David Andrés: «El libro te da una soberanía sobre el conocimiento»

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Portada editorial de Sin Pauta: Andres

Durante décadas se anunció la muerte del libro: primero frente a otros medios y ahora frente a un ecosistema dominado por las redes sociales, los videos breves y la inteligencia artificial. Sin embargo, el libro sigue ahí. De eso, y de lo que un libro aporta como soporte de ideas en un mundo que cambia, conversamos con David Andrés, director de Siglo XXI España, en su paso por Buenos Aires.

David Andrés estudió Filosofía y tiene un máster en Edición por la Universidad Autónoma de Madrid. Antes de llegar a Siglo XXI, donde fue primero editor y hoy es director, pasó por Altamarea, Taurus, Debate y Penguin. Con 27 años, tiene en sus manos la tarea de reubicar en España a una editorial con sesenta años de historia, que hacia 2022 volvió a integrarse en un mismo proyecto con sus sedes de México y Argentina.

En la charla repasamos qué es y qué no es hoy Siglo XXI en España, la relación entre el mundo editorial y la lucha política, por qué los libros de derechas venden más pero movilizan menos, qué ideas cruzan el Atlántico y cuáles se quedan en el camino, cómo cambió la edición en la era de TikTok y por qué, según él, el libro no va a morir.

Por Lucas Malaspina

Del aula de Filosofía al oficio de editor

Hoy estamos en un nuevo episodio de Sin Pauta y, como siempre, tenemos un invitado muy especial. En este caso la diferencia es que cruzó el océano Atlántico y tenemos la oportunidad de saludarlo. David, cómo estás?

Hola, Lucas, qué tal? Muchas gracias por la invitación. Ha sido un cruce de océano bastante agradable, tengo que decir.

Qué bueno. David es el encargado de Siglo XXI en España, es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, tiene un máster en Edición en la misma universidad y no es nuevo en el mundo editorial: pasó por Altamarea, por Taurus, por Debate, por Penguin. Tiene el desafío de trabajar en una editorial con mucha personalidad, con mucha identidad, y la idea es aprovechar su presencia en Buenos Aires para pensar el intercambio cultural entre España y América Latina y entender un poco mejor este mundo y su relación con la comunicación y con la política. Gracias, David, por estar acá. Lo primero que me gustaría preguntarte es cómo llegaste a trabajar en el mundo editorial, qué fue lo que te definió por esta vía.

Creo que tiene mucho que ver con el origen de mi formación, que es filosófica. Yo estudié Filosofía y, según fueron pasando los años, como bien toca, me fui desencantando. Me fui dando cuenta de que estaba adquiriendo muchas herramientas teóricas, no exactamente para tocar el mundo, sino a veces para encogerme un poquito más de brazos. Entonces quería estudiar algo que me reconectase con la acción, con el mundo que me rodeaba. Y descubrí que la actividad que ahora creo que es la más bonita del mundo, y que en aquel entonces era la que me permitía compaginar el conocimiento teórico con el mundo casi real, era la edición. Era una bonita manera de canalizar todo aquello.

De hecho, hice el máster gracias a encontrarme a una amiga en los pasillos de la facultad, una amiga que ahora tiene un podcast bastante conocido en España que se llama Punzadas Sonoras, que justamente es sobre filosofía (muy barthesianas, tanto ella como Inés, su socia). Me dijo: «Bueno, no sé muy bien qué hacer, pero voy a hacer este máster de edición». Entonces lo hice y ahí descubrí el trabajo de mi vida. Me di cuenta de que había llegado al lugar correcto.

Recuerdo que el verano antes de empezar el máster leí un librito de un autor español que me encanta, Juan Marsé, que sobre todo escribe sobre los años de la posguerra en Barcelona. Era una especie de memorias, unos diarios que escribió durante dos años, como en 2002, 2003, una cosa así, y contaba cómo eran sus encuentros con los editores y con la gente del sector que le rodeaba. Él fue jurado del Premio Planeta, muy reconocido; creo que lo ganó en alguna ocasión, cuando el Premio Planeta tenía otro matiz, digamos. Y decía que era una pena cuando se reunía con editores y veía que no leían ni sus libros ni nada. Y yo pensaba: «Pero cómo vas a tener delante a uno de los escritores españoles más importantes, como Juan Marsé, y haber ido sin leerte su libro, sin conocer nada de su obra?». Dije: «Bueno, esto tiene que cambiar». Por desgracia, Juan Marsé murió, lo cual es una lástima; nunca podré saludarlo. Pero algo de ese espíritu quedó y espero, al menos, que cuando me reúna con los autores sientan que los he leído y que me estoy tomando en serio su trabajo.

El proyecto de Siglo XXI en España

Claro. Cómo surge esta idea de trabajar con Siglo XXI? Cuál es el proyecto? Justo el año pasado compré y leí un libro que me gustó mucho de Antoni Gutiérrez-Rubí que salió allá, sobre polarización, algoritmos y sociedad, más focalizado en la generación Z, y no lo encontraba acá en Buenos Aires, por lo menos todavía. No sé si ahora está, pero me sorprendió, porque no estaba al tanto. Sí conocía, obviamente, Siglo XXI México. Y después, por nuestro amigo Iago, al que le mandamos un saludo, pude conocerte. Me gustaría que cuentes un poco de qué va el proyecto.

Lo primero: Siglo XXI es una editorial de origen mexicano que se funda en los años sesenta. La funda Arnaldo Orfila cuando termina su etapa como director del Fondo de Cultura Económica, y a los poquitos años se empiezan a fundar las sedes de Buenos Aires y de Madrid. Lo curioso es que siempre fueron proyectos que, aunque pertenecían a una misma estructura, no estaban muy jerarquizados. Cada uno tenía su equipo, sus editores, su catálogo; se hacían acuerdos de coedición entre las casas. Digamos que no funcionaban como un grupo editorial, sino como un grupo de intelectuales con claras afinidades que iban publicando los libros.

Cada casa luego tuvo su historia. La de Buenos Aires cerró durante la dictadura. La de España se acabó alejando mucho cuando desapareció la sede de Buenos Aires, y con la dictadura en España y demás se fue apartando. La que sí se quedó fue la de México. Por qué hago este recuerdo? Porque justamente de la segunda etapa de Siglo XXI Argentina nace todo lo que ahora conocemos del proyecto. Hacia 2001, más o menos, se reabre la sede de Argentina, se empiezan a hacer libros propios de Argentina, se empiezan a exportar muchos libros de México; empieza esa maquinaria. De esa manera, México y Argentina ya trabajan como una sola editorial, con una misma estructura y una misma dirección.

Lo extraño es que, mientras ellas operaban así (como tú decías, como argentino estás al tanto de México, ubicas el proyecto), la sede de España no pertenecía a esa estructura: iba aparte. Hasta que en 2022, más o menos, pasa algo histórico para la editorial: finalmente las tres sedes se unen en el mismo proyecto, con un mismo director general, que es Carlos Díaz, precisamente quien se encargó de reabrir la sede de Argentina a principios de los 2000.

Entonces, en Siglo XXI España nos encontramos con una editorial que había estado alejada del grupo, en la que los autores principales no habían podido publicarse. Toda la escuela francesa no estaba disponible en España: no estaba Barthes, no estaba Bourdieu, no teníamos a Julia Kristeva. Con Galeano sí se habían llegado a publicar cosas, pero se negociaba como si Siglo XXI fuera una editorial distinta. Había que ponerla a funcionar. Se había convertido en una editorial muy académica. Y el objetivo ahora del proyecto en España es encontrar qué va a ser Siglo XXI España, qué es y qué no es Siglo XXI. Queremos que siga siendo una editorial consecuente con su historia, con el rigor, con sus autores, pero que siempre tenga el desafío de mirar hacia delante: que pueda proponer para la conversación nuevos autores, pero con el mismo espíritu.

