Si trabajás vinculado a los asuntos públicos o políticos y tu conclusión sobre Mamdani es “eso pasa en Nueva York, acá es distinto”, estás leyendo mal. Lo que se está probando no es (sólo) una ideología, sino un formato de poder: relato simple, guerra atencional, infraestructura tecnológica para lograr la máxima memorabilidad, agilidad y consistencia posible. Eso sí es exportable. Y alguien lo va a usar. La única duda es si vas a estar del lado que lo aprende o del lado que lo padece, sin importar tu ideología. Si pensás que podés copiar la forma sin comprender la metodología, vas a caer en el ridículo o en la intrascendencia.
¿De qué escribo acá?
- Qué diferencia al fenómeno Mamdani
- La revalorización del comunismo y del pasado autoritario en la Gen Z
- La “hipótesis Casaleggio”: ¿se puede incubar deliberadamente una marca electoral en la era del caos y ganar las elecciones?
- Si Tomás Rebord o Pedro Rosemblat pueden vencer a Milei en 2027 (si sos de otro país hispanohablante, como México, España o Colombia, te recomiendo que prestes especial atención)
No te confundas. La estética totalmente descontracturada y las vibras (vibes) espontáneas de la campaña de Mamdani son una cosa, y otra muy diferente, su verdadera naturaleza, su estructura y su metodología. Así debe ser una campaña profesional, es decir que explota lo genuino de la manera más metódica y sistemática posible. Para los países hispanohablantes, puede resultar conspiranoico (y/o tecno-solucionista) porque no estamos acostumbrados a “la ética protestante”. Es un grave error. Estados Unidos podrá no ser ya la potencia más despampanante de la actualidad, pero sigue siendo el lugar donde se producen las estrategias y las herramientas más avanzadas para confrontaciones en un sistema electoral multipartidista. La victoria de Zohran Mamdani rompe con la decadencia competitiva en el espectro demócráta estadounidense ante la disrupción del fenómeno Trump y Make America Great Again (MAGA). Algo en ese sentido -diferente por el contexto y el rol que ocupa- ya se vio a mitad de año con Gavin Newsom, el gobernador demócrata de California.
Esta irrupción sucede sobre una estructura demócrata con una alergia al riesgo casi constitutiva. El partido viene de una década en la que, frente a cada amenaza disruptiva, la respuesta por defecto fue “volver a lo conocido” con algún barniz: candidatos reciclados, equipos de confianza, consultoras de siempre. El caso Cuomo (alcalde derrotado) es eso llevado al extremo: apostar por una marca archiconocida antes que explorar algo nuevo que no controlan. Esa misma aversión al riesgo existe, con sus matices, en el peronismo o en los partidos socialdemócratas europeos (y está empezando a desarrollarse en Morena): prefieren repetir liderazgos y métodos que ya no enamoran antes que exponerse a experimentar con formatos organizativos y simbólicos distintos. Mamdani castiga precisamente esa preferencia estructural por lo seguro, no sólo a una persona o corriente interna.
Hay decenas y decenas de empresas que intervienen en las campañas electorales de EE.UU. para apuntalar diferentes aspectos de la contienda: no sólo se apoyan en tecnología de punta, sino que son unidades de I+D. Algunas empresas se vinculan exclusivamente con el sector demócrata, otras con el republicano, y otras con ambos. Incluso existen en las campañas de Democratic Socialists of America (DSA), que no evitan la metodología y el profesionalismo político diciendo que son “mentiras capitalistas”, sino que aunque sean parte de una izquierda reformista radical, emplean a estas empresas y a estas herramientas. Como veremos, al menos así lo venía siendo en gran parte hasta ahora.
La historia de Zohran Mamdani ya todos los que me están leyendo la conocen.
Hay una CLAVE DIFERENCIAL EN EL MENSAJE: ¿Adiós a las “identity politics”? Las desborda, aunque no las abandona. El “nosotros” no es una suma de etiquetas sino una experiencia compartida: inquilinos, jóvenes, trabajadores precarizados. Y las identidades (racial, religiosa, sexual) entran como modos distintos de vivir ese mismo conflicto material, no como compartimentos estancos. “New York you can afford” es un frame de clase y condiciones materiales (alquiler, costo de vida, precariedad) que ordena todo. No es “votame porque soy X identidad”, sino “votame porque tu vida cotidiana es invivible y esta campaña va a pelear por hacerla habitable”.
