No hay ninguna operación «anti-Argentina»

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Por Lucas Malaspina

La percepción tiene sus propias reglas: por qué la acusación de «el robo de Argentina» no necesitó una mesa de coordinación para explotar. 

Primero circuló una denuncia viral sobre que la agencia basada en Madrid PR360 Sports, que habría pagado a cuentas para instalar un relato contra Argentina. La agencia de verificación de noticias Chequeado revisó el caso y concluyó que no hay pruebas de que esa agencia haya promovido una campaña paga contra la Selección en el Mundial 2026. Incluso encontró indicios de que la captura del mail podía estar hecha con IA y de que varias de las cuentas que la difundían eran paródicas. La última palabra la tienen los expertos en informática forense. 

Con la idea de una «campaña anti Argentina» en el Mundial conviene tener cuidado por los dos lados. Si la imaginamos como una conspiración, con una mesa global y una orden bajada desde arriba, deliramos (es tan ridícula como la idea de que se puede dar vuelta un partido en 10 minutos por orden de la FIFA, sin que haya habido intervención del árbitro). Pero si la descartamos de un plumazo, nos perdemos lo importante: la ola de hostilidad internacional contra la Selección albiceleste no brotó de un repollo.

Mi hipótesis es esa: se trata de una confluencia de narrativas. Públicos con motivaciones diferentes e incluso opuestas descubrieron que podían decir lo mismo -«a Argentina la ayudan»- para descargar agravios que no tienen nada que ver entre sí. Aunque no haya una conspiración puede haber campaña(s) narrativa(s), simplemente alcanza con que muchos encuentren, cada uno por su lado, una frase en común. Se armó, en contra de mi país, una tormenta perfecta. La pregunta es por qué ese relato fue/es tan fácil de instalar.

Messi ganó todo (y ya es un problema)

Hasta Qatar 2022, si bien hubo críticos de la victoria de Argentina, la selección de Lionel Scaloni era vista en gran parte como David contra Goliat. Todos empatizaban con un un Messi al que no se le daba ganar con su Selección. El partido contra Egipto invirtió los roles.

La predisposición más masiva es futbolística, pero no se agota en el fútbol. La rivalidad Messi–Cristiano hace rato que dejó de ordenar solo gustos deportivos: también ordena estilos de identificación cultural. Como lo comenté acá, un estudio de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, basado en más de diez mil encuestados de veintiséis países, encontró una asociación consistente: las personas más liberales tendían a preferir a Messi, y las más conservadoras, a Cristiano Ronaldo. El hallazgo no dice que todos los fans de Cristiano sean conservadores ni que todos los de Messi sean progresistas: dice otra cosa, más fina. Messi quedó ligado a una imagen silenciosa, colectiva, orientada al equipo. Cristiano, a una estética de ambición individual, disciplina y autosuperación.

La consecuencia es previsible. Para una parte del fandom global de Cristiano, la consagración definitiva de Messi en 2022 fue una daga. Desde entonces, cada penal, cada intervención del VAR, cada partido cerrado de Argentina se puede leer como confirmación de una sospecha anterior: «a Messi lo quieren coronar» (no se entiende, si fuera así, porque se acordaron tan tarde… aunque por supuesto, Messi es una llave comercial de alto impacto en muchísimos mercados, como la India o China). Muchas veces la discusión arbitral casi nunca empieza en la jugada, sino en el sesgo emocional acumulado que la jugada apenas activa.

Argentina ya no es solo Messi: también es Milei, Trump e Israel

Pero esa base, por masiva que sea, solo alcanza a quienes tienen algo en juego con Messi. A los que se suman sin ninguna deuda futbolística los explica otra cosa: la política. Argentina no llega a este Mundial como una selección simbólicamente neutral, sino con un presidente hiperinternacionalizado, asociado al universo Trump, a la derecha libertaria, al anticomunismo global y a una política exterior fuertemente alineada con Israel.

Milei reforzó esa orientación cuando llamó a América Latina a ubicarse «del lado correcto». Ese alineamiento no se queda en la política exterior. En el clima internacional actual, atravesado por Palestina y Medio Oriente, y con un Israel tan aislado que ahora hasta tiene problemas con Estados Unidos, se proyecta negativamente sobre la marca país.