Hay una anécdota muy divertida, leyendo las cartas entre Orfila, el fundador de Siglo, y Carlos Fuentes. Cuando fundó Siglo XXI se juntó con sus amigos, y si tus amigos son gente como Carlos Fuentes, pues obviamente tus cartas pasan a ser muy interesantes. Carlos le contaba en una carta: «Oye, mira, estoy aquí en París. A los estudiantes de aquí, de Francia, les gusta mucho un profesor que acaba de llegar, creo que del norte de África. Tiene un libro que acaba de publicar, se llama Vigilar y castigar. A los jóvenes les gusta un montón; a lo mejor os merece la pena hacer un informe de lectura y a lo mejor lo queréis publicar». Y dos años después de que se publicase, Siglo XXI publicó Vigilar y castigar. Es decir, Siglo XXI siempre miró hacia el futuro; no se retrataba en autores antiguos. Entonces se trata de recoger ese espíritu e impulsarlo con nuevos autores, con nuevas temáticas, pero con el mismo espíritu.

Qué interesante pensar en esto que decías de mirar hacia el futuro, porque es cierto, ahora que lo pienso: Siglo XXI logró que muchos de sus libros se vuelvan canónicos, pero no porque haya apelado a cosas que ya eran canónicas. Y en relación con lo que decías sobre la identidad que tenía antes Siglo XXI España, decías que tal vez era excesivamente académica. Entendí bien? A qué te referís con esto?

Igual es verdad que lo académico no se puede dar en exceso, pero sí se puede dar de una manera u otra. Me refiero sobre todo a que era una editorial que no estaba tan presente en las librerías comerciales. Ahora, con Siglo XXI en Argentina pasa que puedes ir a cualquier librería y te encuentras libros de Siglo XXI. Obviamente, si quieres comprar los dos volúmenes de los Escritos de Lacan, igual no te los vas a encontrar en la mesa de novedades de cualquier librería en la que entres, pero sí va a haber novedades. Siempre ubicas cuándo se crea una nueva colección. Hay autores clásicos y hay autores que entran mucho en la conversación. De hecho, hablando de este espíritu de mirar hacia el futuro, creo que un ejemplo clarísimo, casi un Vigilar y castigar moderno, es el de Pablo Stefanoni con La rebeldía se volvió de derecha?, que se publicó justo en un momento en el que no se estaba hablando demasiado de lo que estaba pasando, y que acabó cristalizando en distintos gobiernos en todo el mundo.

Siglo XXI España se había centrado en otro tipo de libro, más dedicado quizá a estudiantes, con perfiles de expertos más vinculados al mundo académico, y se había desdibujado un poco esa imagen más pública, más de librería. Eso también es un reto, porque es muy importante para Siglo XXI España mantener ambas patas. De hecho, también es bonito ver cómo algunos autores que ya estaban vinculados a la editorial en etapas anteriores ahora tienen ganas de hacer otras cosas: a lo mejor sienten que han cumplido cierto ciclo académico y les apetece hacer algo más abierto, o juntar sus temas de especialidad con comentarios más actuales, en algunos casos políticos, que es algo que claramente va en la línea de Siglo. Entonces es eso: volver a poner la conversación. El objetivo es que Siglo XXI sea una editorial que la siga leyendo el estudiante, que la siga leyendo el que se formó con ella quizás en los ochenta, pero que puedas abrir un sábado el suplemento de un periódico grande como El País y te puedas encontrar una nota de un libro, porque sigan siendo temas que no se apagan y que no se quedan en el pasado.

Portada de Las venas abiertas de América Latina
Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano: un ejemplo de circulación de ideas entre generaciones y territorios.

El libro como soporte de ideas en la lucha política

Bien, clarísimo. Cómo ves el mundo editorial en España y su relación con la lucha política? Te hago una breve introducción. Acá en Argentina, desde lo que yo veo, hubo una fuerte vinculación entre una cosa y otra. Obviamente el tiempo del libro es diferente al de la política, al de la actualidad en particular, pero hubo autores promovidos para revisar, por ejemplo, la presentación de la historia que hacía el kirchnerismo y contraponerle una visión más cercana a la teoría de los dos demonios en relación con la dictadura militar y los desaparecidos. Eso ocurrió y antecedió de alguna manera al clima político de hoy. Y estuvo precedido por una fuerte lucha por instalar editorialmente esas ideas, que fue exitosa; de hecho, Ezequiel Saferstein escribió sobre eso. Me interesa entender cómo funciona esa relación en España entre la producción editorial y la lucha política, según tu visión.

Es un tema muy interesante, porque además creo que es una pregunta que se tienen que hacer todas las editoriales que tienen un origen político, un origen progresista; no necesariamente militante en este sentido, pero sí que nacen con una clara vocación. Para mí lo fundamental en esta relación entre el sector editorial y la lucha política es el formato editorial, el formato de libro como soporte de ideas, y qué lo diferencia de otro tipo de soporte. Es decir: qué nos aporta para la lucha política que una idea esté desarrollada en un libro, que ese libro entre en un circuito comercial y que sirva para activar una conversación. Y que ese libro (no sé si pasa en Argentina, pero en España de vez en cuando nos alegran con una imagen así) sea un libro que de repente un diputado saca en el Congreso. Todo eso, qué nos aporta? Y cuál es la diferencia con otros formatos?

Creo que es importante ubicar que en España llevamos muchos años de gobierno de coalición progresista.

Cuántos, más o menos, ya?

Pues son dos legislaturas; unos ocho años, creo, más o menos.

Ocho años de Pedro Sánchez.

Ocho años de Pedro Sánchez, si no me equivoco. Espero no equivocarme. Pero claro, pasa que esto es como el dinosaurio: cuando me desperté, ya estaba ahí (risas). No recuerdo un gobierno que no fuese de Pedro Sánchez. Tengo 27 años; imagínate, ocho años es un montón. No era ni editor, obviamente, cuando empezó esto.

Entonces, que haya un gobierno de coalición progresista también vuelve más o menos oportuno el formato editorial para las ideas. Quizás es más útil para la lucha política un formato que sirva de una manera más directa, por ejemplo el de las redes sociales, el de los contenidos más simplificados, que van un poco más contundentes, porque también tienes que pensar en la cantidad de gente a la que llegas. Un buen libro, una buena idea, llega a una gente siempre más limitada, pero llega de una forma mucho más desarrollada: tiene mucho más poder creador. Y si le llegas a la gente que tiene que pensar las ideas, va a tener un impacto político de mayor escala. Pero a veces a una base militante, o a un gobierno, a un establishment, tampoco le interesa generar esas ideas y esos lugares de discusión, sino que quiere movilizar a una base. En ese sentido siento que el canal editorial no es una buena herramienta para legitimar gobiernos, porque las ideas viajan de una forma más lenta, con más arraigo, pero menos inmediata. Creo que es fundamental ver cómo las ideas se pueden vincular tanto a un formato más rápido, más abierto, que tiene unos beneficios, como a otro más arraigado.