Que la campaña de Mamdani haya podido instalar “una Nueva York que puedas pagar” no se explica solo por la creatividad del eslogan, sino por la alineación entre tres condiciones estructurales:
- primero, una experiencia material compartida que vuelve verosímil la promesa;
- segundo, una biografía y un posicionamiento que le dan credibilidad al emisor;
- tercero, una arquitectura de difusión que repite la misma idea en todos los niveles del sistema: TV, redes, podcasts, calle, voluntariado y relaciones públicas.
La narrativa se instala porque no compite con cientos de mensajes dispersos, sino que organiza todo el dispositivo simbólico y organizativo alrededor de un solo conflicto simple: quién puede seguir viviendo en la ciudad y quién decidió que eso dejara de importar.
Sobre los principales elementos a destacar de la campaña de Mamdani me base en lo que esquematizó claramente Esteban Concia. Vale aclarar que aislar a todos estos elementos no sirve para nada sin pensar que son engranajes de una máquina estratégica-narrativa.
- Temas de la vida cotidiana (alquileres, costo de vida, transporte)
- Adaptación a los formatos: video vertical tipo TikTok, busca de impacto, planos cortos, testimonios. Pero como me recordó Iván Sverdlick hay que decir que no se privaron de nada: también sketches, spots horizontales con estética de tráiler o de cine popular indio.
- Organización por zonas de las personas que apoyan mediante formularios y guías con fácil acceso.
- Mucho protagonismo de otros actores y no del candidato.
- Ritmo revulsivo, mucha cantidad, presentación poco prolija buscando la sensación de movimiento.
Estos diferentes elementos ya se vienen viendo en otras campañas pero hasta ahora no habían sido todos conjuntamente explotados de una manera tan meteórica y exponencial. “Hace algo más de un año, cuando anunció su candidatura, Mamdani comenzó con un 1% de apoyo”, recordaron los expertos Antoni Gutiérrez Rubí y Franz von Bergen (de la firma española Ideograma).
- Mamdani es él en sí mismo una tecnología de comunicación avanzada: su constante y fresca sonrisa es un arma política. Fue rapero, su madre es cineasta, se lleva muy bien con la cámara en todos sus formatos y eso no es para cualquiera.
- Gusta decir que no fue todo gracias a TikTok (o video vertical). Esa afirmación -negación- debe ser relativizada porque puede entrañar una subestimación de la vida social actual tal como es: producir contenido en lenguaje (no sólo formato) TikTok es absolutamente ESENCIAL en 2025 y lo venimos diciendo desde mediados de 2020 en adelante. TikTok es muchas cosas más que sólo TikTok.
Con su estrategia de TikTok, Zohran Mamdani consiguió la memorabilidad: ser al menos recordado e identificado.
Tiktok es:
- Comunicación no verbal en movimiento, lo cual es el 80% de la comunicación humana REAL
- El lenguaje dominante de la época que inunda las otras plataformas digitales y hasta la TV
- La carta de presentación del candidato en su expresión más entretenida en la era cuando la lucha por la atención es lo principal
- Un mosaico sostenido de piezas a lo largo de toda una campaña (impactos que conforman la imagen del candidato)
- Una tipología enorme de diversos formatos cada uno de los cuales son estudiados científicamente por psicólogos cognitivos de empresas con más recursos que cualquier Estado para evaluar cuáles generan más identificación, atributos, etc. Y de esos estudios se alimentan los profesionales que trabajan en este tipo de campañas.
- El ecosistema más allá de la cuenta específica del candidato (que puede no existir). No son sólo los micro-videos que salen por la cuenta del candidato, sino todo lo que sale en favor de él desde cuentas alternas o laterales (no oficiales).