Para buena parte de la izquierda latinoamericana, del progresismo europeo y de los públicos movilizados por Palestina, incluyendo al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani (referente de los demócratas socialistas), Argentina ya no es solamente la Selección de Messi, es también el país de Milei, de la foto con Trump, del giro pro-Israel y de la ideología libertaria, mientras que su antagonista Kylian Mbappé se opone a la nueva derecha de Francia y a los planteos anti-inmigratorios. Mención aparte merece el fenómeno de Mbappé, a quienes las redes sociales glorifican con memes, edits y TikToks hechos con IA como «Kylian dictador» (de manera positiva), destacando sus rasgos de líder implacable dentro y fuera del campo de juego. Mbappé acaba de ser apoyado por Jean-Luc Mélenchon (presidenciable de la izquierda radical francesa) en su polémica contra la diputada de Paraguay, y que tiene todo para convertirse en el favorito de una África que vive una revolución psicológica y sociológica a nivel futbolístico, pero que no tiene representantes en semifinales. Es imposible no ver que la imagen de «Kylian dictador» gratificado como un militar de alto rango guarda fuertes semejas con Ibrahim Traoré (presidente nacionalista de izquierda de Burkina Faso y contrario al «imperialismo» francés), de 37 años, al que gran parte de África mira con simpatía.

Nada de esto implica que quien critica un penal esté haciendo un razonamiento político explícito. Pero las narrativas funcionan conectando climas. Cuando un país se vuelve signo de una orientación política internacional, cualquier polémica deportiva puede ser reinterpretada como parte de una pelea mayor. Mientras terminaba de escribir este artículo, el mandatario de Israel, Benjamin Netanyahu, confirmaba este punto de vista, al afirmar en un podcast que apoya a Argentina en el Mundial por su cercanía con Milei (y el alcalde la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, le respondió a Mamdani).

Egipto no era un rival cualquiera

Ese rechazo político, sin embargo, sigue siendo el de un sector identificable: la izquierda, el progresismo, los públicos movilizados por Palestina. El partido contra Egipto amplió el círculo mucho más allá de eso. Egipto conecta con el mundo árabe, con África, con su estrella Salah, con Palestina, con el Sur global y con una sospecha de larga data frente al poder futbolístico internacional. Cuando aparece la denuncia de «robo», no se percibe solo como una discusión reglamentaria. Se puede leer como un episodio más de injusticia global. Y ahí es muy fácil que comunidades que no seguían a Argentina se sumen igual al agravio. Recordemos que el trato sufrido por el plantel iraní en territorio estadounidense ya venía generando malestar (Irán tuvo un gol anulado en el minuto 93 extrañamente ante Egipto, paradójicamente, lo que le impidió pasar a 16avos). 

El 3 a 2 dejó material para la controversia: un gol anulado a Mostafa Zico (correctamente en los términos del “fútbol moderno”) y una jugada sobre Mohamed Salah previa al gol argentino (aunque no reclamó falta en el momento). La FIFA, por medio del italiano Pierluigi Collina, defendió al equipo arbitral y rechazó las acusaciones de sesgo. Nada de esto prueba que Argentina haya sido favorecida; es una controversia, no un veredicto. Pero en redes (y en la vida en general) la defensa institucional no siempre desactiva la sospecha; a veces la refuerza. Para quien ya cree que la FIFA opera políticamente, que la FIFA salga a explicar por qué todo estuvo bien puede sonar a parte del encubrimiento.

Gianni Infantino hasta hace poco podía verse como un simpático “presidente del mundo” que logró el Mundial más multicultural y masivo del mundo. Pero algo se rompió hace una semana y la FIFA ya no llega a esta discusión con capital de confianza. Llega con décadas de sospechas, decisiones opacas y arbitrajes que nadie olvidó. El caso Balogun agravó el clima justo antes. Donald Trump admitió que le pidió a Gianni Infantino revisar la roja al delantero estadounidense Folarin Balogun (no valoró la discreción evidentemente), y el episodio abrió críticas por una posible interferencia política en decisiones disciplinarias del organismo, con la UEFA saliendo a oponerse a la decisión del Comité Disciplinar de la federación internacional (y la Confederación Brasileña de Fútbol saliendo a respaldar la decisión del árbitro que lo había expulsado). 

