Ángel Beccassino: «Se defecan las cosas sin siquiera metabolizarlas»

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Hay personas que acumulan vidas donde otros apenas completan una. Ángel Beccassino —escritor, periodista, fotógrafo, músico, consultor político— es una de ellas. Nació en San Antonio Oeste, Río Negro, en 1948, estudió filosofía y economía sin graduarse y desde joven tuvo claro que quería ver qué había más allá de la próxima curva del camino. Vivió en la India, Brasil, México, España, Ecuador. Llegó a Colombia por primera vez en los años setenta trabajando como director creativo para la aerolínea Braniff, y terminó quedándose. Desde 1986 Bogotá es su casa.

En ese tiempo construyó una carrera difícil de clasificar: fue el autor detrás del eslogan «Bogotá, 2.600 metros más cerca de las estrellas», asesor de la primera alcaldía de izquierda de la ciudad, estratega del referéndum de Chávez en Venezuela y del MAS en Bolivia, y en 2022 fue la mente detrás de Rodolfo Hernández, el candidato que llegó a segunda vuelta contra Gustavo Petro con el 10% del presupuesto del ganador y perdió por 700 votos.

Con una treintena de libros publicados, lo que lo distingue no es solo el currículum sino la perspectiva: habla de la política como alguien que la ha vivido desde adentro sin perder la distancia crítica para verla desde afuera.

Por Lucas Malaspina


Del periodismo contracultural a la política colombiana

¿Llegás a Colombia por trabajo?

Me fui de Argentina en el 74 y me instalé acá en el 86.

¿Sos de la Patagonia?

Soy de San Antonio Oeste, en Río Negro.

¿Cómo te veías, qué rumbos pensabas cuando estabas en el secundario?

Siempre me tentó la próxima curva del camino. Quería ver qué pasaba más allá de lo que estaba viendo. Por decisiones que fui tomando, viví en muchos lados: la India, Brasil, México, España, Ecuador. Fueron cambiando los escenarios.

¿Tuviste proximidad con la tercera posición? ¿Cómo fue tu acercamiento con la política?

Eso fue entre el 70 y el 73. Publicaba un pasquincito que se llamaba Tercera, que mantenía la tercera posición. En ese momento era clave la situación de Argelia, la emergencia de Argelia, que tenía mucho que ver con la causa palestina. Y escribía en una revista que tenía Miguel Greenberg, que se llamaba Contracultura. La tercera posición era una mezcla de cosas: por un lado, la idea de una Argentina latinoamericana, integrada a América Latina más que mirando a París. Y por el otro, el anti-establishment, lo contrario a la formalidad que te marcaba el sistema. Era otro momento, otra velocidad, todo por correspondencia, las llamadas internacionales eran carísimas. Nos movíamos diferente en el territorio, pero en la cabeza andábamos a mil, con ese sentimiento de impotencia que te produce no poder traducir lo que tenés en la cabeza con la velocidad que quisieras.

Hoy la economía de la atención lo hace más difícil. Antes no era así.

Hoy la gran pelea es por la atención. En aquel momento los espacios para captarla y sostenerla eran muchísimo más generosos. Hoy es una pelea a muerte con un cuchillo atravesado. Tratar de conseguir un fragmento de atención está en chino, y todavía más sostener esa atención.


Movimientos, campañas y la conexión entre el territorio y lo digital

Trabajaste con organizaciones que buscan transformaciones sociales, sindicatos, movimientos. ¿Cómo se fue armando ese recorrido en Colombia?

En los 80, con otro amigo, creamos el Movimiento Sísmico, que teníamos un programa al que llamábamos higiene mental colectiva. Generó muchas relaciones y también intentos de infiltración. Esto fue en el 87. Dentro de esas relaciones vino una muy fuerte con el M-19, que en ese momento todavía era una organización clandestina. A partir de ahí se prolongó en las negociaciones de paz del M-19 con el gobierno de Colombia. Yo tenía una cercanía muy grande con Carlos Pizarro, que era el comandante general.

El libro de Beccassimo sobre el M-19

De ahí derivé a otras campañas políticas. Dentro de mi trabajo en comunicación pasó una cosa que sorprendió mucho: la redefinición de qué era Bogotá. La ciudad siempre se veía como una especie de castigo, a 2.600 metros sobre el nivel del mar con un clima de páramo. Yo lo replanteé y lo puse 2.600 metros más cerca de las estrellas. Eso abrió un hueco de atención. También derivó en la campaña presidencial de Lucho Garzón por el Polo Democrático, y de ahí, poco tiempo después, conseguimos la primera alcaldía de izquierda de Bogotá: «Bogotá sin indiferencia», que era como redefinir qué era la solidaridad, una palabra que no entraba muy bien en la comprensión de la gente.

Así se fueron encadenando cosas hasta llegar al 2022 con Rodolfo. En la primera vuelta la gente vota dos opciones de cambio contra el sistema de los partidos políticos y los grandes intereses que controlan Colombia desde hace más de 200 años. La derecha decía que no quería que llegara Petro por su pasado en el M-19. Y eso tergiversó muchas cosas.