Para trabajar en TikTok debe hacerse con un método basado en el estudio de la personalidad del candidato/a y del ecosistema de relaciones humanas que lo apoyan. A veces el candidato no postea en TikTok, a veces sí. La campaña de Mamdani produjo TikTok, que es la plataforma digital dominante de nuestra era (porque marca la tónica de las otras) a escala industrial y de altísima calidad (lo que no significa que parezcan estéticamente perfectos, sino incluso lo contrario). Tal como lo señaló el especialista Xavier Peytibi, el concejal de NY Chi Ossé también miembro de DSA, fue el que abrió la cancha en este sentido. POR SUPUESTO que hacer buenos videos es clave para ganar elecciones y para hacer territorio, porque hacer buenos videos para una campaña de esta magnitud implica una complejidad sin par y por más territorio que hagas es inviable exponencializar tu campaña si no te ven en la pantalla.
La creatividad se apoyó más en la conversación orgánica, en creators (creadores de contenido) afines y en la capacidad del candidato para instalar encuadres en las diferentes redes sociales. Esto a su vez se convirtió en donaciones y voluntariado.
La publicidad digital no fue un asunto relevante gracias al buen manejo de TikTok (donde no se pueden hacer anuncios políticos, por otra parte) y de las relaciones públicas digitales.
La estrategia paga fue muy clásica: TV lineal como canal dominante. Lo novedoso fue que la performance orgánica en video vertical le permitió a la campaña sostener esa presencia en TV sin depender de grandes inversiones en anuncios digitales.
- Gusta decir que Mamdani y sus seguidores hicieron un puerta a puerta incansable. Esto no es un slogan: hay evidencia dura de volumen en puertas tocadas y turnos de voluntariado. Lo sorprendente es el nivel de granularidad que alcanzaron y el nivel de profesionalismo.
- Lo que no es obvio para un hispanoparlante bien informado es que el músculo territorial fue “data-driven”, como se dice en el ecosistema tech (guiado por datos): extremadamente ágil, planificada, disciplinada y segmentada. La directora de territorio se refirió al tema de este modo en una entrevista: «No puedes escalar de la noche a la mañana. La gente necesita ser entrenada, ver lo que estamos haciendo, aprender a hacerlo, asumir esos roles. Necesitamos solucionar problemas. Comenzamos con un guión. Ajustamos el guión en base a la retroalimentación».
- ¿Cómo lo hicieron? Usaron un software de “CRM electoral”: con esa base se automatizan mails, SMS, recordatorios, segmentaciones y listas para timbreo, llamadas o eventos. A nivel de las empresas, hablamos de software de CRM (Customer Relationship Management), que sirven para centralizar la acción de los agentes comerciales o de atención al cliente y unificar la contactación por medio de los tickets de seguimiento. La lógica es directa: alguien ve un video o un post, hace clic en “quiero ayudar”, completa un formulario mínimo y su información entra en el «CRM electoral». A partir de ahí, el sistema asigna tareas según barrio y disponibilidad, envía recordatorios con fecha y hora, genera listas para texting y phone banking, registra quién efectivamente apareció y vuelve a contactar a quien faltó. Es lo que permite pasar de cientos a decenas de miles de voluntarios sin que la operación colapse.
- Solidarity Tech: lo novedoso no es solo el uso de un CRM, que existe hace décadas, sino quién lo controla y para quién trabaja. Es el mismo que usó Catherine Connolly en la victoria que acaba de tener en la presidencial de Irlanda. Solidarity Tech no es un vendedor histórico del Partido Demócrata, sino una herramienta nacida explícitamente para acciones sindicales en 2024. Una plataforma creada por un desarrollador a partir de la experiencia de organizar choferes de apps en California. Es, en los hechos, una suerte de fracción empresarial tecnológica de izquierda construyendo autonomía tecnológica frente a proveedores tradicionales asociados al establishment demócrata. Mientras la industria azul vendía servicios a candidatos y comités, aquí un segmento radicalizado crea su propia infraestructura de datos y logística para no depender de ellos.
- No se suele dimensionar (ya que en México, España, Colombia o Argentina no se acostumbra ¿todavía?) lo que la arquitectura de recaudación aporta en estos casos. Ya Obama y Sanders fueron exponentes significativos de esta cultura. Mamdani continúa en ese punto, la tradición de campañas progresistas de anclaje digital. Para esto los demócratas usan ActBlue, que fue para Mamdani la columna vertebral de micro-donaciones y procesamiento, con botones y flujos visibles desde los actores satélite de apoyo a Mamdani. No hay novedad conceptual aquí, sí consistencia operativa: baja fricción, trazabilidad y musculatura para picos de recaudación cuando una pieza narrativa se volvía viral.