Por ejemplo, creo que es importante pensar en la lucha ideológica que va a haber en España con el posible cambio de ciclo político que va a haber el año que viene. Todas las editoriales, todos los autores van a tener que cambiar su manera de ver lo que les está rodeando, porque de repente va a haber, casi como en LinkedIn cuando te pones open to work (risas), un open to ideas. Vamos a necesitar ideas, vamos a necesitar ideólogos. Y no ideólogos políticos en despachos, asesores, porque esos ahora están en el gobierno, en las estructuras, y con el cambio de gobierno supongo que la mitad se irán fuera de España y la otra mitad se irá a terminar la tesis doctoral; va a haber una especie de diáspora. Y luego va a haber algunos que quieran hacerse civiles y convertir sus ideas y sus experiencias en las ideas que impulsen un poco la política. Entonces creo que la lucha política aplicada al sector editorial se va a notar mucho el año que viene, cuando salgan grandes nombres, muchos nuevos, algunos con una gran experiencia en estos ocho años de gobierno, y empiecen a darnos esos libros de base que luego van a servir para cristalizar quizá en nuevos partidos políticos.

«Y luego va a haber algunos que quieran hacerse civiles y convertir sus ideas y sus experiencias en las ideas que impulsen un poco la política.»

David Andrés

Hay un caso que cuento como anécdota de ese vínculo con la lucha política. Nosotros publicamos el año pasado, más o menos, un libro del filósofo Olúfẹ́mi O. Táíwò sobre políticas de la identidad. Es un libro que nos llegó por un amigo de la editorial, un gran intelectual que es Carlos Corrochano, al que también saludo con mucho cariño. Nos lo recomendó porque era un gran libro y porque en España, fíjate, se había utilizado en los espacios a la izquierda del PSOE para pensar muchas cuestiones que tienen que ver con las políticas de la identidad, pero no estaba traducido. Entonces, cómo es posible que un libro que ha sido tan importante para configurar el marco político de un país no sea accesible para la gente? Y bueno, te das cuenta de que un libro publicado tampoco es lo mismo que un libro leído. Esto es lo que hablábamos: quizá publicar el libro es darle otra velocidad a las ideas. Pero desde luego, para mí el objetivo, de cara al siguiente ciclo político, es dar esas ideas, darles un formato y dar también una excusa a muchos perfiles intelectuales de autores para que tengan algo con lo que batallar, algo con lo que hablar; que el libro les abra la puerta de la legitimación, de poder sentarse en un panel, de poder ir a un medio. Y lo bueno que tiene Siglo con su bagaje es que también te da un prestigio académico e intelectual más clásico.

Nuevas derechas, mercado editorial y límites morales

Estamos por presenciar un momento histórico: David toma mate. Ya lo venía haciendo, pero que lo haga en cámara es toda una declaración de intenciones. Esto está firmando la paz hispano-argentina en este momento. Y mientras, aprovecho para decirte algo de lo que yo percibo. En este tiempo vimos cierta animadversión, que puede ser comprensible, sobre todo por los choques políticos entre el presidente de Argentina y el presidente de España en relación con políticas tan diferentes, por ejemplo en torno a la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán o al conflicto entre Israel y Palestina. Igual fue llamativo ver que en algunos casos (obviamente siempre en las redes) se hiciera cierto paralelismo entre el gobierno de Argentina y las posiciones de toda la gente de Argentina. Esto lo hablamos y nos reíamos un poco. Pero vos lo decías recién: es posible que pronto haya un cambio de signo en España en el mismo sentido, algo que incluya o incluso lidere de alguna manera Vox, que sería la nueva derecha en España. Y en ese sentido te quería preguntar: hay dentro del campo de la oferta editorial una producción de la nueva derecha que sea propia de España, más allá de autores de Estados Unidos o de otros países que estén circulando hoy en día?

Obviamente todos los editores tienen ideología y todas las editoriales, por tanto, tienen ideología. Y luego existen los grupos en los que, como decía un gran personaje de la farándula española, su ideología es el dinero. Esto afecta mucho. Primero creo que hay que hacer un pequeño análisis de cómo funciona la nueva derecha en España y de una diferencia fundamental con lo que puedo ver desde España, con una mirada muy limitada y subjetiva; obviamente no soy un experto en cuestiones políticas. Veo algunos movimientos de nueva derecha en países latinoamericanos (tenemos el caso reciente de De la Espriella, tenemos a Bukele, al propio Milei) que de alguna manera miran mucho hacia el futuro: utilizan nuevas tecnologías, utilizan nuevos canales de comunicación, y parece que tienen cierta connivencia con los tecnoligarcas. En el caso de Milei con aquella famosa criptomoneda hay algo de esto.

La nueva derecha en España es una nueva derecha relativa: es una nueva derecha que ya conocemos y que mira precisamente hacia atrás, hacia un pasado franquista, dictatorial, que no tenemos tan lejos. Franco muere en el 75. Y esta gente no solo estaba viva, sino que algunos ya estaban incluso trabajando, quién sabe si con algún cargo político. Entonces es interesante ver cómo se trabajan los formatos y si a esta nueva derecha le puede funcionar el formato editorial.

Y la realidad es que siento que no es un arma política directa. En España es raro que se publiquen libros en mitad de la vida útil de un político. Cuando pensamos en los últimos grandes libros que han aparecido de políticos, el caso de Pedro Sánchez es un caso especial, porque aparece justo en un momento en el que necesitaba legitimarse políticamente, en un PSOE que se estaba reconfigurando. Me refiero al primer libro, no al segundo, que ya pertenece a otra etapa.

Cómo fueron los libros de él?

El primero, si no me equivoco, era Manual de resistencia. Ahora los confundo, pero eran libros en primera persona, contando su experiencia política. El primero, si no me equivoco, era en el marco de aquellas primarias del PSOE en las que tuvo que ascender en el escalafón del partido para convertirse en secretario general. Y el segundo salió cuando él ya llevaba un tiempo en el poder, y es un poco de experiencias personales. Pero pensemos también que son libros (no es una sorpresa para nadie) en los que el trabajo principal del autor… Cómo decirlo? Quiero decirlo de una manera elegante; no quiero decir que no los han escrito ellos, obviamente (risas).

Bueno, pero no es algo raro.

No es algo raro, pero claramente son libros precocinados. Me refería a esto porque, cuando termina la vida útil del político, es cuando se sienta a escribir y hace una cosa un poquito más personal. Pienso, por ejemplo, en libros como el de Nadia Calviño, que era nuestra ministra de Economía, o en los libros de Mariano Rajoy. No se convierten en una acción política directa.

Ahora bien: donde detecto que el sector editorial está volcando estas ideas más de derechas, que no necesariamente son políticas, es en el libro del famoso, o en el libro del periodista o pseudoperiodista de derechas, muy acelerado. Ahí se empiezan a volcar las ideas que están constantemente en la televisión. Tenemos, por ejemplo, a Ana Rosa Quintana, que es un gran personaje de la farándula periodística; tenemos personajes como Pablo Motos, o como Iker Jiménez. Iker Jiménez es un caso que me encanta, porque el tipo tenía un programa en televisión que era de misterios y apariciones (ha salido una humedad con la cara de Cristo, esas cosas) y en algún momento, no sé en qué momento nos ganaron la batalla cultural, se convirtió en un programa de derechas en el que invitan a militares, a psiquiatras que hablan de que Pedro Sánchez es un psicópata. Una cosa rarísima (risas). Igual que El Hormiguero, que era un programa que yo veía de pequeño, en el que había dos marionetas con forma de hormiga que hablaban entre ellas y hacían bromas, y ahora se ha convertido en un reducto de la derecha y la extrema derecha a un nivel absurdo. Ahí han ido Feijóo, que es el presidente del Partido Popular, y Abascal, que es la cara de la extrema derecha en España. Un delirio absoluto. Ahí siento que obviamente hay editoriales que apuntan hacia ese tipo de públicos, ese tipo de libros, y que ahí sí se permea. Me parece que tiene claramente un impacto y que se están volcando las ideas, pero, insisto, no de manera muy directa: son estos personajes, con su capacidad de penetrar en lo popular, en la gente, los que lo están haciendo.