Así es que se instala una condición de recepción. Si el presidente de Estados Unidos puede llamar a Infantino por una tarjeta roja, ¿por qué debería el público creer que el Mundial es un espacio puro, impermeable al poder? La FIFA termina ofreciendo el marco perfecto para que la acusación contra Argentina resulte creíble incluso cuando no está probada. Mientras termino de escribir este texto, la AFA habría confirmó un hackeo de fans egipcios a su estructura informática.

América Latina mira con admiración (y con bronca)

Todo lo anterior describe públicos que miran a Argentina desde afuera y en contra. La región que la tiene más cerca es, en cambio, la más ambigua de todas. No existe una América Latina homogéneamente anti Argentina: hay públicos que bancan a la Selección por Messi, por admiración futbolística, por cercanía cultural o por puro rechazo a Europa. Pero se escucha más cuando hay resentimiento deportivo de los fans de países que quedaron afuera. Hay hinchas que sienten que Argentina ocupa demasiado espacio simbólico. Hay quienes consumen la narrativa anti-Messi desde el “cristianismo” futbolístico. Y hay sectores que no son ni progresistas ni pro-Palestina ni anti-Milei, pero que se suman porque la acusación les resulta emocionalmente útil. Muchos fans de México quieren rivalizar con Argentina por haber sido sistemáticamente derrotados; las bromas de hinchas argentinos a Chile por no estar en el Mundial inflaman a algunos de nuestros vecinos cordilleranos, y así ad infinitum.

La frase «a Argentina la ayudan» permite unir a gente que (en algunos casos) no comparte casi nada más (aunque se pueda superponer): fans de Cristiano, hinchas latinoamericanos frustrados, europeos irritados por la «soberbia argentina», progresistas anti-Milei, comunidades árabes movilizadas por Egipto, consumidores de sospechas anti-FIFA y cuentas que simplemente viven del engagement. No hay que imaginar una coordinación central para entender el resultado: cuando una consigna deja que públicos heterogéneos expresen agravios distintos con la misma fórmula, esa consigna viaja sola, aunque no todos repudian a Argentina por la misma razón, pero todos pueden compartir la misma frase. 

El oportunismo de la atención

La existencia real de este segmento llevó a dos marcas a sumarse al “trolling” contra Argentina: primero Duolingo (la app líder para aprender idiomas) y luego Turbus (masiva empresa de transporte interurbano de Chile). Después del 3 a 2, Duolingo Brasil publicó en X un mensaje que se viralizó —»amo muito quase todos mis hermanos»— junto a una imagen que, tachaba a la Argentina del mapa de Latinoamérica e incorporaba a Egipto como si fuera de la región. Desde Chile, Turbus publicó en Instagram una placa con forma de comunicado turístico cuyas palabras resaltadas escondían otra frase: «el favorito de la FAFI es Argentina».

En los dos casos el mecanismo no es la conspiración, sino el oportunismo de atención: la marca no pregunta si la interpretación es justa, sino si hay una conversación caliente de la que colgarse. No crea el clima, lo empaqueta y lo amplifica. Y su desembarco es, además, un síntoma: cuando las marcas se suben, es porque el relato ya alcanzó un punto de rentabilidad cultural. La indignación no necesita ordenarse desde arriba para volverse eficaz; a veces alcanza con que una marca atenta al mercado descubra que ese enojo también posiciona (o vende). 

Además, si un elogio a la remontada gusta; una acusación de robo convoca más respuestas, más réplicas, más capturas y más indignación cruzada, como me recordaba mi colega Kevin Grunbaum (de la consultora Ad Hoc). Es decir que la narrativa del robo sólo necesita ser más movilizadora. La investigación sobre indignación moral en redes muestra hace años que la recompensa social, los likes y las veces que algo se comparte, enseña a expresar más indignación con el tiempo. El enojo que rinde se aprende. El efecto es brutal. Argentina remonta un partido difícil y produce la escena perfecta para el relato heroico: no bajar los brazos, creer hasta el final. Pero la indignación funciona, además, como pertenencia: mucha gente no participa para opinar sobre una jugada, sino para decir quién es. 