Conclusión clave:
NO hay oposición entre la parte digital y territorial de la campaña de Mamdani, sino una retroalimentación virtuosa. Ahora bien, seamos claros: un candidato pudo pasar del 1% al 50% sin la editorial de los grandes medios a favor sólo porque existen las redes sociales. Para entender este tipo de retroalimentación, sugiero enfáticamente “Campañas conectadas” (2016) y “Manual de campaña electoral: cómo impactar en el votante” (2025) de Xavier Peytibi.
La primera victoria de Mamdani se produjo contra el mismo candidato, Andrew Cuomo, el 24 de junio, en la primaria demócrata. Cuomo perdió y decidió presentarse por fuera, como independiente. Cuomo volvió a perder hoy en la elección general, a pesar de contar con el apoyo del alcalde saliente de Nueva York y de que el presidente Trump amenace a la ciudad si Mamdani ganaba. Trump literalmente posteó: “Si el candidato comunista Zohran Mamdani gana la elección a alcalde de la ciudad de Nueva York, es muy poco probable que yo aporte fondos federales, más que el mínimo requerido, a mi amada primera casa” (3 de noviembre, en la red trumpista Truth Social).
¿Resurge el ‘comunismo’ en Occidente?
Todo esto sería solo la campaña progresista más eficiente de la era TikTok si no fuera por un detalle: a Mamdani los partidarios de Trump lo presentan como ‘comunista’. Mamdani no es comunista, sino tan sólo un socialdemócrata de izquierda o izquierda radical reformista. Más allá de eso, lo SORPRENDENTE es que una parte de los jóvenes no huye de esa etiqueta, la recicla. Ahí aparece el segundo nivel de este fenómeno.

A principios del gobierno de Javier Milei, en una conversación de la que participé junto a politólogo Julio Burdman y el economista Matías Rajnerman por invitación del historiador Agustín Courel, advertí sobre los posibles efectos de la constante apelación al “comunismo” por parte de las nuevas derechas. En definitiva, en una sociedad movida por el rechazo y la polarización, apelar a una etiqueta para designar al enemigo, significa que esa etiqueta queda atada a la aprobación o al rechazo de quien la emite. Es lo que ocurrió con las banderas del feminismo y las diversidades sexuales por parte del gobierno de Alberto Fernández: una vez que la economía se volvió insoportable para el día a día de los argentinos, esas etiquetas quedaron atadas para un sector importante de la población, a la percepción negativa de la realidad que atravesaban.
Donald Trump ya se ha presentado tres veces a las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En lo que va de este segundo mandato, su imagen ha evolucionado peor que la de Javier Milei en la misma cantidad de tiempo. Es un fenómeno todavía enormemente disruptivo, con capacidad de marcar la agenda, pero para los tiempos en que vivimos, no es algo ya nuevo.
Encuestas de Gallup (la mítica empresa que funda la investigación electoral moderna) y del Cato Institute (prestigioso centro liberal-libertario) de 2025 muestran a nivel valorativo la declinación de capitalismo, el ascenso del socialismo y todavía minoritariamente, del propio comunismo, en la opinión pública estadounidense.

Posiblemente, para referirnos al caso argentino, el peronismo no está muerto, hasta puede aumentar su relevancia si Milei lo sigue atacando, pero más como una referencia ideológica y no como figuras que para el sector de la población que puede definir una elección ya son arcaicas o vetustas. Si el peronismo significa un aglutinante de gestos y proyectos de autonomía nacional (reales o no), entonces todavía puede funcionar como etiqueta atractiva para parte del electorado joven, aunque ya no bajo las mismas caras ni los mismos relatos y quizás ni siquiera bajo la misma estructura. Un estudio nacional de Isasi/Burdman de julio de 2024 mostró que entre los 16 y 35 años un 26 % se declara peronista y, según sus autores, la ‘marca peronista’ crecía en ese segmento a medida que se borra la memoria kirchnerista y macrista. Es un sub-35 que, paradójicamente, combina identidad peronista con voto mileísta. Respecto del socialismo y comunismo, no conocemos estudios de valoración al respecto en Argentina, pero dada la invectiva contra esas ideologías que Milei constantemente lanza, no debiera sorprender que haya actitudes que puedan ser tomadas en cuenta.