Obviamente también hay una cosa divertida, muy editorial: los libros de derechas venden más que los libros de izquierdas. Es una gran enseñanza que aprendí hace unos años y que deforma mucho a ciertos sellos. A los independientes no tanto: nadie nace independiente para hacer algo en lo que no cree. Pero se nota mucho en los grandes grupos. Hay sellos dentro de algunos grandes grupos que claramente han cogido una línea editorial clara. Pienso, por ejemplo, en el sello Deusto, de Planeta: económicamente hay una cierta escuela, una cierta manera de entender, se publican muchos autores de derechas. Luego también tienes algo heredado de otras etapas que de repente te descuadra un poco, como en el caso, si no me equivoco, de que Deusto publicaba, no sé si a Sandel o a Piketty, y de repente lo tienes en connivencia con los economistas libertarios españoles. Claramente no encaja esa mezcla. Pero los libros de derechas sí que venden más.

Aunque también movilizan menos, porque no suelen ser pozos de ideas. Los libros de izquierdas venden menos, son más propositivos en muchos casos y dejan ideas que pueden florecer en algo. Los libros de derechas suelen ser mucho más comerciales, venden más, llegan a más gente, pero no van mucho a ningún sitio, porque a veces es un tipo de lector que quiere ver reflejado lo que piensa y decir: «Esto soy yo, literal. Claramente Pedro Sánchez es un comunista loco». No es una lectura formativa; es, de alguna manera, una lectura propagandística. Y esto los grupos lo saben. Cada cuánto puedes tener un libro de un gran ideólogo de izquierdas y cada cuánto puedes tener un libro de un periodista agitador de derechas? Los tiempos son muy distintos. Puedes ir a libro por año de un agitador de derechas y, obviamente, una teoría crítica desarrollada en un libro de ideología más progresista no va a ser tan rápida. Creo que esa es un poco la diferencia y la manera en que se puede vincular la cuestión política con la cuestión editorial.

Hay editoriales que saben que tienen que dirigirse a un público de derechas y editoriales que saben que se dirigen a un público de izquierdas, y esto conforma totalmente su forma de estructurarse, su forma de trabajar y también lo que aspiran a hacer. A lo mejor puede parecer una tontería, pero te diría que hasta los materiales de impresión de un libro son distintos; no por la ideología, sino porque sabes cuántos vas a vender, cómo tienen que distribuirse, a qué lugares tienen que llegar. Hay cadenas de librerías en las que las editoriales que publican libros más hacia la derecha tienen barra libre, venden mucho, y hay cadenas en las que sabes que te vas a dirigir más a un público progresista y que, por lo tanto, hay ciertos libros que no van a entrar. Y esto es alucinante, porque cambia también la manera de hacer la cubierta: cambian las fotografías que utilizas, la tipografía. No hablo necesariamente de que para un libro de derechas pongas una bandera de España en la cubierta, pero sí hay un uso de las tipografías, hay un uso de la tapa dura. Esto es una cosa un poco bruta, pero hay tapas duras un poco de derechas (risas). Y esto pasa: al menos en mis etapas en grupos, cuando eran libros de políticos de izquierdas iban en tapa blanda y cuando eran de políticos de derechas, en tapa dura. Pasa con las novelas también. Lo muy literario va en tapa blanda, como en las editoriales independientes: pensemos en Mariana Enriquez y su libro en Anagrama, o en Ampersand. Ahora no me vienen autores españoles, que igual acá no se entendería el impacto. Y luego los bestsellers se publican para la campaña de Navidad en tapa dura.

Creo que es eso: deforma mucho la manera de editar, se nota y se actúa en consecuencia. Y me parece sano también, porque cada libro cumple una función dentro del ecosistema. La acción editorial no puede ser una acción en la que militar; es una acción para poner a circular las ideas con los límites morales que cada editor se proponga. Yo sé que hay libros que nunca editaría, pero esto no siempre pasa.

Hace poco en España tuvimos un caso que fue un escándalo bastante grande con la editorial Anagrama. Hago un resumen muy rápido: era un caso de hace bastantes años, no sé, diez, quince años quizás, de un padre que mató a sus hijos. Los drogó, los quemó, y los hijos desaparecieron. Los estuvieron buscando varios días hasta que aparecieron los huesos en la finca del padre, porque se estaba separando de la madre y quería, como en el típico caso, hacerle daño.

Ah, real? No era una novela.

Real, no, no. Esto pasó en España. Y hay un periodista que decide hacer una especie de A sangre fría, o de El adversario de Carrère, con este hombre. Empieza a cartearse con el padre que mató a los hijos, que obviamente está en la cárcel, empieza a pedirle una explicación de por qué lo hizo. Y el asesino pasa por todos los estadios: primero le intenta convencer de que él no había sido, de que esto no había sido así. Una cosa muy polémica. Y convierte toda esta experiencia en un libro que publica Anagrama. Se hace una edición no venal para repartir a periodistas, se empiezan a leer esas ediciones y Anagrama, al mes o al mes y medio, tiene que retirar el libro de todos los canales de venta, tiene que pedir perdón y tiene que hacer como que eso nunca pasó, porque de repente estaba legitimando una forma de violencia vicaria. Nadie había preguntado a la madre de los niños para hacer este libro. Este libro le estaba dando voz a un asesino que estaba en la cárcel, que incluso estaba, de alguna manera, justificando sus acciones o presentándose como una persona enferma que no sabía lo que hacía, mientras la madre de esos niños, a quien precisamente querían dañar matándolos, estaba en su casa viendo cómo de repente este asesinato se convertía en algo público, algo de lo que se hablaba, algo que circulaba. Y Anagrama tuvo que retirar el libro. Ese libro habría vendido mucho, seguramente, pero también tienes que tener límites. Me parece que el editor, precisamente dentro de toda la potencia de poner a circular cualquier idea, tiene que saber cuál es el límite moral.

Entiendo. Cuáles son los libros que más marcaron para vos los últimos cinco o diez años del intercambio a nivel político, o incluso sobre la sociedad española, no solo sobre la política? Libros que te hayan llamado la atención, tanto porque te gustaron como porque considerás que tuvieron un impacto más allá de tu propio gusto. Pueden ser españoles o pueden no ser de España pero haber tenido un impacto allá.

Esto me lo tengo que pensar un poco.

Bien, entonces pensalo y luego podemos volver sobre eso.

Dale, dale.

Libros expuestos en una librería de Siglo XXI Editores
El catálogo de Siglo XXI Editores, un proyecto dedicado a la circulación de ideas y al pensamiento crítico.

