Del funeral del “Indio” Solari a la Ley de Tierras: el gobierno libertario se autoflagela innecesariamente
Por Lucas Malaspina
Un capítulo que modificaba la Ley 26.737, una que desde 2011 limita al 15% la titularidad extranjera sobre tierras rurales, cambió el tablero político: el gobierno ofreció más de quince cambios para aprobarlo de alguna manera, pero terminó retirándolo el 5 de agosto para no perder el resto del paquete legislativo. El capítulo «extranjerizante» de la Ley de Tierras no cayó porque un grupo de celebridades descubrió una causa en Instagram, aunque como consultor político digital, sería cómodo afirmarlo: «las redes votaron contra el gobierno» (no confirmo ni desmiento haber usado un título así alguna vez en mi vida).
Pero el oficialismo ya tenía problemas para reunir los votos; gobernadores y senadores aliados habían hecho saber sus objeciones; una mayoría social defendía algún tipo de límite a la compra extranjera. Las redes no fabricaron esas condiciones. Lo que hicieron fue volverlas visibles -y políticamente utilizables- bajo una imagen que el Gobierno ya no podía discutir sin quedar fuera de la nación que pretende representar. Diría que una sensación corre por las venas del presidente (y de todos, de alguna manera). Ya pasaron más de dos semanas… y el bendito-maldito Mundial no termina de terminar. Al menos en Argentina, donde los ecos de la supuesta «campaña anti-Argentina» se transformaron en objeto de discusión casi permanente (hasta ahora).
Dos encuestas nacionales, ambas realizadas después del partido contra Inglaterra y antes del retiro del capítulo, convergieron en un cuadro sombrío para el oficialismo: Alaska/Trespuntozero encontró un 64,8% de evaluación negativa del Gobierno (campo: 24-29 de julio, 1.290 casos, ±2,7 pp); AtlasIntel/Bloomberg registró un 62,4% de desaprobación presidencial (campo: 30 de julio al 3 de agosto, 1.120 casos, ±3 pp). Encuestas distintas, casas distintas, metodologías distintas, cifras convergentes: alrededor de dos de cada tres argentinos desaprobaban la gestión cuando el trapo empezaba a viajar de las canchas a las paredes.

En cierto elitismo (de izquierda o de derecha según convenga) se repite un mantra cada cuatro años: la Copa del Mundo «distrae a la gente de los verdaderos problemas» y, por lo tanto, favorece al oficialismo de turno. Las malas noticias para el partido gobernante no solo coincidieron con el torneo, sino que empezaron adentro de una cancha, pero se vieron exponencialmente aumentadas por el pensamiento dicotómico. El Mundial no anestesió la discusión política: la activó en contra de Milei, y en gran parte fue por sobrerreacciones y errores no forzados de La Libertad Avanza.
Es obvio que la imagen decisiva fue una sábana de hotel escrita con aerosol con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» que Giovani Lo Celso, Cristian Romero y Lisandro Martínez desplegaron después de que la Selección venciera a Inglaterra en la semifinal del Mundial. Menos de 24 horas después, el Senado debía tratar una reforma que eliminaba los límites a la “extranjerización” de tierras rurales. El contraste fue inmediato. El oficialismo quería discutir inversión y propiedad privada; el trapo había obligado al país a hablar de soberanía, en un tema que el presidente Milei no supo manejar, por capricho o por impericia. La realidad se rió en la cara de los simplistas de toda laya: Lionel Messi, el de la “polémica” foto con Donald Trump, acabó provocando la molestia de su aliado Javier Milei. Y Donald Trump, defendiendo la libertad de expresión de los “antiimperialistas” de la Selección Argentina en contra del presidente que criticó a los jugadores.