Según el último libro de Antoni Gutiérrez-Rubi “Polarización, soledad y algoritmos” (2025) que extrae conclusiones sobre la Generación Z en una multitud de países, una parte de los jóvenes ya no ve el pasado autoritario sólo como un horror a evitar, sino como un repertorio distorsionado al que se aferra por anhelo de orden y como forma de rechazo al presente, por su precariedad y por la ruptura del vínculo emocional con el futuro. Por derecha, así lo ejemplifica cierta revalorización de la dictadura de Francisco Franco en España o incluso del nazismo en Alemania.
La “hipótesis Casaleggio”: ¿se puede incubar deliberadamente una marca electoral en la era del caos y ganar las elecciones?
Les ahorro el misterio. La respuesta es sí. Lo hizo hace algunos años Gianroberto Casaleggio con el Movimiento 5 Estrellas que encarnó originalmente Beppe Grillo. Obviamente, siempre y cuando se den una serie de condiciones de posibilidad, que en su caso pudo explotar.
Mamdani no es un ‘algoritmo italiano’ como Casaleggio, pero su campaña confirma algo que vimos antes con el M5S y otros: se puede incubar una fuerza de gobierno casi como una start-up digital.
Durante 2024 casi todos leímos o escuchamos hablar de “Los ingenieros del caos”, el libro-ensayo del ítalo-suizo Giuliano da Empoli, también autor de la novela “El Mago del Kremlin”, que aborda la relación entre nuevos populismos y spin doctors (estrategas detrás de cada figura disruptiva).
En el libro que menciono, da Empoli lo describe así: “Gianroberto Casaleggio, minucioso, reservado, centrado. Un gerente de cincuenta años, experto en marketing digital que se presentaba como una especie de John Lennon postmoderno, con un cabello liso que caía sobre un rostro austero y con gafas. Síntesis perfecta de la estética hippie y la cultura geek de las que había surgido la cibercultura californiana. Después de pasar treinta años en Olivetti ―durante mucho tiempo, la empresa informática de referencia en Italia―, acababa de dejar el grupo para fundar su propia empresa, Casaleggio Associati”.
Si controlás una plataforma propia que une datos, contenidos y logística, podés fabricar un partido como una startup. Política como producto; liderazgo como marca; datos como combustible. Objetivo: convertir atención en organización y organización en votos con ciclos cortos y métricas claras. Para eso, Casaleggio hizo un acuerdo con Beppe Grillo, un comediante que fungió como figura de atracción. El telón de fondo, en su caso, era la anti-política creciente. Contenido que capta; registro en un clic; CRM que agenda y recuerda; voluntariado y donación activados; propuestas como MVP que se testean y se iteran; red de creadores para alcance; territorio con guiones y rutas; panel de control con KPIs de adquisición, activación, retención y recaudación. Un hiper líder acelera decisiones y un equipo (relativamente) chico opera 24/7.
Se debe decir que el DSA estadounidense viene desarrollando, orbitando alrededor de figuras como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, una fuerza militante potente desde hace ya 10 años: pasó de unos pocos miles de miembros a rondar los 80.000 afiliados a nivel nacional, de los cuales más de 10.000 se concentran en la regional de Nueva York. Esto confirma que los partidos políticos no han desaparecido: mutan, se reconfiguran, se apoyan en infraestructuras nuevas, pero la organización sigue importando. Esa base militante fue un activo invaluable sobre el cual se montó la «startup Mamdani» para llegar al gobierno de Nueva York. Ahora bien, sin todo lo demás, esa militancia en esta campaña sería incapaz de lograr lo que logró.