Lo que viaja y lo que no entre España y América Latina

Mientras te escuchaba pensaba en esto que te decía, porque en Argentina sí hubo, durante el kirchnerismo, mucho debate sobre la historia, sobre los setenta en particular. Libros sobre todo de Juan Bautista «Tata» Yofre, que es una persona de derecha que se dedicó bastante a revisar y documentar determinados puntos de vista; con otro enfoque, pero sobre el mismo tema, Ceferino Reato, también de derecha. Fueron realmente muy vendidos. Y más adelante, ya en la actualidad, el gobierno de Milei estuvo precedido por los libros de Agustín Laje y de Nicolás Márquez sobre esta idea de que la Escuela de Frankfurt y el marxismo occidental se habrían infiltrado en la sociedad argentina y occidental en general. Ellos plantean esto de la batalla cultural, y sus libros tuvieron, antes de que Milei llegara al gobierno, un fuerte posicionamiento en el mercado. Y después incluso el propio Milei, quizás con libros de otro tipo de profundidad (varios fueron acusados de plagio, etcétera). Pero los libros fueron un instrumento, y por eso pensaba si hubo algo así, por ejemplo, con Abascal. Me resulta interesante también porque vos marcabas que esta nueva derecha de Vox no es tan nueva, que de alguna manera busca ir bastante hacia el pasado. De hecho, el libro de Antoni Gutiérrez-Rubí sobre la generación Z habla un poco de esto: de un interés de la generación Z por entender o incluso revalorizar figuras del pasado, como ir a buscar al pasado algo que haga sentido para definir la identidad política hoy en España. Cómo ves el intercambio de ideas a través de la producción editorial entre América Latina y España hoy en día?

Antes de entrar en ello, hay una cosa que me hace mucha gracia de lo que comentabas sobre la derecha que mira hacia atrás. En España hay algo muy curioso. No siento que tengan tanto impacto, para la formación de la derecha, los libros contemporáneos que puede publicar cierto autor con un contenido más teórico-político. Pero si hay un tipo de libro que le gusta mucho a la nueva derecha de Vox, son los libros de historia. La historia les encanta: los perfiles de historiador, arrastrar toda esta cuestión de la leyenda negra de la historiografía inglesa sobre España, arrojar luz sobre momentos que se consideran polémicos, recoger figuras como la de Blas de Lezo, un militar que defendió las colonias españolas de los ingleses durante la época de expansión del imperio. Eso lo disfrutan mucho. No sé si Abascal suele recomendar libros, porque de hecho es algo que la derecha critica mucho a la izquierda. Pedro Sánchez tiene de vez en cuando una sección dentro de la página web de La Moncloa en la que recomienda libros, música y demás, y la derecha esto lo odia: «Tienes que gobernar, qué haces recomendando libros?».

Me imagino. Hace poco Pedro Sánchez tuvo todo un tema por recomendar una playlist: era claramente un contenido grabado de antemano, pero salió en el momento de la crisis en Ceuta y se prestó a una discusión fuerte.

Totalmente. Veo que en esta gente hay también un pensamiento muy de derechas, el de la hiperprofesionalización de la política, en el sentido de que el político tiene que ser un ser completamente esterilizado, que no se vincule con lo popular, que no hable, que no recomiende, que no opine. Una cosa que le encanta a la derecha en España es sacar fotos de políticos de izquierda haciendo cosas de persona normal y decir: «Esto es una vergüenza». De repente encuentras a uno que está de vacaciones en algún sitio. Me acuerdo de que criticaron mucho al ministro de Transportes porque estaba jugando al golf en sus vacaciones. Digo: bueno, sí, igual es medio kitsch jugar al golf, pero no es algo tan grave. Y a Pedro Sánchez lo odian; esta cuestión la odian.

Sobre los vínculos entre América Latina y España: es curioso. Primero, porque el sector editorial, al menos en España (hablo desde la experiencia española), en los últimos quince años dejó de ser capaz, en mi opinión, de producir ideas de masas. Los libros ya no se publican tanto con esta idea de que se va a dar un gran bombazo, una idea que revolucione, una idea que te permita vender decenas de miles de ejemplares, sino que se funciona con otra dinámica de mercado distinta, que es la atomización, incluso la hiperatomización de los públicos. Cómo se traduce esto? Pasamos de tener dos grandes grupos editoriales, fuera de los cuales no había mucho…

Cuáles eran esos dos grupos principales en España?

Penguin Random House (aunque Penguin Random House es de Estados Unidos, de Inglaterra, pero los dueños son alemanes) y Planeta, que sí es española. De hecho, en esa época todo el peso estaba en la ciudad de Barcelona, que era donde estaba toda la carga literaria. Luego también tendríamos el grupo Anaya, que es como la tercera pata, pero siempre se desdibuja mucho, porque los tamaños son muy distintos. Entonces tenemos los grandes grupos, y las editoriales que van despuntando acaban siendo absorbidas por alguno de los dos. Tenemos compras como la de Penguin, que compró Alfaguara y todo lo que estaba metido ahí, por ejemplo Taurus; todo esto se fue absorbiendo, igual que con Planeta. Pero en estos últimos quince años aparecen alrededor muchas editoriales pequeñas que ya no necesitan hacer tiradas de miles de ejemplares, sino que a lo mejor pueden hacer 800, dirigirse a un público muy concreto, vender esos libros e ir manteniéndose poco a poco. También se empiezan a facilitar cuestiones de distribución, cuestiones logísticas; se democratiza un poco el acceso. Y hay muchas editoriales en España que son hijas de esa época de apertura y que son muy importantes tanto en ficción como en no ficción. Pienso en la propia Altamarea, que comentabas, o en Libros del K.O., en Tránsito, en Páginas de Espuma, que es un poco anterior. Entonces, que no exista esa capacidad de crear grandes ideas de masas creo que también afecta a la manera en que pueden viajar los libros y las ideas de los libros entre ambos mercados.

«Entonces, que no exista esa capacidad de crear grandes ideas de masas creo que también afecta a la manera en que pueden viajar los libros y las ideas de los libros entre ambos mercados.»

David Andrés

Nosotros nos damos cuenta, cuando tenemos que vincular las sedes de España, México y Argentina, de que no todos los libros pueden viajar. En un mundo ideal, de repente todos los libros se podrían editar en todos nuestros países y las ideas circularían. Pero si pierdes lo concreto y sales de la conversación concreta de tu país… Por ejemplo, en este viaje a Buenos Aires estoy descubriendo el peronismo, y de hecho me estoy obsesionando con Menem, que me parece una figura tremenda, casi sobre todo por lo estético, y a partir de ahí estoy leyendo.

Te recomiendo que veas la serie.

Tengo que verla. Intenté verla, pero por desgracia no estaba en Netflix; ya no sé dónde está.

Está en Amazon Prime Video. Es muy cortita; obviamente no te da toda la profundidad que te gustaría si querés hipercomplejizar, pero como primer pantallazo es muy buena: de radiografía, de ritmo, y estéticamente también grafica mucho. El actor que representa a Menem, Leonardo Sbaraglia, hace un gran papel. Te la recomiendo mucho.

Pues cuenta con que me la voy a ver, espero que antes de marcharme de Buenos Aires, porque también me sirve para entender el momento político. Me parece muy interesante. Bueno, igual nos estamos yendo del tema…

Pero la dinámica de esto es ir por donde queramos (risas).

Pero mira, eso es un caso. Vamos con Menem, vamos a articularlo en este discurso. A mí me parece una figura interesantísima, y creo que si me tomo un café con cualquier persona más o menos del entorno del lector de Siglo XXI en España que no conozca a Menem, y le pongo una foto encima de la mesa y le cuento dos titulares, va a decir: «Me encanta, cuéntame más». Va a querer saber. Y digo: bueno, pues entonces deberíamos editar en España este libro que publicó Siglo XXI en 2021, Qué hacemos con Menem?, que era una coedición con la revista Panamá, si no recuerdo mal, con varios artículos de periodistas y especialistas hablando de la cuestión. Y lo más probable es que, por desgracia, si llevamos eso a España, no se entendería.