Pero esa escena tampoco empezó en Atlanta. Un mes antes, tras la muerte del “Indio” Solari, el gobierno había rechazado el Congreso como sede de su despedida y no había abierto la Casa Rosada forzando a la multitud a forjar su propio ceremonial: Plaza de Mayo, un banderazo en el Obelisco, una procesión bajo la lluvia y un velorio en Villa Domínico. El Estado conservó sus edificios inmaculados, pero la religión “ricotera” (las masas populares rockeras) produjo el duelo nacional por fuera de ellos. Lectores de otros países, sepan disculpar: en Argentina la banda más convocante de la historia decidió no salir nunca en MTV, con lo cual hay algo de lo inefable en esta secuencia.
Entre ambos acontecimientos circuló algo más persistente que un hashtag. Circuló el trapo: una tecnología rudimentaria de pertenencia capaz de convertir una comunidad dispersa en un nosotros visible. El paso de las banderas ricoteras al paño de Malvinas, y de allí a «Argentina no está en venta», permite entender por qué la reforma se volvió políticamente inviable. No fue una victoria de las redes sobre el Congreso. Fue una disputa por quién tenía autoridad para decir qué significaba la Argentina, disputada en un momento en que el Gobierno carecía de crédito para ganarla. Luego de la victoria “maradoniana”, por cierto, se hizo viral el festejo de una horda de hinchas argentinos -el sector más adinerado de nuestra patria- bailaron al son de “JiJiJi” (principal clásico de la banda de Solari) pisoteando y escupiendo una bandera de Inglaterra.
El duelo fuera del palacio
Carlos «Indio» Solari murió el 5 de junio de 2026. Tenía 77 años y llevaba décadas sin necesitar de una institución para certificar su lugar en la cultura argentina. Los Redondos habían construido una masividad extraña: por fuera de las grandes compañías, por medio del “boca en boca”, con pocas entrevistas, sin el circuito promocional que suele convertir a un músico en celebridad y con un público que no se limitaba a consumir canciones. La «misa ricotera» era un modo de reunión, un repertorio de gestos y una red capaz de desplazarse por el país detrás de una fecha, y engendró a su manera el “anti-globalismo” mucho antes de que se hiciera trendy.
La discusión sobre dónde despedirlo expuso dos concepciones de la legitimidad. Diputados opositores propusieron el Congreso. El presidente de esa Cámara, Martín Menem, lo descartó por razones de seguridad. La Casa Rosada tampoco fue ofrecida. El gobierno sostuvo luego que había intentado comunicarse con la familia y que propuso Tecnópolis por su capacidad y sus accesos; el entorno del músico rechazó esa alternativa. Finalmente, el velorio se hizo en el Microestadio José María Gatica, en Villa Domínico, con organización bonaerense. Según la ministra Alejandra Monteoliva, la procesión reunió a casi medio millón de personas. Según el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, un millón. En cualquier caso, Milei y el peronismo coincidieron: la muerte de Solari sacó a la calle a la religión anti-casta más grande del mundo, es decir, a los «ricoteros», como llamamos en Argentina a los fanáticos de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota.
La objeción logística del gobierno libertario no era absurda. Una multitud de ese tamaño podía desbordar el Congreso y convertir una despedida en una crisis de seguridad, pero los edificios oficiales no son únicamente recipientes. Deciden qué dolores ingresan en la memoria de Estado y cuáles deben encontrar otro domicilio, por ende la negativa fue leída por muchos seguidores no como una evaluación de capacidad, sino como una frontera moral: ese pueblo y ese muerto no pertenecían al ceremonial de la nación gobernante. Como dijo la encuestadora Shila Vilker: ese fin de semana se transformó en una “cadena nacional” del desencanto social en ciernes.
La respuesta no consistió en reclamar eternamente la llave del palacio. Consistió en volver innecesario el palacio por medio de un “doble poder” ricotero (para usar una expresión de estética bolchevique a la que esa banda tributó). La autoconvocatoria comenzó en Plaza de Mayo, siguió con un banderazo en el Obelisco y desembocó en Villa Domínico. La multitud armó su propio calendario, su recorrido y sus emblemas. El acontecimiento hizo visible una comunidad cultural y política que existía antes de ser contada. El dato de asistencia importa, pero leído solo como volumen engaña: no fueron ni uno ni medio millón de adhesiones a un partido. Fue la capacidad de una comunidad sin conducción unificada para producir un rito nacional sin esperar autorización. Un magma de almas porteñas y conurbanas (fusionadas momentáneamente) que no pidieron permiso al peronismo-kirchnerismo para expresarse como tampoco lo necesitan los jugadores de la Selección ni los manifestantes contra la Ley de Tierras.