Antes de “exportar el modelo Mamdani” conviene mirar esa base fría: decenas de miles de militantes desplegados en chapters locales, una cultura previa de puerta a puerta que en esta campaña se tradujo en al menos 50.000 voluntarios coordinados, más de un 1.500.000 de puertas tocadas y 3 millones de llamados, años de campañas progresistas afinando guiones y bases de datos, una tradición de small donors ya consolidada. No es que cualquiera pueda prender una cámara, abrir un CRM y fabricar «un Mamdani» desde cero. Lo que sí es exportable son las tesis de fondo: convertir atención en organización, tratar la campaña como una máquina que integra relato, tecnología y territorio, y construir autonomía relativa respecto del establishment del propio espacio.
El Movimiento 5 Estrellas puso primer ministro durante 3 años en Italia. Cuando tomamos perspectiva histórica, llama la atención que nos llame (tanto) la atención la Libertad Avanza, que en definitiva, fue muchísimo menos de laboratorio y menos profesionalizado en todo su desarrollo (aunque suficientemente lúcido para barrer a todo lo anterior). Pero eso es otra historia.
¿Tomás Rebord o Pedro Rosemblat pueden vencer a Milei en 2027?
En realidad, si este modelo de “startup política” existe, la pregunta obvia es si puede aparecer algo parecido en Argentina (o en otros países, sea el combo ideológico que sea). Algo que le debería preocupar al gobierno de Javier Milei e interesar a sus opositores. La mayoría de los lectores NO argentinos se preguntarán quiénes son Rebord y Rosemblat y por qué les puede interesar. Puntualmente, varios periodistas tradicionales de Argentina han decidido ver en ellos la posibilidad de «un Milei por izquierda» o (ahora) un «Mamdani argentino».
Los usamos de ejemplo para expresar una posibilidad teórica más allá de ellos en concreto. Podría ser una mujer u hombre, podría ser un boomer sin redes sociales o una gamer, podría tener referencias a una tradición política, otra o ninguna.
Podrían canalizar una militancia ya existente o intentar crear una tercera fuerza. Pero, sobre todo, deberían ser portadores de una nueva estructura simbólica y con autonomía de movimiento, como ocurrió con La Libertad Avanza o con el M5S en su etapa Casaleggio, o con outsiders como Rodolfo Hernández en Colombia. Pero incluso en esos casos “desde cero” hubo siempre algo previo. Para un dirigente en México, Argentina, España o Colombia la pregunta operativa no es “¿dónde está mi Mamdani?”, sino “¿qué segmentos poblacionales + comunidades + marcas latentes podría articular hoy si tratara mi campaña como una startup política y no como la enésima repetición de un partido cansado?”.
En este caso puntual de quiénes se habló son dos hábiles comunicadores argentinos peronistas que se hicieron masivos en los últimos años con humor cultural-político, conduciendo programas de entrevistas y aprovechando en diversas formas las posibilidades que iba ofreciendo internet (hoy fundamentalmente YouTube). Son estilos diferentes donde podríamos sintetizar que Rebord es más absurdo, provocador y barroco mientras que Rosemblat usa la ironía política para hacer reír y activar la indignación.
De alguna manera, el Partido Republicano es una estructura ocupada por Trump, MAGA y sus youtubers. Rebord y Rosemblat son emergentes del nuevo ecosistema digital argentino, donde batallan libertarios y anti-libertarios. Al calor de la pandemia, “los conductores se convirtieron en streamers, los espectadores transmutaron en asambleístas y las audiencias evolucionaron en comunidades”. De alguna manera, Mamdani y DSA se han apropiado del sello demócrata de NYC para darle un sentido totalmente diferente que por sí mismo no habría podido obtener.
Si en España, en México o en Colombia los partidos de centro-derecha o centro-izquierda no se ponen a librar seriamente la batalla por la atención en el ecosistema digital, pronto perderán la posibilidad de hablar de manera directa con una generación entera y de hecho podrían dejar de ser partidos con capacidad de gobierno a estructuras alquilables y perdedoras. Vox viene imponiendo agenda en España de manera continuada, el PP sólo se repite a sí mismo y el PSOE no se recupera. En México, el gobierno de Claudia Sheinbaum está fuerte, pero se pueden ver señales de resquebrajamiento en la cúpula directiva y cómo el gobierno de Trump busca propiciar un campo para su derrota y sustitución por una alternativa disruptiva de derecha. Todo devenir en última instancia tiene razones político-narrativas pero la capacidad de articular (o no) una acción coordinada en los nuevos ecosistemas es una fuente de poder político (o de desgaste).