No se va a entender.

No se va a entender, porque por desgracia no tienes esos tres minutos para explicárselo a alguien, y un periodista o un divulgador cultural siempre va a priorizar lo nacional. Otro caso de algo que no viaja bien y que me encantaría es la obra de Beatriz Sarlo. El libro que tiene de historia de la literatura argentina es fantástico, es tremendo. Recuerdo esas lecciones sobre Roberto Arlt, que son maravillosas, y me imagino a todos los estudiantes de Literatura Comparada y de Filología Hispánica en España leyendo esto y disfrutándolo. Pero no es fácil, porque tienes que llegar a ellos y tienes que invertir unos recursos que, cuando son ideas que no están en el cultivo nacional, dependen casi de la buena voluntad de un periodista al que le haga gracia el tema. Es invertir muchas horas, trabajo de mucha gente, muchos recursos en cosas que no siempre van a funcionar. Entonces tiendes a priorizar siempre lo local.

Lo cual no quita (y creo que esta es la virtud; hay pocas editoriales que puedan hacer esto, y Siglo XXI creo que es muy privilegiada) que existan ciertos autores, ciertos perfiles que atraviesan todo, con más intensidad en un país que en otro, pero lo atraviesan.

Este libro de Pablo Stefanoni que comentabas tuvo hasta traducción al francés.

El caso de Pablo es fantástico y se ve claramente. Es un autor que además vive en Francia, y ha sido un libro que ha ido muy bien en México, en Argentina, en España y en todos los países en los que ha estado distribuido, aunque no hubiese sede de la editorial. De hecho, ahora ha salido su último libro, Un fantasma recorre el mundo, que también está yendo bien: él ya se ha forjado este perfil como autor, como especialista, y justamente es un libro que sale a la vez en los tres países. Otros autores, como Steven Forti con Extrema derecha 2.0, un libro que fue muy bien en España y se reeditó en Argentina, incluso con una revisión: se crearon nuevos materiales, se adaptaron. Tenemos la suerte de que existen autores contemporáneos que atraviesan, y también clásicos. De los clásicos, el caso que más me gusta y que siempre cito es el de Barthes. En España, Fragmentos de un discurso amoroso llevaba como quince años sin publicarse, estaba hiperdescatalogado, y de repente lo reeditamos cuando ya se unificaban las tres casas y se liberaron los derechos, porque los tenía Siglo XXI México. Y se convirtió en el libro más vendido de la editorial, por un montón.

Impresionante.

Explotó gracias a este podcast, Punzadas Sonoras, gracias a que había una nueva generación que necesitaba esas herramientas. Y de repente nos dimos cuenta, nos acordamos de que Siglo siempre fue eso: daba herramientas a los estudiantes, daba herramientas a la gente que pensaba. Y funciona.

Entonces el vínculo no es tan evidente, y es muy fácil querer forzar estas implantaciones de ideas en un país y en otro y luego decepcionarte. A mí me pasa mucho con algunos autores de Siglo XXI España, como en el caso de Iago Moreno del que hablamos: muchos están vinculados a Argentina o a países de Latinoamérica por su trayectoria política, por sus intereses. Entonces a veces un autor español, que va a tratar un tema del debate político público en España, me dice: «Voy a hacer este libro y voy a meter este capítulo sobre Milei, porque así le va a interesar a los de Siglo XXI Argentina». Y es como: no, realmente no, no necesariamente. Tú tienes que pensar el mejor libro en tu contexto.

Sí, porque aparte, a una persona de Argentina quizás lo que le puedas decir puede resultarle ya demasiado familiar.

Hasta puede ser insultante, que vengan a explicarte nada. La verdad es que hay que ser cuidadoso con eso. No me parece que todos los libros tengan que estar en todos los lugares, en todas las conversaciones. Y cuando se tienen que generar autores que atraviesen tanto el imaginario político español como el latinoamericano, creo que tiene más sentido generarlo desde abajo: hacer una producción coherente con tu entorno político, inmediato, social, y cuando veas que eso va generando conversación, ir empujándolo, ir dándole herramientas para que crezca y acabe siendo transversal. Fue el caso de Pablo Stefanoni o de Steven Forti, y originalmente el del propio Eduardo Galeano: autores que llegan. Pero es muy difícil intentar generar conversaciones directamente a ambos lados del océano sabiendo que, invirtiendo tanto tiempo y tantos recursos, lo vas a conseguir. Es imposible; no tienes ese control. Editorialmente es muy difícil activar una conversación así.

Editar en la era de TikTok

Interesante. Y ya te acercaste, David, a un tema que me interesa mucho: cómo se relaciona, cómo se hace la producción editorial en la era de TikTok.

Esto es un gran tema, muy interesante, y es un tema que levanta muchos sentimientos: puede levantar nostalgia, puede levantar pesimismo y también cierto optimismo. Yo creo que el titular, qué pasa con la edición en el tiempo de TikTok, es simplemente que hay que revisar los formatos. Ha habido una deformación del formato libro. De diez años a hoy han aparecido muchísimas colecciones de libro breve, en formato A6, cuadernitos de no más de 90 o 110 páginas, que siempre son de no ficción (ojo, esto es interesante) y que siempre tratan temas más bien contemporáneos o políticos. Tenemos muchos ejemplos: la colección de los cuadernitos de Anagrama, con varios autores; la de Debate, esta que tiene cuatro cuadros de colores, con muchos periodistas, como ideas para desarrollar mientras meriendas. Para mí esto es una consecuencia de la manera en la que estamos reteniendo la información y de cómo nos estamos relacionando con la atomización de los 30 segundos y el formato vertical. Cada vez es más difícil publicar libros largos.

Y aquí hay otro tema importante: la era de TikTok también implica la era de estar hiperacelerado constantemente, de tener que dar más información de la que puedes cuidar; esa constante de alimentar, alimentar, alimentar. Y la verdad es que ya no solo es cómo leemos, sino cómo escribimos. Los autores a veces tampoco tienen la capacidad de desarrollar ideas en un largo recorrido, porque tienen que seguir trabajando. A los que se dedican a la producción cultural les resulta muy difícil tomar una buena idea que tengan, nutrirla y darle recorrido durante meses, incluso años, para crear un gran libro que lo atraviese todo y que aborde todas las complejidades. Por qué? Porque ese autor vive de sus ideas. Entonces, si tiene una idea, le conviene cuidarla, darle un cierto recorrido y echarla a la conversación pública. Quién se puede permitir estar incubando dos años una idea para hacer un libro de 400 páginas, cuando, si tienes una buena idea, puedes hacer un librito de cien que te puede publicar desde una editorial independiente hasta un gran grupo, y que te va a permitir estar en los mismos espacios de discusión, ir a las mismas entrevistas, tener la misma repercusión, estar en los mismos paneles, pero con un libro mucho más breve? Para mí esto es lo que ha condicionado completamente la producción editorial.