Vilker, directora de Trespuntozero, definió el funeral como «un capítulo central de la batalla cultural» (esa que tanto enarbola el presidente argentino) y planteó que el «gobierno tuvo un poco de miedo» respecto a la «despedida a un líder mítico de los sectores medios suburbanos». Su interpretación fue más lejos: aunque la manifestación era intergeneracional, reflejaba especialmente «la generación de los padres que vuelven a tener una voz política, los que tienen el problema de tener que bancar económicamente a los de abajo y a los de arriba». La observación ilumina brillantemente el panorama, pero las encuestas nacionales no permiten convertirla en una descripción demográfica cerrada. Es que un estudio de Trespuntozero y Alaska (del estratega político Juan Courel) encuentra la mayor evaluación negativa entre las personas de 30 a 49 años (75,1%), mientras Atlas Intel registra una desaprobación extraordinariamente elevada entre los menores de 34. Las mediciones coinciden en la amplitud del rechazo, aunque discrepan sobre dónde es más intenso por edad. En cualquier caso la vulnerabilidad del Gobierno es nacional y federal: Trespuntozero/Alaska midió un fuerte rechazo en el AMBA (69,5% de evaluación negativa), y Atlas Intel registró sus máximos en el Norte Grande (80,4%) y Nuevo Cuyo (74,9%). El conurbano es un escenario cultural decisivo que no termina de comprender la totalidad del fenómeno.
Por eso el funeral fue más que el antecedente cronológico de la Ley de Tierras. Reactivó un modo argentino de hacer política sin presentarse como política: reunirse alrededor de una tela, una frase y una memoria compartida. El Gobierno vio una multitud que debía administrar. La multitud se vio a sí misma, sola, y Milei tuvo su profecía auto-cumplida: los “ricoteros” se le pusieron en contra y le pasaron factura cada vez que les ponían una cámara y un micrófono adelante.
Una sábana contra el dispositivo
El 15 de julio, Argentina enfrentó a Inglaterra por la semifinal del Mundial. Sólo en este suceso el gobierno acumuló tres disparos en el pie.
La ministra de Seguridad había advertido que los mensajes vinculados con Malvinas no podrían ingresar al estadio debido a la prohibición de la FIFA sobre manifestaciones políticas. Un grupo de hinchas alojados en Atlanta tomó una sábana del hotel, compró aerosol negro y escribió la frase que el operativo intentaba excluir. Esperaron hasta el final del partido, se acercaron al sector argentino y consiguieron que el paño llegara al campo. Tiene algo de comedia artesanal: una política de seguridad internacional derrotada por la tecnología de una habitación. En el gobierno se enojaron con la ministra de Seguridad: en vano quiso hacerse cargo de la decisión de prohibir «el mapita» de las Islas Malvinas (parece joda, pero esa fue la expresión que usó), porque era una decisión de la FIFA y de Estados Unidos y no de Argentina, pero ya era tarde porque la oposición lo usó para golpear a Milei. Primer tiro en el pie.
Argentina ganó 2 a 1. Lo Celso abrió el trapo; Cristian «Cuti» Romero y Lisandro «Licha» Martínez se sumaron. La imagen reunía demasiadas capas como para quedar confinada al deporte. Era una reivindicación de soberanía después de vencer a Inglaterra; una desobediencia a una regla que había clasificado esa reivindicación como mensaje político; una tela improvisada, sin logotipo ni autor visible, levantada por jugadores que no habían nacido durante la guerra. Lisandro “Licha” Martínez dijo después que nunca dejarían «tirados» a los veteranos. El verbo hacía su trabajo: una canción, un territorio, una generación y una bandera entraban en el mismo compromiso. No era “sólo un partido”, como admitieron luego de la victoria futbolística ante el excelente equipo de Jude Bellingham y Harry Kane.