Además de Colombia, en Bolivia trabajé muy cerca del MAS. En Venezuela, cuando le hicieron el referendo revocatorio a Chávez, estuve apoyándolo en la parte estratégica del Ministerio de Comunicaciones. Y tengo que ver con movimientos y ONG relacionadas con la distribución de la riqueza, con acortar las brechas y equilibrar la balanza del país en lo social y en lo territorial. Colombia tiene una particularidad que son las tres cordilleras, que fragmentan el país y generan territorios por fuera de la realidad del Estado.

La campaña de Rodolfo fue impresionante. ¿Cómo fue tu entrada?

Heredo la campaña de dos amigos argentinos que estaban al frente de la estrategia de Rodolfo: Hugo Vázquez y Guillermo Meque. En un momento dado reciben amenazas. Colombia tiene su fragilidad en términos de seguridad y ellos deciden salirse. Dentro del planteo que estaban trabajando, había algunos enfoques un tanto diferentes a cosas que yo sentí que eran potenciales grandes de Rodolfo. Exploté más las redes, busqué que fueran el llamado atencional y que provocaran interés en buscar quién era Rodolfo en otro lado. Hoy por hoy, por ejemplo, Google va dejando de ser el buscador y pasa a serlo TikTok. Entonces vas combinando canales, medios, historias dentro de esa misma fragilidad de la atención.

La política electoral tiene mucho de espectáculo, siempre la ha tenido. Pero en estas últimas temporadas, con la aceleración de los contenidos buscando captar el instante de atención de la gente, gira hacia cosas más caprichosas. Lo que pasó con Xavier Hervas en Ecuador es un referente de cómo el espectáculo pasa a comportarse un poquito más caprichosamente.

Hernández y Petro tras la victoria de este último en el ballotage

¿Cómo funcionó lo territorial junto a lo digital?

Lo que pasó fue que trabajamos WhatsApp a través de Wappid, una plataforma con la cual trabajamos para la expansión de la militancia. El modelo viene de la campaña de Obama de 2008: olvidarse de la verticalidad y fomentar la horizontalidad, que la gente tome la campaña, se sienta parte y genere comunicación propia.

Rodolfo no quería soltar la plata por la ventana ni depender de favores. Entonces hicimos la campaña con el 10% de lo que utilizó Petro en términos de inversión, porque los elementos de comunicación los colgamos y la gente los bajaba, los imprimía y los difundía. Eso generó un sentimiento de ser parte del discurso. El lenguaje tenía una serie de características que hacían conexión con el sentimiento de la gente: llamar a los corruptos directamente ladrones, ese tipo de cosas.

La conexión entre la calle, el territorio y lo digital fue una cosa que empezó a funcionar y se expandió. WhatsApp fue lo fundamental para expandirlo y se generó una forma de expresión popular: la gente salió a pitar, a tocar bocina promoviendo la candidatura de Rodolfo por todo el país.

En la segunda vuelta pasaron muchas cosas. Rodolfo bajó la guardia. Recibió amenazas y sintió el impacto. Gustavo se desconcertó por haber entrado Rodolfo a esa segunda vuelta y se puso muy agresiva la campaña de Petro. La diferencia final fue de 700 votos. Hubieran sido los tiempos un poquito diferentes, el resultado hubiera sido otro.

Con mi hija publicamos un libro sobre eso: Ganar es una decisión. Cuando el líder o el que está en la cabeza del entusiasmo baja la guardia, debilita ese impulso y los que lo siguen también lo debilitan. Ganar es una decisión, es una convicción, es meter todo con todo. En el caso de Rodolfo, faltó ese final.

El último libro de Ángel Beccassino, co-escrito junto a Luciana Beccassino

Apatía, superficialidad y el callejón del progresismo

¿Cómo ves el cambio de época social y político en América Latina?

Entender el momento político de la región te conecta directamente al capitalismo, a una cantidad de cosas que son mucho más amplias que la lectura primaria, que es un poquito pasional. En segundo lugar ocurre otra cosa: la desesperación que hay, que se traduce en apatía y de rato en grandes explosiones. Ese callejón sin salida hace que de repente la gente, cansada de haber centrado su esperanza en algunos, sienta que no hay soluciones, que no hay respuestas, que no hay nada.

Y la gente hace rato largo se olvidó de la importancia de las preguntas, que son las que te conducen a pensar y reflexionar. Llevamos unos 50 años, desde la explosión fuerte de pensamiento que fueron los 60 y los 70, en que se estimuló la superficialidad. Y en ese estímulo se fue perdiendo la conexión con la posibilidad de reflexionar sobre lo que estás viviendo. Luego esto se aceleró violentamente con el consumismo. Todo se consume rapidísimo, se bota rapidísimo, se defecan las cosas sin siquiera metabolizarlas.