Los lectores NO argentinos pueden imaginar que el presidente Javier Milei se encuentra en un momento de iniciativa política tras su victoria en las elecciones parlamentarias de medio término. Y también sabrán que, más allá de las tensiones y disquisiciones entre los partidarios de la ex presidenta Cristina Fernández o el gobernador de la Provincia de Buenos Aires Axel Kicillof, ninguno está mostrando en términos estratégico-narrativos nada que pueda construir una nueva mayoría social de cara a un eventual ballotage en 2027. Muchos argentinos no fueron a votar. ¿Qué harán esos argentinos en 2027? Eso será determinante para que Javier Milei pueda o no retener el gobierno. Si Milei reelige, sería una excepción a nivel regional: recordemos que de las últimas 18 elecciones, sólo 3 en América Latina lo han logrado.
No sé si Rebord o Rosemblat querrán postularse como eventuales candidatos ni si son viables electoralmente a nivel nacional. Quizás incluso ya sean demasiado políticos: no lo sé. Este tipo de incógnitas primero que nada se empiezan a resolver con las investigaciones de opinión pública correspondiente. Lo que sin duda ha ocurrido es que el peronismo en la elección de hace 2 semanas en la Argentina ha desperdiciado una oportunidad para presentar nuevos prototipos de candidato/a. Lo mismo vale para aquellos que financian campañas en partidos viejos y no buscan desarrollar candidatos/as nuevas (insisto, vengan o no del entorno digital).
Pero, ¿podría un candidato nuevo surgir y en poco más de 1 año vencer en las elecciones presidenciales?
En primer lugar dependerá de qué/quién genere más rechazo. Si la economía se mantiene estable y el peronismo vuelve a ofrecer algo parecido a lo anterior (Massa, Kicillof, etc) el gobierno de Milei podría reelegirse.
AKP (Turquía), LREM (Francia) y Servidor del Pueblo (Ucrania) son 3 casos de los últimos 25 años que me gustaría usar para poner de ejemplo, además, por supuesto, del caso hasta ahora exitoso de La Libertad Avanza. Erdogan ya era figura, Macron era ministro conocido, Zelensky estrella de TV. AKP, LREM y Servidor del Pueblo tienen otra cosa en común:
- Se construyen como vehículos personales o de grupos estrechos, no como máquinas partidarias pesadas.
- Usan equipos relativamente chicos y mayor innovación técnica en el aprovechamiento de las oportunidades comunicaciónales.
- Cubren el territorio con reclutamiento rápido de candidatos “nuevos”, voluntarios, redes locales.
Es el equivalente político a una startup que escala rápido sobre una infraestructura ya existente (medios, redes sociales, encuestadoras, consultoras). Argentina ya dio un ejemplo extremo: La Libertad Avanza se arma en 2021 y está gobernando. Se podría contraargumentar que tanto Milei como los otros 3 ejemplos ya eran personas instaladas. Es cierto pero en las elecciones de Nueva York acaba de ganar un candidato que se lanzó formalmente hace 1 año, ¿quién está dispuesto a apostar que no puede aparecer un Mamdani? Y al revés, ¿quién está dispuesto a apostar para hacerlo aparecer?
Eso le demuestra a cualquier actor que la barrera de entrada es más baja de lo que parecía hace diez años. La velocidad de escala de un proyecto político exitoso hoy es similar a la de una marca digital bien apalancada. No hace falta una “empresa” de 30 años.
En contextos como el del mundo actual y más en la Argentina en particular, el tiempo que dista entre un fenómeno emergente y un gobierno nacional puede ser de 18/24 meses. No es ciencia ficción. Ya nos pasó con Milei y nos puede volver a pasar en 2027. Planificar sin contemplar ese escenario es un lujo que nadie se puede dar. Hoy no es, por supuesto, el escenario más probable. Por ahora.
(Gracias a mi amigo Manuel Bruzzone, investigador en psicología cognitiva, por su lectura y sus comentarios. Las afirmaciones son enteramente mías)
