacionalista. Y los nacionalismos no se llevan necesariamente bien entre sí —si no, no habría habido guerras mundiales. Lo que comparten Trump y Milei no es ideología: es época. Los dos representan algo nuevo en la política, una forma de hacer que rompió los moldes tradicionales. En eso sí se parecen. En el resto, hay que ser cuidadoso.

Segundo, y esto es más concreto: la política económica de Trump podría tensionar al gobierno de Milei, no ayudarlo. Dólar fuerte, proteccionismo, presiones cambiarias. Trump le podría decir a Milei lo mismo que nos dice a nosotros: no hay plata. No va a ser tan fácil como algunos que ya cantaron victoria.

También vale la comparación con Lula y con AMLO: son los que parecen tener algo más armado en el otro lado. El resto de la centroizquierda latinoamericana todavía está en construcción. Y los paralelismos con Argentina se complican porque existe el peronismo, que hace que cualquier analogía con el bipartidismo yanqui se rompa.

Lo del Deep State: lo más importante y lo menos analizado

Lo que más me interesa —y lo que menos se analiza acá— es el tema del Deep State. No es solo bajar el gasto público. Lo que algunos en el entorno de Trump quieren hacer es romper la lógica bipartidaria del estado norteamericano: esa que hacía que EE.UU. funcionara más o menos igual gobernara quien gobernara, con think tanks compartidos, funcionarios que rotaban entre administraciones, instituciones que se mantenían.

Trump ya domó al partido republicano, que no estaba con él. Fue, armó lo suyo y dijo «ahora se alinean». Ahora quiere hacer lo mismo con el Estado. Algunos proponen directamente eliminar el Departamento de Seguridad Interior. Eso es meterse con el FBI, con la CIA. Es un conflicto de otra escala.

El paralelo local que se me ocurre: la última vez que se intentó cambiar la AFI acá terminamos con el caso Nisman. En escala estadounidense, eso puede ser algo mucho más grave. Lo que hace que EE.UU. sea lo que es —esa continuidad institucional bipartidaria— está en discusión. Y eso tiene implicancias para todo el mundo. Los chinos también lo saben.

Para cerrar

Me quedo con una sola idea: necesitamos candidatos nuevos que luego instrumenten a los partidos o se junten con ellos, no al revés. Que tengan congruencia con un mundo que ya cambió y con gente que espera otra cosa. Eso aplica en EE.UU., en Argentina, en todos lados. Kamala representó lo contrario: fue el partido usando a la candidata, y se notó.


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