El equipo “blanco”: una lectura sesgada que se volvió abrasiva

Hay una capa del malestar que es anterior a cualquier chiste y bastante más incómoda: la racial. En Europa y el mundo anglosajón, las selecciones se leen como imágenes sociales de sus países —Francia multicultural, Inglaterra, Países Bajos o Bélgica con los hijos de la inmigración ya visibles en el equipo nacional—, y Argentina aparece ahí como una anomalía: una potencia futbolística con un plantel percibido como mayoritariamente blanco (hasta The Washington Post formó parte de la polémica). La percepción tiene una base parcial: la población afrodescendiente visible es mucho menor que en Brasil, Colombia o Francia, y el Censo 2022 registró 302.936 personas que se reconocen afrodescendientes o con antepasados africanos en el país.

Hasta la siempre rubia Noruega tiene un jugador afrodescendiente (Antonio Nusa), y la Argentina no. Pero decir solo eso simplifica demasiado. Desde afuera, buena parte del debate lee al plantel con categorías raciales de Estados Unidos o Europa —blancos contra negros—, y esas categorías no capturan la composición argentina: “marrones” o morochos, criollos, jugadores con ascendencia indígena o mestiza, marcas fenotípicas que no entran en la grilla anglosajona. La crítica externa toma algo parcialmente cierto, la baja visibilidad afrodescendiente en la Selección actual, y lo convierte en una lectura total: Argentina como equipo blanco, soberbio y racista. 

El problema es que hay material reciente que la alimenta. Después de la Copa América 2024, la FIFA investigó un video en el que jugadores argentinos cantaban contra futbolistas franceses con letras que la Federación Francesa consideró racistas; el volante Enzo Fernández pidió disculpas, pero el episodio quedó como antecedente internacional. No conviene negarlo, y una defensa nacionalista sería el peor camino. Pero la respuesta argentina toca una contradicción europea igual de real: sociedades que discriminan a los inmigrantes en la vida cotidiana y los celebran cuando ganan con la camiseta. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez: hay racismo e invisibilización racial en Argentina, y hay hipocresía en cómo muchas sociedades consumen deportivamente a los hijos de la inmigración mientras los tratan como ciudadanos condicionales. Muchos fans europeos además, todavía, recuerdan las polémicas acciones del arquero argentino, Emiliano “Dibu” Martínez, y tienen la sangre en el ojo.

Por cierto, no es cierto que la Selección no tenga historia afrodescendiente. José Manuel Ramos Delgado, nacido en Quilmes, hijo de padre caboverdiano y madre argentina, jugó los Mundiales de 1958 y 1962, fue capitán del seleccionado que ganó la Copa de las Naciones de 1964 y más tarde compartió equipo con Pelé en el Santos. El dato desarma la caricatura de una Argentina sin vínculos con África. Argentina no es blanca: es, más bien, un país que muchas veces se contó a sí mismo como blanco, pero que se distingue por la inexistencia de ghettos y la alta integración comunitaria. 

Coordinación: algo para medir, no para afirmar

Por todo esto vale la pena medir si además hubo coordinación técnica. ¿Puede haber incentivos para una campaña coordinada? Por supuesto, por ejemplo, bajar la imagen de la AFA para romper su hegemonía en determinados mercados.

Si aparecieran cuentas publicando mensajes idénticos, en horarios sincronizados, con hashtags repetidos y reutilización de los mismos clips, estaríamos ante algo más que indignación espontánea: la investigación sobre comportamiento coordinado inauténtico mira exactamente esas señales. Pero eso es algo a medir, no algo ya probado, y la tesis no depende de que la prueba aparezca. Una narrativa puede ser orgánica y, aun así, operar como una campaña: puede no haber un comando central y sí un sistema de incentivos que empuja a miles de usuarios a repetir el mismo marco porque ese marco rinde. Argentina se volvió demasiado significante. 

¿Por qué una acusación contra Argentina se vuelve creíble, de inmediato, para públicos tan distintos? Porque Argentina hoy condensa demasiadas cosas a la vez. Es Messi contra Cristiano. Es el campeón vigente contra los que quieren bajarlo. Es Milei, Trump e Israel. Es la FIFA y su historial de sospechas. Es Egipto, el mundo árabe y el Sur global. Es Francia, África, inmigración y racismo. Es América Latina mirándola con admiración y resentimiento a la vez. Es la marca Argentina como potencia futbolística y como país (a veces) arrogante, (supuestamente) blanco, polarizado (“sionista”, “trumpista”, etc) y demasiado visible. Más allá de lo que pase en el próximo partido, un desafío a la imagen socio-digital de la AFA (e incluso a la propia marca país) puede estar abriendose paso.


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