Apenas terminó el partido, Milei declaró que «no hay que caer en slogans berretas, populistas, nacionalistas, rancios» y que «las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos, berretas». Al día siguiente, volvió a la carga en otra aparición mediática: calificó a los jugadores de «imprudentes» por exhibir la bandera y advirtió que Argentina podía sufrir una sanción económica. El gobierno pudo haber dejado pasar la escena, celebrar la victoria y reservar su posición sobre Malvinas para la diplomacia, pero eligió lo contrario, algo que ni siquiera el más junior de todos los que trabajan en comunicación política hubiera recomendado: criticar al grupo de personas más amado de todo el país. Segundo tiro en el pie.
Lionel Messi, en diálogo con TyC Sports, y con el tono (aparentemente) inocente que lo caracteriza, dedicó la victoria a quienes «la pasan mal, no tienen trabajo, no llegan a fin de mes o la viven peleando». El debutante vocero presidencial Adrián Ravier salió a desmentirlo: «No coincidimos en el gobierno con esto de que la gente no llega a fin de mes». Mi abuela decía: “no saltés que no hay charquito”. Tercer tiro en el pie: a quien se le ocurre delimitarse políticamente de Lionel Messi en la Argentina, por el amor de Dios… qué falta de tacto.
En tres movimientos (cuatro si contamos el desventurado manejo del funeral de Solari), la administración se había puesto del lado contrario del sentimiento de una sociedad donde -como documentarían las encuestas en los días siguientes- el 96,4% celebraba el gesto con orgullo, según la encuestadora Vozna que dirige Marcos Doudtchitzky. La autoflagelación no fue un accidente, fue una decisión reiterada. Si la tónica del Mundial 2022, políticamente, la ofreció el «Kun» Agüero, quien representó los instintos más libertarios y anti-Estado de la Scaloneta, en 2026 la aportó el «kuka» Martínez, quien -no casualmente- festejó su gol en el cumplemes de la muerte de Solari con un homenaje a su ídolo.

Un momento hegemónico ocurre cuando una imagen deja de competir como una interpretación entre otras y empieza a organizar el campo en el que los demás deben posicionarse. Después de la semifinal, no era necesario compartir una política exterior, una lectura de la guerra o una identidad partidaria para celebrar el trapo. Quien quisiera discutir soberanía, Inglaterra o nación debía hacerlo dentro de la escena que Martínez, Lo Celso y Romero habían vuelto visible. Milei no quiso hacerlo y se empeñó en autoflagelarse, caldeando el clima cuando “el horno no está para bollos”. Durante las semanas que separaron la semifinal del retiro del capítulo, el encuadre simbólico dominante no fue el del Gobierno. El gobierno intentó capitalizar la supuesta “campaña anti-Argentina” poniendo en agenda el tema de los extranjeros de países limítrofes, y duró poco: la sociedad se incomodó (extrañamente) más por aquellos posibles compradores extranjeros de hermosos territorios de baja densidad poblacional.
Un equipo puede perder la copa y ganar la imagen que organiza el recuerdo, y eso fue lo que ocurrió cuando el paño pasó a miles de personas, muchas de las cuales descargaron «Malvinas Sans», una tipografía modelada sobre las letras irregulares del aerosol, para dar forma a remeras, tatuajes, zapatillas, murales, bares y estaciones de subte. El dato no demuestra acuerdo político ni intención de movilizarse. Demuestra algo previo: la imagen había dejado de pertenecer al partido para convertirse en un lenguaje reproducible. La Selección perdió después la final contra España. Sin embargo, la imagen que sobrevivió al Mundial no fue la derrota ni una jugada de Messi, sino el trapo levantado tras la semifinal. Allí aparece la primera acepción de «vencedores vencidos», para usar una metáfora “ricotera” que ilustra como la eficacia (cultural, social, política) no respeta el resultado deportivo.