Y luego creo que TikTok también ha evitado que exista cierta tendencia editorial, sobre todo con lo que hablábamos de las nuevas derechas, de estas juventudes que buscan estos estímulos. Porque muchos de estos contenidos que podrían ser libros ya están siendo canales de streaming, clips en TikTok, titulares, tuits que se citan. Entonces esas ideas tampoco están cristalizando en un aparato teórico: no las estamos plantando para que surja nada, sino que se está utilizando toda esa rapidez de TikTok para agitar. Creo que eso también ha hecho una especie de cordón sanitario para que ciertas ideas no lleguen, porque me parece que el formato libro es precisamente un formato al que ciertas juventudes o cierta formación política no quieren entrar; tampoco les interesa. De hecho, si te das cuenta, hay algo muy antisistema en estos autores: cuando escriben un libro, lo autopublican.

Un ejemplo?

Por ejemplo… este, cómo se llama? Espérate, tengo que revisar.

No, no hay problema.

Se me ocurren los de tipo autoayuda y cosas así. Pero mira, por ejemplo: hay un tipo muy conocido en España que se dedica a hacer contenido sobre oratoria. Empezaba y te explicaba cómo había que hablar bien, y resulta que al final acabó siendo un influencer afín a la derecha que de repente hace una entrevista con Espinosa de los Monteros, uno de los fundadores de Vox, para hablar de cómo tener buena oratoria. Bueno, no estás hablando de cómo tener buena oratoria, estás hablando de cómo comunicar como un franquista. Pero vale, allá tú. Y este, por ejemplo, es una persona que no quiere entrar en el sistema. No quieren tener una editorial, no quieren estar dentro de esto, sino que simplemente quieren que su idea llegue y que les genere un cierto beneficio económico. No quieren entrar en el sistema porque ellos entran de otra manera: tienen sus canales de streaming, tienen sus redes sociales. No lo necesitan; ellos son el medio para llegar directamente.

Claro: un autor, cuando publica un libro, está aceptando que de cada ejemplar que se venda va a llevarse un 10%, porque el resto, el 90% del valor del libro, se va en profesionalizar su distribución, su proceso de creación y su venta. Eso lo acepta porque quiere entrar, porque tiene que legitimarse, por el prestigio. Pensemos en una editorial como Siglo XXI: precisamente es eso, estás entrando en un bagaje de sesenta años. Obviamente hay un hilito que puede conectar tu libro y tu producción como autor de la editorial con, no sé, Galeano. Eso está ahí. Pero ellos no lo necesitan: ellos son el medio, son figuras públicas. De hecho, les restaría. Una vez tuve un caso de trabajo con un perfil así, muy mediático, muy de redes sociales, de temas de autoconocimiento y demás. Hablábamos un día de hacer otro libro y me planteó sus condiciones económicas, que eran desorbitadas para el histórico de ventas que tenía. Me dijo algo así como: «Si no, me lo hago yo, lo vendo yo en mi página web y ya está, y me olvido de vosotros. Ya me conocen; da igual lo que hagáis vosotros, estáis vendiendo a mi público. No necesito llegar a librería, solo necesito que el ejemplar esté en Amazon, porque mi público compra en Amazon». Era así de sencillo.

Claro. Entonces sí deforma muchísimo esto de la era de TikTok la producción editorial. Pero también hay un rol de algunos que pueden ser influencers de libros en TikTok. Incluso en un momento se vio claramente, y creo que todos podemos, o por lo menos yo, formar parte a veces de eso: subir un libro a Instagram de repente te sube el valor para ciertas cosas. Es como que el rol del libro, como vos decís, cambió, cambian los formatos y todo, pero también hay algunas comunidades y creadores de contenido o influencers que pueden hacer la diferencia, a los que les interesa el libro, ese talismán de alguna manera, para proyectar no solo su propio prestigio, sino también una idea que quieren que se desarrolle en el campo de la conversación.

Totalmente. Se nota muchísimo cómo el valor cultural de la lectura está influyendo en algunas comunidades dentro de las redes sociales. Es eso de lo que ahora se habla mucho (no sé si ha llegado la discusión a Argentina, pero en España estamos hablando mucho) del hombre performativo: este hombre que va con una bolsa de tela, que toma té matcha, que está con un libro en el metro, en el autobús (risas), y da igual, no sabe lo que está leyendo. A mí me pasó una cosa muy divertida. Estuve hace un par de años con unas amigas en un festival en Portugal que se llama Paredes de Coura. Es un festival de música muy bonito, porque se hace en un río y acampas allí, todo perfecto. Y va un tipo de perfil joven, moderno, muy sofisticado, como un hipster progresista, digamos.

Sí, como un hipster progresista.

Lo normal era que por la noche ibas a los conciertos y por las mañanas te ibas al río a leer o lo que sea. Eran tres días, y el primer día y el último la mayoría de los chicos estaban allí sentaditos en el río, y te dabas cuenta de que estaban con el mismo libro y en las mismas páginas. No habían tocado el libro: simplemente estaban posando, a ver si alguien les hacía caso. Y esto me hizo mucha gracia, porque yo me lo tomé en serio: iba al río y me estaba leyendo un libro de Edgardo Castro, gran especialista en Foucault, una introducción a Foucault que estábamos por publicar en España. Entonces mis amigas me decían: «Qué vergüenza, eres el único que se está leyendo el libro». Era el friki del río. Pero es esto: el valor de la lectura en las redes sociales. La lectura no va a ser el tema que más mueva, obvio, siempre va a ser más limitado, pero parece que es el que puede aportar ese capital cultural.

Y para mí también es muy significativo cómo esos influencers buenos, entre comillas (voy a decir aquellos que podemos consumir, aquellos que nos pueden interesar), también tienen cierto interés editorial. Ellos sí acaban publicando con editoriales, algunas independientes, algunas de grandes grupos: se mueven en ambas plataformas. Un influencer o tiktoker antisistema difícilmente va a manejar ambos lenguajes. Y a veces parece muy sano cuando esos influencers que se dedican a cuestiones más políticas (no en el sentido partidista, sino más sociales, más realistas, de alguna manera progresistas) acaban publicando, incluso haciendo cosas de ficción: les interesa la escritura como un formato válido para ellos. Entonces sí es interesante cómo existen esos formatos en estas comunidades.

Por qué el libro no va a morir

Pero es que leer sigue teniendo este prestigio, aunque digan lo de las redes sociales y todo. Hay una discusión histórica que siempre se ha tenido sobre la muerte del libro. Parece que el libro lleva muriendo desde el siglo XV, igual: iba a morir con la imprenta, iba a morir con la aparición de internet, iba a morir con el ebook, iba a morir con la crisis del papel que hubo hace unos años, cuando empezó la guerra de Ucrania; parece que va a morir con las nuevas regulaciones de la Unión Europea por los certificados. Constantemente una muerte. Y la verdad es que nunca va a morir, por lo que aporta, por lo que da. Y justamente en este momento TikTok del que hablábamos antes, en el que la retención de atención son 15 segundos en un formato vertical y no vas a procesar mucho la idea, quizás el libro se está convirtiendo en el único espacio físico en el que puedes volcarte y desarrollar una idea. No hay gente que piense mirando a una pared en blanco: parece que cuando estás reflexionando siempre tienes que tener algo enfrente, y en muchos casos lo único que vas a poder tener es un libro, porque es ese espacio en el que no hay otra cosa que te pueda distraer. Seguramente los márgenes de los libros sean los lugares en los que hemos desarrollado las ideas de manera más eficaz en los últimos treinta años.