Y en ese gran paso de circunstancias aparecen novedades. Es como si el mundo fuera un mundo de jirafas y de repente apareció un elefante. La gente no ve qué significa el elefante, no ve lo que hay detrás, no ve lo que está ocultando el cuerpo del elefante, y se enrolla y se entrega sin saber qué está entregando con su elección. Pero detrás de esto, ¿quién mueve los grandes hilos? Un sistema que pasó de algo donde al menos podías saber quién estaba detrás de una empresa, a fondos de inversión donde no sabés quiénes son esos personajes ni qué hay más allá de la manipulación que tienen.

Cuando observás cómo operan esos fondos de inversión y cómo operan hoy las guerras, encontrás un mismo escenario. Es muy especial que una persona opere un misil que revienta 50.000 vidas desde su casa, vaya a trabajar a la oficina y vuelva a cenar. Esa distancia con el horror es importante. Estamos hablando de situaciones muy concretas que se están viviendo.

Lo que vemos como noticias se va repitiendo, no tiene consecuencias, no hay nadie que diga que no podemos tolerar este espanto. Entonces se vuelve algo que uno asume como normal. Y como eso están pasando muchas cosas. Hay tragedias en curso que nos deberían sacudir la cabeza.


El sindicato, el Estado y el capitalismo financiero

El sindicato en esta época. ¿Tiene futuro?

El sindicato como se ha concebido tiene un problema muy fuerte en esta época: se quedó sin materia. Porque la gran materia que hay son los desempleados. Tendría que ser un sindicato de desempleados. Fijate cómo se ha retrocedido: aparte de no haber organización, escasea la base para esa organización.

Sin embargo, pueden presentarse otro tipo de sindicatos. Sindicatos de consumidores, sindicatos de espectadores, sindicatos de tiktokers, lo que vos quieras. Hay muchos instrumentos que históricamente se utilizaron de una manera y pueden utilizarse de otra. Lo que implica eso es la posibilidad de generar un colectivo. Somos más, podemos más. Ese colectivo tiene una capacidad de acción mucho más importante que la que tenemos vos o yo como individuos.

Yo asesoré a un sindicato de acá metido con el tema petrolero, de izquierda tradicional. Y en un momento de negociación de un pliego, poner sobre la mesa un proyecto de comunicación que pusiera en claro las cosas en blanco y negro cambió todo. Hay muchos instrumentos que pueden usarse de una nueva manera.

¿Y el Estado? ¿Qué lugar ocupa hoy?

Hace tiempos que esta idea del Estado-Nación viene en crisis. El habernos imaginado que el colectivo puede llegar a ser tan sintonizado como para pensarlo más allá de una tribu, como una nación con sentimientos en común, que puede operarse desde un Estado que exprese esa nación. Eso viene en crisis fundamentalmente con la gran operación de las multinacionales empresarias, que se aceleró con el capitalismo financiero. Del capitalismo productivo pasamos al financiero y esto agarró otra velocidad.

¿Qué veo en esa intención última de lo que están haciendo? Suicidio. Una taradez de personajes que solo piensan el mundo en números sin importarles las consecuencias. Porque al fondo de la decisión de si hay Estado o no hay Estado está la decisión de si pensamos en los demás como parte de una circunstancia que somos los humanos. La solidaridad es no ser indiferente a los demás, y desde los medios —que son cada vez menos, porque son cada vez menos los intereses dueños de todas las pantallas— nos estimulan a todo lo contrario: a pensarnos solo como yo y mi interés particular. Y el mundo mismo te está mostrando las consecuencias que tiene eso.

¿Algún libro que recomiendes para entender este momento?

Sennett, por ejemplo. La decadencia del hombre públicoCarne y piedra, que es un repaso a los comportamientos. Y hay un tipo, lo tengo acá justo: El final de partida de Peter Turchin. Es un ruso-gringo que analiza el problema de la sociedad en este momento y lo compara con otros momentos históricos: los momentos en que la élite se ha reproducido tanto que ya no tiene los espacios para insertarse dentro de una armonía. Por consiguiente, empieza a generarse un conflicto en las élites —lo que está pasando en Estados Unidos— y por el otro lado la pauperización de la base crece desaforadamente. Eso es una bomba que tiene que explotar indefectiblemente. El tipo le da más relevancia a eso que a la base social y es bien interesante el análisis.

Esta confianza tonta en que la tecnología es Dios no tiene mucho kilometraje. Humanamente somos seres sensibles. Personajes como Elon Musk, que sueña con colonizar Marte, son excepcionalidades en la humanidad, no las más interesantes precisamente.

Siempre sentí que lo que uno hace en el fondo es como aquella vieja historia del náufrago que metía un papelito en una botella, le metía el corcho y la botaba a ver quién la encontraba. Estar hablando vos y yo acá es una botellita al mar. Y un día me tropecé con un viejo blusero en Nueva Orleans y el hombre, botando corriente en la calle, me dijo: «La música hay que llevarla más lejos de donde uno la encuentra.» Para mí esa es la historia del mundo. Uno llega y encuentra una cantidad de cosas, y parte de lo bonito de todo esto es lograr llevar eso que recibiste a otra instancia.


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