El “trapo” aterrizó en Argentina continental
Aquí los datos de Atlas Intel sobre la imagen de Estados Unidos agregan un estrato. El 48,5% de los argentinos tenía una imagen negativa de Estados Unidos; el 47,8% prefería relaciones más distantes; el 66,3% percibía que Trump ejercía mucha influencia sobre Milei, y sumada la influencia moderada, la cifra trepaba al 81,8%. Estos datos no preguntan por Malvinas, por tierras rurales ni por soberanía. No pueden usarse como prueba de apoyo a la Ley de Tierras vigente. Pero permiten una inferencia acotada: el encuadre «extranjerizante» encuentra receptividad en una sociedad donde predominaban la desconfianza hacia Washington y la percepción de subordinación presidencial. El Gobierno era especialmente vulnerable a que una discusión sobre inversiones fuera reinterpretada como entrega.
La intervención posterior de artistas y creadores amplió el proceso, pero no lo inauguró. Lali Espósito compartió «Argentina no está en venta» y convocó al Congreso para el 6 de agosto. Martina «Tini» Stoessel, Emilia Mernes, Joaquinha Lerena de la Riva «La Joaqui» (estrella del RKT), Martín Cirio (Youtuber, alias «La Faraona»), Gerónimo «Momo» Benavides (streamer y voz oficial de la AFA en el campeonato de Qatar), y otras figuras trasladaron el asunto a públicos que no siguen el trámite legislativo – incluso la virtual «primera dama» del país, Antonella Roccuzzo (la esposa de Messi), se pronunció con un like-. Organizaciones sindicales, sociales, ambientales y religiosas aportaron encuentros, logística y una fecha común, para algo que no fue ritual, pero sí aceptable, porque el marco se volvió fácil de repetir porque ya había sido preparado por otra imagen: si Malvinas era una tierra que no se entregaba, el territorio continental tampoco debía estar «en venta». Una cantante difícilmente convierte al adversario ideológico; puede legitimar que un simpatizante pasivo se pronuncie y llevar el tema hacia comunidades que el activismo especializado no alcanza.
El peso de esa cascada cultural fue cuantitativamente mayor de lo que una lectura centrada en el trapo sugiere. Según un monitoreo digital de QSOCIAL, siete figuras de la música y el espectáculo generaron casi una cuarta parte de las interacciones totales de la conversación sobre la ley. Una sola pieza de Futurock (con la humorista feminista Malena Pichot como protagonista) reunió más interacción que los tres emisores siguientes del ranking sumados. Instagram funcionó como motor de alcance -más de la mitad de las interacciones, tres cuartas partes de las reproducciones de video-, mientras Facebook operó como amplificador comunitario -más del 80% de los compartidos- y X como el pizarrón de la rosca política: mayor cantidad de publicaciones, menor tracción de masas. La percepción dominante en X (donde la conversación registraba un sentimiento negativo extremo hacia la ley) era mucho más hostil que la del streaming de radio y televisión, que estaba prácticamente empatado. El castigo digital fue considerablemente mayor que el mediático. Cada plataforma cumplió un rol distinto en la cadena.
La intensidad alrededor de un símbolo puede disiparse sin producir organización duradera. Y, como muestran las encuestas, Milei conserva un núcleo significativo de apoyo -es el dirigente individual que más confianza genera, con 26,4% según Trespuntozero/Alaska, y retiene un 37,1% de aprobación en Atlas- mientras que ningún líder opositor concentra por sí solo la representación del malestar. El símbolo ocupó transitoriamente un vacío representativo que la política de partidos (al menos todavía) no logra llenar, eso es lo que lo vuelve poderoso y precario al mismo tiempo. Entre junio y agosto, una cultura popular acostumbrada a fabricar comunidad alrededor de banderas encontró un objeto capaz de atravesar el rock, el fútbol y la política institucional. Y eso no es bueno para la reelección de Milei, aunque haya mucho tiempo por delante.