Sí. Y además, más allá de que obviamente el ebook puede ser muy útil y todo, en mi experiencia vital, más allá de las reuniones de trabajo con gente, presenciales o viajando para encontrarme con alguien, la mayor parte del tiempo la paso frente a una computadora. Y la realidad es que tengo mil libros, habré leído doscientos, y la mayoría no los leí, pero tenerlos, olerlos, saber dónde están, saber que puedo recurrir a ellos, eso ya les da un espesor. Es como que sube el volumen visual, incluso interactivo, porque uno los puede tomar y revisar, lo que no es posible en un mundo plano de puras pantallas, de leer en el celu, en el Kindle, en la computadora. Es otra relación. Y el libro en sí mismo, incluso si no lo leés, es una obra de arte. Esa es la visión que yo tengo: el diseño, el papel, lo que vos decías de la tipografía, todo eso le da un alma a ese objeto, que lo hace un potente instrumento de cultura.

Sí. Hay una cosa muy divertida en esto que cuentas; estoy pensando ahora: no nos lo pueden quitar. No nos van a quitar el libro, por una cuestión igual un poco triste, pero realista: por el impacto económico que tiene el sector editorial a nivel mundial. Es un sector que no mueve mucho dinero, entonces no merece la pena quitárnoslo. Porque esto que hablabas de la importancia de mantener el archivo, de mantener tus libros, de tocarlos y tenerlos, es una discusión que se está teniendo ahora en paralelo en otro sector que mueve muchísimo más dinero, infinitamente más: el del videojuego, con esta idea de que se están muriendo los formatos físicos. Las grandes empresas están dejando de vender los discos, y ya no estás comprando un disco que tienes en tu casa, que es tuyo, sino una licencia de acceso a ese videojuego. Eso implica que si ahora coges un disco de un juego comprado en los noventa y lo pones en tu consola, funciona, pero si intentas acceder a la licencia de un juego que compraste en 2010 y la empresa ya no da servicio, no tienes acceso a él. Y esto pasa por los intereses económicos, obviamente.

De hecho, no sé si estás al día, pero es una noticia muy interesante: hay una gran polémica porque ha habido un secuestro del Grand Theft Auto 6, el GTA 6. Hay un hacker que lo tiene entero y está negociando con la empresa como si fuesen terroristas: si no sacan el juego también en formato disco, lo van a desvelar. Es como una crisis montada, como si hubiesen secuestrado a alguien y le fuesen cortando los dedos y mandando cachitos (risas). El hacker que lo tiene cada día hace encuestas de qué queréis que os mande, y la gente dice «queremos un vídeo de un coche andando por la carretera de noche», y lo va subiendo, forzando. Es una historia tremenda. Pero es esto: para evitar la muerte del formato físico, que es la muerte de la propiedad real de las cosas.

Y de hecho hay debate sobre si tendría sentido que existiese el Netflix de libros. Ya existen ciertas suscripciones en formato digital, pero he llegado a escuchar estos formatos en físico. En España existía una cosa que era Círculo de Lectores: te llegaba un catálogo cada cierto tiempo, pedías ciertos libros, los comprabas y te llegaban a casa. Y si eso se hiciese como una especie de préstamo, una especie de biblioteca en la que tuvieses un pase y pudieses tener los libros en tu casa un tiempo? Pero al final no funciona, porque el libro te da una soberanía sobre el conocimiento: te da la soberanía de la propiedad, siempre va a ser tuyo. Ni siquiera está muy claro que el ebook vaya a ser siempre tuyo. Entonces creo que, aparte de toda esta obra de arte, el libro te da esa capacidad: el libro va a ser tuyo siempre, y eso ya no pasa con el resto de la cultura. No pasa con las películas, está dejando de pasar con los videojuegos. Qué queda? El formato que se puede poseer está muriendo.

Las lecturas de un editor

Muy interesante esto de los videojuegos, que es algo que me es ajeno, porque conozco muy poco del tema. David, te quiero preguntar: fuera ya de este tema que estuvimos hablando, qué libros, qué autores, a nivel individual, personal, son los que más te marcaron o te impactaron en tu vida, o en el último tiempo, o un poco las dos cosas? Para conocerte un poco mejor.

Mira, hay un autor al que le tengo muchísimo cariño, que es David Lodge. David Lodge es conocido por hacer novelas de campus; es un autor inglés y hace novelas de campus con mucho humor, ambientadas en los sesenta y setenta. El tipo te cuenta el día a día de las universidades, de los profesores, pero le da mucho humor. Por ejemplo, cuenta un intercambio de profesores entre una universidad hiperburocrática de Londres y una universidad de California a finales de los sesenta. Entonces el inglés burocrático de la administración acaba fumando en el campus de California, y el de California, que es un profesor conocido, que va a la televisión, de temas científicos, acaba muerto del asco en una casa unifamiliar con el cielo encapotado en Londres. Ese libro me hace mucha gracia porque, cuando yo entré a trabajar en Siglo XXI en España (estuve dos etapas, primero como editor y luego como director), cuando entraba como editor y tenía todos esos contactos por hacer con los autores, con los profesores universitarios y demás, yo les escribía y me sentía como un personaje de Lodge: «Seguro que me va a pasar algo increíble ahora y vamos a acabar yéndonos de viaje a un congreso». Ese me hace mucha gracia; creo que es muy bueno.

Otro libro que creo que es fundamental para la labor editorial y para lo que comentábamos del vínculo entre la lucha política y la edición es Senior Service, de Carlo Feltrinelli, el hijo de Giangiacomo Feltrinelli, el fundador de Feltrinelli. Tiene una historia tremenda, porque él venía de una de las familias más ricas del norte de Italia. Acaba militando muy fuertemente en el Partido Comunista, acaba siendo un apoyo económico importante. Funda la editorial Feltrinelli, que se dedica a publicar libros teóricos de la época, marxistas y demás, pero también libros que venían, en algunos casos, de Rusia. Es la primera editorial que publica Doctor Zhivago, por ejemplo, con una historia tremenda de cómo sacaron ese libro de la Unión Soviética. Es una historia que da para un libro, de hecho. Y el tipo, siendo millonario, siendo posiblemente uno de los tres editores más importantes de Italia de los años setenta, muere poniendo una bomba en un tendido eléctrico, haciendo una acción terrorista del partido.

Esto es impresionante.

Es impresionante. Del vínculo entre lucha política y edición, quizá Feltrinelli es el ejemplo que mejor lo simboliza. El hijo cuenta la historia de su padre, que es una historia compleja: el hijo rebelde de una familia muy poderosa, muy aristocrática, que acaba financiando la lucha comunista en Italia y muriendo en un atentado. Una cosa tremenda.

Y luego, inevitablemente, tengo que decir también Javier Pradera, que fue uno de los fundadores vinculados con Siglo XXI, y también con el diario El País. Hay un libro muy bueno que se publicó en Trama Editorial, que está especializada en libros sobre edición, que es una selección de sus cartas. Ahí puedes ver al Javier Pradera periodista, al Javier Pradera editor, al Javier Pradera amigo, y te da una idea de cómo se generan espacios de discusión, espacios de ideas. Es muy inspirador. Además tiene un prólogo de Miguel Aguilar, que es un gran editor, director de Taurus y Debate en España, así que es un libro que cierra muy bien. Creo que estas son tres referencias que encajan. También te podría decir Cortázar y Bolaño, pero tienen menos mística (risas).

Bueno, muchísimas gracias, David. Espero que la hayas pasado bien. Yo la pasé muy bien y además aprendí muchísimo.

Muchas gracias.

Que tengas una buena estadía en lo que queda y un buen regreso. Ha sido un placer tenerte.


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